Dos cuentos

Nancy Noguera
 
 
 

Anunciación

 

Hago

estado de ser

 

Hago estado de nacer

 

La rosa

trágica del muslo

 

suelta al cautivo

 

El

pillaje de formas

salva ese espacio

abierto

 

Juan Sánchez Peláez

 
 

Mi niñez y juventud transcurrieron en un mundo de mujeres solas. No se esperaba que los hombres se quedaran mucho tiempo. Los muchachos crecían queriendo irse a servir lejos, te lo decían con una mezcla de arrojo y bravuconería, mientras te acariciaban la piel bajo las estrellas y su olor y su aliento tibio te daban ganas de protegerlos de su destino. Las chicas sabíamos que antes de que ellos se marcharan, si éramos hábiles, podíamos tratar de concebir un nuevo ser y garantizar así una vivienda y el estipendio de la Confederación lo cual nos permitiría independizarnos. Debido al bajo índice de natalidad, se había decidido que las mujeres jóvenes no hicieran el servicio obligatorio, es decir, que, en vez de servir de aquella manera tradicional, su función principal era ahora la reproducción de la especie. Al momento del nacimiento de la nueva criatura, se obtenían células del cordón umbilical que eran cuidadosamente preservadas para su estudio.

Mi madre, perteneciente a la generación que había sobrevivido la catástrofe ambiental, conservaba valores considerados obsoletos, aquella práctica reproductiva de la nueva generación, a ella le resultaba indigna. Había trabajado varios años en el antiguo centro de ingeniería molecular. Quizás por su influencia me entrené como técnica en bioingeniería celular, renuncié a reproducirme y conseguí empleo perfeccionando células en El Laboratorio, el LAB, como era conocido por todos. Situado en un área periférica, sus edificios grises, comunicados por pasillos de paredes transparentes, ocupaban una vasta extensión de terreno. En el LAB, la mayoría de mis colegas eran robots, aunque había también algunas mujeres y uno que otro hombre no apto para el servicio de defensa espacial. Nos comunicábamos poco, intercambiábamos la información necesaria sobre nuestros proyectos. En realidad, no había mucho incentivo para socializar. Cada uno a lo suyo.

Visitaba a mi madre una vez por mes. A su edad, las mujeres generalmente estaban sirviendo en los centros que procesaban y envasaban proteínas, o en la central de datos e información, o bien desmantelando aparatos. Pero no mi madre. Ella cuidaba de sus dos cactus y pasaba horas en la práctica de un antiguo sistema de escritura con grafito sobre un material que fabricaba a partir de deshechos. Como casi todos los sobrevivientes era melancólica, introspectiva, sabia y desconfiada.

Algunos fines de semana, para despejarme, tomaba un Tram y salía de la urbe, cargando una mochila con lo indispensable para un día en el silencio de los montículos, situados al este. En aquel territorio desolado era posible excavar y encontrar sepultadas raíces de árboles cuya estructura me gustaba observar. Desde el tope de las colinas, se podían apreciar depresiones en el terreno que marcaban el cauce seco de algún riachuelo. De vez en cuando, encontraba rocas ambarinas con sorpresivas criaturas en su interior, o tropezaba con la concha de algún molusco marino, un objeto que no podía imaginar cómo había llegado hasta allí. Con rara suerte, se podía uno regalar alguna pluma de ave, medio chamuscada, atrapada en la hendidura de las piedras. Esas apariciones fantasmales del mundo anterior me hacían soñar con cantos, aleteos, sonidos, vuelos, ondulaciones, presencias que intentaban manifestarse en el paisaje inhóspito. Eran un resplandor de estrellas muertas viajando por el cosmos. Estaba prohibido remover aquellos restos de su lugar. Podíamos verlos, tocarlos, jugar con ellos como en una caja de arena y luego devolverlos. Sin embargo, a veces, caía en la tentación de esconder entre mis cosas un pequeño trozo de resina con un delicado fósil adentro, o apropiarme de un canutillo grisáceo al que aún estaban adheridos vestigios del vuelo de un ave. Guardaba en mi departamento estos hallazgos para mostrárselos a mi madre en alguna visita, y escuchar arrobada las historias de su niñez poblada de sonidos y seres vivos que yo nunca conocería.

