Santiago Said
Alejandra vivía en el departamento contiguo. Solo la separaba de mí una pared de hormigón. Todas las noches podía escuchar las conversaciones que mantenía con su pareja, sus discusiones y encuentros, por lo que eran de mi conocimiento sus problemas e intereses. Ella fue la mujer que más logró obsesionarme. Nunca hubo ninguna otra.
La pareja de Alejandra, quien era un contador de poco más de cincuenta años, miembro de una compañía aseguradora, tenía dos hijos con su primera esposa, a quien dejó por Alejandra.
Siempre he sido muy perspicaz al interpretar a las personas. Sobre esto, interpreté acertadamente desde un principio su situación, pues pude adivinar que ese individuo celaba constantemente a Alejandra porque asumía que su actual pareja no solo era joven y atractiva, sino también coqueta con los demás. Asimismo, él ya era un cincuentón a punto de caer en un síndrome existencial y, por lo tanto, tenía la inquietud de que ella lo pudiera dejar por otro hombre más joven en cualquier momento. Y tenía razón. Alejandra se acostaba cada fin de semana con un muchacho que trabajaba con ella en una tienda de perfumes. Tenían sus encuentros los sábados, después del trabajo, en un hotel de lujo que se ubicaba próximo al edificio de apartamentos donde rentábamos.
Alejandra nunca me había dirigido la palabra, a pesar de que éramos vecinos desde hacía varios años. Pero, una tarde, cuando ambos regresábamos del trabajo, coincidimos, como tantas otras veces, en las escaleras. Ella solo dijo “Buenas tardes”, pero sin mirarme. No le respondí y cerré con seguro la puerta. Me aterró el hecho de imaginar que esa mujer descubriera que las paredes de mi apartamento estaban forradas con su rostro.
Las mañanas las dedicaba a trabajar. Me empleaba como cuidador de mascotas. En la colonia me encargaban a una jauría de perros para que los paseara por las calles de la ciudad. Los sujetaba con correas y los hacía caminar durante horas. Luego regresaba a las mascotas con sus dueños y recibía mi pago por ello. Con el dinero en la mano me dirigía a una sala de cine en donde regularmente proyectaban películas para adultos. Al marcar el reloj las cinco de la tarde, me encaminaba hacia el local donde Alejandra trabajaba como vendedora. Aguardaba en una esquina y la observaba desde la lejanía. Todos los días hacía
lo mismo. La seguía a una distancia pertinente y procuraba siempre mantener la discreción. Ella también tenía una rutina establecida. Durante las mañanas atendía a la clientela del lugar. Por lo general eran mujeres. Otras veces eran hombres que no estaban interesados por los perfumes, sino por mirar su cuerpo. Algunos la invitaban a salir. Pero ella solía ser muy selectiva. Le gustaban jóvenes, con rasgos afilados y anatomía delgada. No les coqueteaba de manera abierta; más bien les entregaba una tarjeta en donde les indicaba a qué hora y dónde esperarla. Siempre era en el Hotel Marriott. El recepcionista ya conocía a Alejandra, pues siempre pedía la misma habitación, que era el número cuarenta.
Sin embargo, el amante oficial de Alejandra era un joven de su edad, de cabello castaño y ojos penetrantes, de nombre Esteban, que trabajaba con ella como vendedor. A él le dedicaba los sábados. Esos eran sus días. Hacían el amor en el Hotel Marriott. A veces compraban preservativos antes de entrar al hotel. Otras veces no.
Con el tiempo compré una microcámara con conexión a internet. Un sábado por la tarde, antes de que Alejandra y su amante ocuparan la habitación, yo la alquilé, únicamente para colocar la microcámara en un rincón del techo. Al siguiente día alquilé de nuevo la misma habitación, solo para retirar la cámara. Al llegar a mi apartamento, descargué la memoria del aparato y observé a Alejandra y a su amante hacer el amor durante varias horas.