Para sacar provecho de unos días libres, había planeado una nueva aventura. Quería explorar la frontera sur, un territorio “inestable”. Seguiría un sendero que conducía a una de las dos montañas de columnas basálticas. Descendería luego hasta el cañón y caminaría para alcanzar el Valle de Qui, desde el que es posible contemplar los montes azules, que forman la silueta de una mujer tendida sobre su espalda. Era una aventura riesgosa pues las condiciones ambientales podían mudar súbitamente, pero iba preparada para esa eventualidad. Había programado el sensor interno de temperatura y tenía toda la información y provisiones necesarias para una jornada de dos días pernoctando en el parque. Salí temprano en el Tram, era un día propicio, sin vientos ni tormentas de arena. Inicié el ascenso por un camino de grava que no presentaba gran desafío. La mañana era grata y alcancé la cima pasado el mediodía. Descansé un poco y proseguí según lo planeado. El día continuaba tranquilo. Sin embargo, el descenso por el lado oeste de la montaña se me fue haciendo lento, las columnas de piedra gris de distinto grosor y altura se erguían desde el suelo impidiéndome avanzar en línea recta. Debía esquivar las puntas como dardos de alguna de ellas. Mi sensor del espacio me iba indicando hacia qué lado moverme. Después de deambular largo rato por aquel laberinto, zigzagueando, mi cuerpo comenzó a cansarse. Quería alcanzar un saliente liso, que según los cálculos estaba a unos ochocientos metros y pernoctar allí. Pero no lograba avanzar mucho. La superficie del suelo era resbalosa, con piedrecillas sueltas para las cuales mis botas no brindaban tracción. Las aristas de las columnas pequeñas eran especialmente filosas. Cada paso debía darlo con precaución. El sensor de hidratación me indicó que era hora de reponer líquidos. Descargué la mochila de mis hombros y saqué mi botella con la mezcla de electrolitos y proteína, con tan mala suerte, que esta se me escapó de las manos y se fue dando tumbos cuesta abajo. Hice un brusco movimiento para atajarla y trastabillé, resbalando algunos metros y cayendo de lado sobre unas aristas de basalto triangulares, como dientes de un animal prehistórico que voraces atraparon mi brazo y el costado externo de mi muslo derecho. El dolor me hizo aullar. Mi brazo había quedado empalado, las aristas más altas me mordieron el lateral del muslo, traspasándome la ropa. Cada movimiento actuaba como una sierra afilada que cortaba mis músculos. Presa del pánico, sentí el corazón golpeándome el pecho violentamente y la cabeza comenzó a darme vueltas. Me costaba respirar. Apreté los párpados y las mandíbulas intentando mantenerme consciente. Sentía la boca y la garganta ardiendo. Probablemente tendría un fin semejante al del insecto atrapado en el ámbar. La piedra me había reclamado y ahora mi cuerpo iría perdiendo líquidos vitales. En pocas horas o días, con la acción de los vientos, la arena y las temperaturas oscilantes me convertiría en una momia fosilizada. Quise hablarle a mi sensor para pedir auxilio, pero la voz estaba estrangulada por el shock. Nadie me extrañará, pensé, solo mi madre, a quien le había informado vagamente de mi aventura. El dolor se extendía ahora al cuello, el pecho y la ingle. La pérdida de fluidos me debilitaba. En aquella trampa de rocas oscuras, el silencio era sobrecogedor, solo interrumpido por mi respiración entrecortada. Decidí ahorrar energía y cerré los ojos, pero me dio miedo no despertar. Abrí los parpados y levanté un poco la cabeza. Tenía que combatir la confusión y pensar con claridad, el dolor se intensificaba cada vez que hacia un movimiento. Intenté varias veces mantener la cabeza erguida. El dolor del brazo se hacía insoportable mientras me estremecía sin control. De pronto, tuve la vaga sensación de ser observada. Entre las columnas de basalto algo se movía. Quizás era mi imaginación. Una alucinación, tal vez. Estiré mi cuello cuanto pude en aquella ridícula posición en la que estaba y traté de subir mi brazo izquierdo para que me vieran. El cuerpo comenzaba a no obedecerme y la piedra me aferraba con mayor fuerza. Estaba segura de que las patrullas ya habían hecho su último recorrido del día. Pero tal vez me habían detectado. Esta frontera no era un lugar muy seguro. Se decía que pasaban cosas extrañas en los territorios limítrofes del parque. Leyendas, supersticiones que pasaban de boca en boca. Me sobrecogió pensar que moriría, solo los hombres morían tan jóvenes. Recordé a uno de los muchachos que había conocido unos años atrás. Tenía el pelo castaño, los ojos brillantes, la risa escandalosa. Lo había visto un par de veces. Daba vueltas alrededor, me miraba, nos sonreímos. Finalmente, una noche coincidimos en un evento, caminamos hasta tarde y antes de llegar a casa nos besamos, pero ni él ni yo nos atrevimos a más. Después lo vi con otra chica. ¿Dónde estará ahora? Seguramente sus cenizas y las de sus compañeros expedicionarios estarán flotando en pequeñas cápsulas por el espacio. Basura sideral. El pecho se me cerraba acuciado por el dolor. Era absurdo morir así. No quería morir. Escuché un ruido. Un chillido y luego otro. Risas de niños, pensé. Entonces los vi fugazmente. Eran más bien pequeños, metro y medio acaso, muy delgados y erguidos, su piel policroma resplandecía al contraluz de la tarde creando un halo alrededor de cada uno de los cuerpos. ¿Eran estos los espíritus de la montaña, aquellos seres de los que hablaban las historias antiguas de mi madre? ¿O acaso se trataba de seres salvajes, sobrevivientes de la devastación, mutantes abandonados al otro lado que habían logrado burlar el cerco magnético? No son reales, me dije, se trata de fantasmagóricas criaturas enviadas por mi cerebro en un último intento de devolverme la esperanza. Los vi acercarse. Eran dos. Me levantaron sin dificultad, extrayendo mi cuerpo de la boca del saurio, lo cual, aunque doloroso significo un alivio. Tendida sobre el lado izquierdo, de espaldas a ellos, sentí que frotaban mis heridas con movimientos repetitivos, que me daban alivio. Los oía respirar y comunicarse en su idioma de chasquidos y chillidos. Su piel en contacto con la mía se sentía tibia, suave. Me dejé llevar por la grata sensación y me adormecí.