Sabía que todo lo que hacía estaba mal. Sin embargo, me dominaba el impulso de poseer a Alejandra a cada segundo del día. No podía dejar de pensar en ella. Mi problema es que siempre fui, desde que tengo uso de razón, un individuo tímido con las mujeres. Lo que más deseaba en la vida era tener a mi lado a una muchacha que me quisiera tal cual soy. Pero en mi situación resultaba imposible. Por ello vigilaba a mi vecina. Le tomaba fotografías e invadía su privacidad. A veces le mandaba, a través de un servicio de paquetería, ramos de flores. Se las entregaban de parte de un admirador anónimo. Me conformaba con que ella las recibiera. Pero ella siempre las arrojaba a la basura.
Sin embargo, los impulsos me dominaron y, en una ocasión, tuve la mala idea de instalar otra microcámara en su departamento. Su esposo salía a trabajar todas las mañanas, al igual que ella. Fue uno de esos días que, después de conseguir herramientas para abrir su entrada, ingresé a sus habitaciones y coloqué el aparato en el techo de la recámara, justo arriba de la cama. No obstante, al momento de cerrar la puerta, el esposo de Alejandra llegó. Vio que acababa de salir de su departamento y, al instante, me derribó y comenzó a golpearme.
Al regresar del hospital, después de aclarar el hecho con la policía y también que me aplicaran varias puntadas en la cara, entré a mi apartamento, sin ánimos de saber nada del mundo. Entonces miré alrededor. Mi vida, desde siempre, había sido una inmundicia. Las paredes de mi hogar se encontraban cubiertas del rostro de una mujer que me despreciaba. En los anaqueles de mi sala coleccionaba revistas pornográficas y, para variar, en mi recámara había dispuesto a una muñeca sexual de goma, a la que pegué en la cara el rostro de Alejandra. La había comprado por internet años atrás y la utilizaba como simulacro. Imaginaba que verdaderamente se trataba de la auténtica Alejandra. Me pregunté cómo es que había convertido mi existencia en algo tan patético y degradante. ¿Cómo y por qué había caído tan bajo? Pensé en colgarme esa noche con mi cinturón, pero no tuve las agallas para hacerlo. ¿Dónde estaba la desaparecida dignidad de un mundo que se había podrido? En aquel momento vi, en el interior de las tinieblas, el mundo que conocía. Yacía lejos, sumido en una profunda gruta de la que nunca podría salir.
Mis lesiones en el rostro aún sangraban. Tomé una toalla del baño y la humedecí en el grifo. Al limpiarme la cara, advertí en el espejo que en mi mejilla derecha colgaba una pequeña garrapata. Presentaba una forma muy graciosa. Sus patas y cabeza eran, cuando mucho, diminutas, y el resto de su cuerpo era una reducida bola color rosado.
Me dirigí a la cocina, tomé un estilete y lo usé para retirar al bicho de mi rostro. El animal cayó sobre la alfombra, pero no quise pisarlo. No tenía ánimos de manchar con sangre la tela. Lo que hice fue guardar en una taza de café al insecto. Coloqué la taza en la alacena y regresé a mi recámara a dormir.
Al siguiente día, en el momento de estar frente al espejo del baño para rasurarme, advertí nuevamente a la garrapata en mi mejilla derecha. No sabía si se trataba de la misma sabandija que había depositado en la taza de café la noche anterior o, por el contrario, mi departamento se hallaba infestado de una plaga de animales rastreros. Entonces fui a la alacena y descubrí que la taza estaba vacía. Era la misma garrapata de la noche anterior. La retiré de mi mejilla con cuidado, de nuevo con el estilete. Pero tampoco tuve deseos de aplastarla. Fue por eso que la deposité una vez más en la taza de café y cerré la alacena.
Intenté no darle demasiada importancia. Sin embargo, luego de un par de días, surgió en mí la necesidad de observar de cerca al insecto. Fue una tarde, luego de regresar de pasear a las mascotas, lo que consideraba verdaderamente un empleo denigrante, que busqué en la alacena la taza donde había guardado al artrópodo. Ahí seguía, como una perla diminuta, encogida en sí misma. La garrapata fue bañada por la luz interior de la habitación y, de repente, comenzó a caminar. Me pareció simpática la forma en la que se movía. Y, sin darme cuenta, ni tampoco saber por qué razón, tuve el deseo de preservar la vida de ese frágil insecto.
Durante varias semanas alimenté a la garrapata con mi propia sangre, la cual extraía de mis venas con una delgada jeringa. Apenas si eran unas cuantas gotas las que chupaba el bicho, pero eso fue suficiente para que sus dimensiones adquirieran un tamaño considerable.
A lo largo de dos semanas el insecto ya no cabía en el interior de la taza de café. Tuve que comprar una pecera, en una veterinaria cercana, para que la garrapata creciera cómodamente.
Nunca he sido una persona susceptible de encariñarse con los animales. Mi empleo de cuidador de mascotas me había predispuesto a ser distante con estos seres. Sin embargo, este bicho, quizá feo y repulsivo para la mayoría de la gente, me provocaba una gran ternura. Lo instalé en la cabecera de mi dormitorio y, de forma discreta, introducía a los perros que paseaba en la tarde, para que la garrapata se alimentara unos minutos detrás de sus orejas. Y, de esta manera, mi nueva compañera creció todavía más. Sus cuatro pares de patas se alargaron y sus mandíbulas se desarrollaron diabólicamente. Lo más horrendo consistió cuando el artrópodo, gradualmente, necesitó de más alimento para satisfacer su apetito. Yo ingresaba nuevas mascotas al apartamento y, cuanto éstas cruzaban la puerta, el insecto saltaba inmediatamente a sus cuellos y comenzaba por picarles detrás de las orejas. Los perros, por lo regular, aullaban y se rascaban con las patas traseras; pero yo evitaba que hicieran eso. Les amarraba las extremidades con cinta y los sujetaba con los brazos hasta que el artrópodo se saciaba de ellos. No obstante, con los días, cada vez que iba a la casa de los dueños de las mascotas, éstos me informaban que sus perros habían enfermado y muerto repentinamente. Eso me obligó a buscar nuevas fuentes de alimento para mi compañera.
Una noche, cuando regresaba después de un largo día de fastidio, de aquellos que no quieres volver a repetir en tu vida, me encontré con Alejandra. Bajaba de las escaleras, con el labio reventado y el ojo hinchado y a punto de ennegrecérsele. Pasé de largo, pero ella me detuvo antes de que abriera la puerta de mi apartamento. “¿Puedes ayudarme?”, me preguntó con voz tranquila. Me pidió dinero para pasar la noche lejos de su pareja. De inmediato adiviné lo que había sucedido. Él la había molido a palos porque, probablemente, descubrió alguna de sus infidelidades. Y, honestamente, hubiera preferido no encontrarme con ella. Fue de lo más vergonzoso decirle, entre tartamudeos, que no tenía dinero. Probablemente ella pensó que se trató de una excusa para negarle el préstamo; sin embargo, era verdad. Ni siquiera tenía dinero para pagar el alquiler y ya me encontraba retrasado algunos meses.

A partir de ese día no volví a ver a Alejandra. Por otro lado, el insecto, durante ese periodo, comenzó a desarrollar sus dimensiones cada día más, hasta el punto de que la pecera que había comprado ya no era lo suficientemente grande. Y sospeché que algo siniestro ocurría con esa criatura, puesto que muy pocas veces la alimentaba. Por lo general, llevaba perros de la calle, de aquellos que hurgan entre la basura y en los callejones, para que la garrapata se nutriera de ellos. Sin embargo, llevaba uno cada dos semanas, puesto que morían una vez que el insecto quedaba satisfecho, por lo que me resultaba problemático deshacerme de los restos.
La garrapata había comenzado a habitar el departamento. Sus patas delanteras eran tan largas como mis propios brazos. Su caparazón, las ocasiones que llegué a tocarlo, era tan duro como la roca, y su cutícula trasera había adquirido una circunferencia de dos metros. Su hipostoma parecía capaz de atravesar a una persona y presentaba cientos de dientes en hileras que le otorgaban un aspecto horripilante. El bicho se había vuelto tan grande que los muebles de mi apartamento le dificultaban trasladarse de un rincón a otro, a pesar de que la mayor parte del día permanecía con el cuerpo encogido en una esquina del techo, con las patas enganchadas en el hormigón.
Días después me enteré de que Alejandra había muerto. El funeral se realizó en el departamento de su pareja. Asistí con timidez e, incluso, cargo de conciencia, ya que, al ver de cerca el cadáver de Alejandra, advertí lo que había pasado. Su cuerpo se había secado. Sus labios se encogieron, como si hubieran desaparecido, y su cabeza se encontraba calva. Entre los asistentes al funeral se hallaban sus padres, quienes dijeron que había fallecido de tifus. Pero yo supe lo que había pasado en realidad.
Al regresar a mi apartamento reparé en un enorme agujero en el techo. El insecto había abandonado mi hogar. Lo único que había dejado tras de sí fueron algunas bolas de excremento en un rincón de la sala. El hedor resultaba tan pestilente que tuve que lavar tres veces para que desapareciera. Y, cuando creí que esa blasfemia había escapado a las calles, me di cuenta que en verdad me había encariñado con su presencia. De cierta manera me acostumbré a la rutina de verla adherida al techo de mi apartamento; también me conmovió alimentarla y verla crecer. Probablemente se trató de un amor casi paternal que experimenté con esta criatura. Fue por eso que me sentí realmente triste cuando descubrí que había escapado.
Busqué angustiadamente a la garrapata, durante tres noches, a través de calles vacías y malolientes. Cuando la frustración se apoderó de mí, regresé a mi apartamento preguntándome por qué la ausencia de esta horripilante criatura me había generado tanta nostalgia. Pero no pude responderme a esta cuestión, puesto que, al cruzar la puerta, me encontré nuevamente con el insecto. Ahora ocupaba gran espacio de la sala. Sus dimensiones, en ese momento, me obligaron a pensar que este ser no debía formar parte de la realidad. Tampoco me pude explicar cómo había entrado a mi apartamento, dado que, por su tamaño, resultaba imposible que ingresara por una ventana, los ductos de ventilación o algún orificio de las paredes.
Aunque inesperado, su regreso me causó un sentimiento, quizá no de alegría, pero muy cercano a eso. Realmente la muerte de Alejandra no me afectó; solo me sorprendió. Y, puesto que ella había sido una mujer muy especial en mi vida, y en ese momento había dejado de existir, quise sustituir su recuerdo con la criatura que, desde entonces, compartió conmigo mi hogar. Así que decidí bautizar a la garrapata con el nombre de Alejandra.
La vida me cambió radicalmente. Esta nueva Alejandra permaneció a mi lado, como ninguna otra persona lo había hecho antes. Gracias a su presencia, me alejé de la pornografía y me deshice de los retratos y fotos de la difunta a la que acosaba. Me enfoqué en mí y en conseguir un mejor empleo. Había sido contratado como auxiliar de mecánico en un taller en los suburbios. A pesar de que me quedaba un tanto retirado de mi domicilio, recibía un mejor salario y, realmente, lo consideré un empleo mucho más digno que el anterior. No obstante, el insecto parecía mantener un secreto. Solía reposar en el techo hasta mi regreso; pero, al entrar al apartamento, era recibido por una fetidez insoportable que generaban sus desechos nauseabundos, los cuales arrojaba a una parte de la sala.
Gradualmente los muebles los tuve que vender a una casa de empeños, dado que a diario tenía que cubrirlos con hule para que los desechos de Alejandra no los mancharan. Asimismo, ella no podía moverse libremente dentro de las habitaciones sin romper algún librero o estropear con sus afiladas setulas la tela de los sillones. Con el dinero que obtuve por vender mis enseres, en lugar de gastarlo en algo placentero, lo usé para comprar desinfectantes. Los excrementos de Alejandra en verdad eran tan fétidos que todo el edificio llegó a quejarse por la tremenda peste que generaba mi apartamento. Para mantener las apariencias de una vida solitaria y, sobre todo, que no descubrieran a mi acompañante, limpiaba con rigor diariamente.
Procuré que una vez a la semana Alejandra se alimentara. Recorría las calles de los suburbios en busca de perros y gatos callejeros. Pero, a pesar de mis esfuerzos, estos pequeños mamíferos representaban en Alejandra algo así como bocadillos. La sangre de estos animales no lograba saciar su sed. Ella necesitaba, por lo menos, a una jauría de ellos. Sin embargo, nunca se me ocurrió que ella pudiera hacerme daño. Alejandra, aunque siempre hambrienta, nunca se atrevió a lastimarme. Solo subía, durante las noches, al techo de mi recámara y dormía simultáneamente conmigo.
Había un extraño hálito, imposible de describir en Alejandra, que me mantenía subordinado a ella. La manera en la que puedo describir esta sensación —si es que es posible describir algo desconocido— es el de inefabilidad. No puedo siquiera explicármelo a mí mismo. Pero Alejandra era un ser extremadamente celoso y, aparte, tenía el poder de mantenerme sometido a su voluntad. Al principio creí que solo era un insecto, común y corriente, que podía morir en un par de semanas. Con el tiempo descubrí que Alejandra era una criatura especial; pero nunca sospeché que ella tenía el propósito de apoderarse de mí. Todo ese cariño y ternura que llegué a sentir por ella desapareció en el momento en que hostigó y frustró todos los intentos que hice por conseguir a una mujer en mi vida.
En el edificio de apartamentos donde vivía con Alejandra había por lo menos diez mujeres, entre casadas y solteras, las cuales murieron supuestamente de tifus durante aquellos días. No me atreví a asistir a los funerales, pero leí en los obituarios del periódico los rasgos de los cadáveres. Y supe que Alejandra se había escabullido a través de los muros para deshacerse exclusivamente de las mujeres del lugar. De la misma manera, ella duplicó sus dimensiones. Su tamaño se había vuelto colosal.
Para ser honesto, tuve miedo de ser descubierto. Ya podía imaginar el escándalo. “Un hombre solitario que mantiene un amorío sucio con una garrapata”. No esperé más tiempo y, durante una noche lluviosa, trasladé a Alejandra a una bodega, cercana al taller donde laboraba, la cual servía como cementerio de coches. Había pedido prestado un remolque y una camioneta para transportar al insecto. Fue una labor de veras complicada, porque Alejandra era tan grande que tuve que romper los muros del departamento para que ella pudiera salir; luego la bajé con poleas hasta el remolque y la cubrí con una lona para que en el trayecto de la carretera no llamara la atención. Por suerte ninguna patrulla me detuvo; de lo contrario no puedo imaginar siquiera lo que habría ocurrido. Finalmente, aunque Alejandra y yo nos habíamos mudado a vivir a aquella bodega, la epidemia de tifus en la ciudad no se detuvo. A diario me enteraba, ya fuese por mis compañeros de trabajo, por los periódicos o las noticias en la televisión, de la muerte de decenas de personas en la ciudad por una extraña enfermedad parecida al tifus. La gente moría con la piel seca y en condiciones anémicas, especialmente las mujeres jóvenes.
En esa vieja bodega, atestada de tractores y vehículos desvalijados, Alejandra habitaba con mucha más comodidad. Ella ocupaba la parte más profunda del lugar. Yo, por el contrario, dormía en un cuartucho atestado de refacciones usadas y aceite quemado. Sin embargo, durante las noches, Alejandra se deslizaba hasta mi cama. Una parte de mí repelía su cercanía. Pero, por otro lado, un aspecto de mi personalidad un tanto extraño incluso para mí, anhelaba que esa criatura se mantuviera próxima. Ella me observaba todo el tiempo desde las láminas del techo; algunas veces me acariciaba con las uñas de sus cuatro patas delanteras; otras veces me intentaba hablar, aunque lo único que expulsaba de su trompa eran gorgoteos.
Con el pasar de los días pude darme cuenta de que ella era un monstruo y que, además, era una amenaza para el mundo. Me costó trabajo advertir el peligro que corría. No sé por qué, durante tanto tiempo, toleré que ese gigantesco animal ponzoñoso se mantuviera cerca de mí. Pero, una vez que fui consciente de ello, el horror y el asco fueron irremediables, y no tuve tiempo para pensar en la manera de deshacerme de Alejandra.
Traté de vivir como si no existiera. Durante las noches, cuando era inevitable que visitara mi cama para observarme dormir, me vi orillado a gritarle que se largara de mi cuarto. Alejandra nunca se mostró agresiva ni mucho menos intentó lastimarme aquellas veces que la expulsé de mi lado. Sin embargo, no por ser un fenómeno horripilante de la naturaleza significaba que fuese un ser estúpido. Sabía muy bien que yo ya no toleraba su presencia. Entonces fue cuando advertí, de manera consciente, que ella estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera necesario para mantenerme a su lado. Creí, al menos por un instante, que ese bicho se había enamorado de mí. No estuve seguro de eso hasta que conocí a Fabiola.
Fabiola fue una joven que llevó a reparar su automóvil al taller mecánico donde laboraba. No tardamos mucho en darnos cuenta que nos agradábamos. Sin embargo, un terror muy profundo emergió dentro de mí al pensar en la posibilidad de que Alejandra estuviera en ese momento espiando nuestra conversación.
Procuraba todas las tardes, después del trabajo, pasear durante largas horas por el parque de la ciudad. En aquellos momentos me sentía limpio y con una libertad absoluta, lejos del yugo de aquel ser que se había convertido en mi capataz. De la misma manera, Fabiola había decidido invitarme a tomar algo en cierta ocasión. Ella era una joven que manejaba un gimnasio y, por ello, conservaba una bella figura. Realmente era una muchacha muy atractiva, pero también muy agradable. De aquella salida surgieron otras. Nos comunicábamos a través de mensajes de texto; nunca a través de llamadas telefónicas, puesto que tenía miedo de que Alejandra pudiera enterarse de mi amorío.
Fabiola y yo tuvimos sexo en la quinta salida. Fue de lo más placentero. Jamás había conocido a una mujer que se acostara conmigo porque le agradaba mi cuerpo y mi personalidad, y no porque le haya pagado por hacerlo. Y la atracción física se convirtió en pasión. Todos los días pensaba en ella y le escribía. Pero todo acabó una tarde, cuando visité su gimnasio y ella no estaba. Al preguntar por ella en su domicilio, una anciana, probablemente una de sus parientes, me dijo que Fabiola había sido atacada la noche anterior. No pasó mucho tiempo para que me enterase de lo que ocurrió. La habían encontrado en un callejón con las extremidades separadas.
Ya no cabía la menor duda. Alejandra se había convertido en mi tormento. Regresé a la bodega y la busqué por los rincones. La encontré encogida en un hoyo profundo en la tierra que ella misma había cavado. Tomé pedazos de acero oxidado de automóviles y los arrojé hacia su madriguera. Alejandra salió de aquel descomunal orificio y me empujó con las patas. Con ese movimiento logró neutralizarme.
Ella era consciente de que la odiaba y me causaba repugnancia. Por ello desapareció algunos días de mi lado.
Durante esos días trabajé en el taller, con apatía y tristeza. Solo pensaba que la única mujer que había tenido verdadero interés en mí la había asesinado un monstruo que me asediaba. Y por este fastidio no ponía atención a lo que hacía durante las horas de trabajo. Por esa razón un compañero del taller sufrió un ligero accidente al momento en que reparaba una camioneta. Era una noche sin luna. Yo descuidé el gato hidráulico y por poco él muere aplastado por el peso del vehículo. Me disculpé, pero él reaccionó con violencia y tuvimos, sin más remedio, una pelea a golpes.
En esos momentos, cuando él me acometía con fuerza, Alejandra apareció de repente. Tomó a este individuo de la espalda y lo sujetó a varios metros de altura con sus patas delanteras. Él se retorcía y gritaba. Posiblemente no daba crédito a lo que le ocurría y, más exactamente, se pudo haber preguntado qué era aquello que lo mantenía apresado. Alejandra atravesó su vientre con la trompa y comenzó a succionarlo. Cuando este hombre se secó, ella lo separó a la mitad y arrojó sus restos a varios metros de distancia.
La brutalidad de la escena me perturbó excesivamente. Corrí a una esquina y me traté de esconder debajo de un camión; pero Alejandra levantó el vehículo con la facilidad con la que se levanta una botella vacía. Me estrujó con las poderosas uñas de su pata delantera izquierda y, sin esperarlo, desplegó, en una sección oculta de su cutícula, dos pares de alas transparentes y membranosas de varios metros de longitud. Atravesó con su puntiagudo caparazón el techo de acero de la bodega y se elevó en el cielo. Voló, conmigo apresado en sus patas, a una altura increíble.
En pocos minutos Alejandra me llevó hasta un sitio que ya no era la ciudad de Asteria. Era, quizá, un pueblo diminuto. Lo cierto es que jamás lo supe. Lo único que recuerdo es que ella aterrizó en la cúpula de una capilla abandonada en la cual había un hoyo profundo en donde me arrojó. Caí de bruces y me desmayé. Cuando desperté, una oscuridad insoportable me cubría. Durante horas quise hallar una salida o una forma de escapar de aquel agujero. Y mientras lo hacía, reparé en que Alejandra había planeado mi secuestro durante aquellos días de ausencia. Ella había volado hasta este lugar y había excavado ese hoyo con el propósito de mantenerme resguardado.
Alejandra aparecía eventualmente. Me arrojaba, desde las alturas, fruta y lo que lograba recolectar del exterior. En sus alas absorbía la humedad, por lo que, al sacudirlas, el agua se filtraba por las paredes del agujero y yo me las arreglaba para sorber lo que podía.
Sobreviví muchos días en estas condiciones. No recuerdo exactamente cuántos días fueron, porque no tenía noción del tiempo. Todo en ese lugar era oscuridad. Mi miedo más profundo, sin embargo, era la presencia de Alejandra. Cuando se aparecía, mi cuerpo temblaba y unas ganas insoportables de vomitar se apoderaban de mi estómago. Y, a pesar de la situación, nunca me di por vencido. Todo el tiempo me encontraba buscando una salida. Mis uñas las perdí al cavar un túnel a través de la tierra. Fue inútil. No obstante, en el proceso de excavación al exterior, encontré enterrado en lo profundo de esa capilla un pedazo de acero. Lo limpié y esperé el regreso de Alejandra.
Cuando ella apareció, con fruta y otros bocados, me encontró tendido en el fondo del abismo. Fingí estar dormido. Alejandra arrojó los alimentos y éstos golpearon mi cuerpo. Pero incluso así me mantuve quieto. Ella no mostró interés. A pesar de ello permanecí inmóvil durante unas horas más. Antes del amanecer, Alejandra bajó al agujero donde me mantenía prisionero y me sacó de allí. Me sacudió varias veces con sus poderosas patas y, al no dar señales de vida, pareció que la desesperación se apropió de sus asquerosas entrañas. Se retorcía, iba de un lugar a otro y golpeaba el suelo. Entonces, en un instante de precipitación, extraje el pedazo de acero de mis andrajos y con la punta atravesé la cutícula de Alejandra. Al hacerlo, un torrencial chorro de sangre brotó de la herida. Esperaba que esta criatura se vaciara. Sus partes se tambalearon y apenas pudo mantenerse en pie.
Fue en ese momento que aproveché para escapar. La zona donde me encontraba era boscosa y absolutamente aislada de la civilización. Grité por auxilio y me adentré en la frondosidad de los árboles. Pronto me quedé sin aliento. Por días estuve mal alimentado y en constante tensión. Al caer al suelo, miré hacia arriba. Alejandra sobrevolaba las copas de los árboles. Corrí un poco más hacia la luz. Sin embargo, ella colapsó frente a mí. Su enorme cuerpo azotó contra las rocas del río. Tardó varios minutos en morir, y lo digo porque sus patas no dejaban de temblar durante su agonía.
Ya muerta esta blasfemia, busqué el pedazo de acero con el que la maté. Mi resentimiento por este insecto no había terminado ni encontrado salida. Lo que hice probablemente fue una locura, pero tenía una necesidad irreprimible por hacerlo. Tomé el pedazo de acero y comencé a destrozar el cuerpo inerte de la garrapata. Pedazos de tejidos, escamas y tendones brotaban alrededor. El garrafal cuerpo del insecto era un banquete que un solo hombre como yo no podía terminar. Sin embargo, en ese tortuoso proceso de destrucción, advertí que había algo extraño escondido dentro de las entrañas pestilentes de la criatura. Por lo tanto, mi camino de carnicería de tejidos y membranas tuvo un propósito. Entonces descubrí que en el interior de Alejandra había crecido un ser apenas visible.
Lo saqué de la cutícula y lo tendí en la tierra. Intenté limpiar lo que pude y descubrí que era una mujer. Cuando abrió los ojos y me miró, dijo: “Ahora ya puedo decirte todo lo que siempre quise”. Era la verdadera Alejandra. La mujer que habitaba dentro de un espeluznante insecto. Aquella que estaba enamorada de mí y que siempre se mantuvo a mi lado. No podía ser más claro.
Regresamos juntos a la ciudad. Rentamos un apartamento limpio, pequeño y económico. En ese momento de nuestro retorno a la urbe, me enteré que la metrópoli se hallaba asolada por una terrible peste y un vendaval de crímenes extraños. Incluso el gobierno había declarado un toque de queda después del atardecer.
Con los días, Alejandra se advertía más y más hermosa. Verdaderamente es la mujer más bella que he visto en mi vida. Nos casamos con emoción. El día en que Alejandra se convirtió en mi esposa fue el momento más feliz que he vivido. Descubrí, después de convivir unos meses con ella, que ya no era hematófaga. Era una mujer normal. En todo lo demás era igual, pues, mientras yo salía a trabajar a un supermercado, ella permanecía dentro de nuestra vivienda. Amorosa, limpia y callada. Todos los días hacíamos el amor. Mi vida era ella y solo ella. Y todavía lo es. Alejandra es el amor de mi vida.
Cuando por fin pude embarazarla, ella cuidó su dieta y procuró no levantar objetos pesados. A veces tenía antojos de golosinas y bocadillos dulces. Yo siempre le procuré lo que me pedía. Hace unos pocos días atrás, cuando regresé del trabajo, ingresé a nuestro hogar. Alejandra parecía agotada. La hallé tendida en nuestra cama. Dijo que por fin nos habíamos convertido en padres. Me acerqué a su lecho con cuidado. Le besé la frente y, mientras le acariciaba el cabello, le pedí que me mostrara a nuestro hijo. Ella sonrió y dijo que había parido en la cama. Al quitar las sábanas, advertí cientos de huevecillos de consistencia viscosa que palpitaban desde un interior plateado. Alejandra me ha prometido que tendremos una gran descendencia y que serán criaturas tan hermosas como lo es ella. A pesar de lo que pueda especular la gente común, yo estoy seguro que nuestra familia será ejemplar. No me cabe duda de ello. Hemos superado muchas dificultades y estoy dispuesto a estar con ella hasta que la muerte nos separe.
Santiago Said es un autor mexicano. Ha publicado diferentes artículos académicos sobre crítica literaria y es autor de Catábasis. Narraciones de horror y abyección (2022) y Relatos de amor miasmático (2023). Obtuvo la licenciatura en letras latinoamericanas por la UAEMex, en la especialización de literatura mexicana del siglo XX y la maestría en literatura mexicana contemporánea por la UAM. Reside en Ciudad de México.