Desperté cerca de la entrada del parque sentada sobre un banco bajo. Tenía la mochila sobre mi espalda y en mi mano la botella que había perdido. Bebí apresuradamente. Me busqué las heridas. En el brazo derecho, a un lado, estaba la cicatriz con una tenue capa rosada que me dolió cuando la rocé con la yema de los dedos. La tela del pantalón, que se había desgarrado, estaba intacta, pero debajo, al tocarme sentí el musculo adolorido, sin embargo, no había sangre. Me levanté con parsimonia temiendo un mareo, me tambaleé levemente, pero me di cuenta de que había recuperado mi energía. En el sensor pude leer que habían transcurrido apenas dos horas desde que había llegado al parque. Era imposible. Tan solo la subida a la montaña me había llevado al menos tres horas. Caminé hasta la estación del Tram y volví a casa con una extraña sensación de irrealidad. Corrí al baño, me desnudé y con alivio vi el gran tajo rosáceo en mi pierna. No había sido mi imaginación. La cicatriz de unos quince centímetros estaba levemente abultada. Cuidadosamente, pasé mi mano abierta sobre ella. Sentí un leve temblor. Repetí el recorrido en sentido contrario. Indudablemente algo se movía allí adentro, bajo la piel. Esperé un rato. Me aseé el cuerpo. Volví al espejo. Acaricié la herida con la palma de mi mano y se produjo un leve desplazamiento ondulante, un movimiento que yo había observado innumerables veces bajo el microscopio en el LAB. Inhalé profundamente, con la certidumbre que esa forma de vida que habitaba mi cuerpo virgen y se alimentaba de mis tejidos era ahora mi responsabilidad. Un fuego primitivo, rescoldo de alguna llama que se negó a extinguirse se avivaba en mi interior, o quizás era la excitación de mi mente científica, ante la proximidad de un descubrimiento o el anuncio de una revelación. Me acosté en el suelo. No sentía miedo, solo curiosidad, deseos de descansar. Pensé en mi madre, pero tendría que esperar al nuevo día. Un nuevo día, suspire con fuerza, mientras mi cuerpo adoptaba la posición fetal y el sueño me rendía.

 

 
La ahogada

 

Para Giovanna Rivero por todo lo aprendido

 
 

El río ya no era tan impetuoso como ella lo recordaba. En las últimas semanas, sin embargo, había llovido en las cabeceras durante varios días y las aguas fluían abundantes, aunque algo turbias. Ese domingo, llegaron a la playa del río temprano para tomar un buen lugar, pero ya dos familias se les habían adelantado. Como sus hermanos no la dejaban hacer nada, Sol sacó un libro de su bolsa de lona y se tendió a pocos metros en una toalla, bajo un árbol, mientras los hombres se afanaban en preparar el fogón entre las piedras. Cerró los ojos para escuchar el ruido del agua, el viento entre los árboles, el chirrido acompasado de los insectos en el monte, los gritos de los chiquillos chapoteando en la corriente. Pensó sonriendo que algunas cosas eran aún idénticas a las de su niñez, pero un mal recuerdo la sobrecogió, erizándole la piel. Para espantar los nubarrones de su mente se levantó, se caló el sombrero de paja, se arregló los lentes de sol y decidió espiar un poco a los vecinos. Varias mujeres con niños de distintas edades, un par de hombres jóvenes, una anciana balanceándose en una hamaca. Más arriba, una escena similar, tres mujeres, una algo mayor que las otras, con el pelo teñido de rubio platinado y tres hombres con varios niños y un par de adolescentes. No reconoció a nadie. Ella se había ido hacia veinte y tantos años del pueblo a estudiar en Estados Unidos. Al comienzo de la llamada revolución. Por pura coincidencia. Una afortunada beca del gobierno norteamericano para jóvenes talentos. Cuando intentó regresar cuatro años más tarde, su madre le aconsejó que esperara, que las cosas no pintaban bien en el país y así se convirtió en emigrante y consiguió su trabajo en Nueva York. Luego conoció a Brandon, tuvo a su hija y planeó sus regresos cada dos años para visitar a sus padres y cuando estos desaparecieron y su hija se hizo adolescente y ella se divorció de su marido, las visitas se fueron espaciando.

Habían transcurrido nueve años desde la última vez, no sabía muy bien qué la había hecho volver. Quizás porque su hija recién graduada ahora trabajaba y era independiente y no parecía necesitarla. Quizás la había traído la nostalgia, ese sentimiento reprimido que a veces afloraba. Poco a poco nuevos miembros de la familia se fueron uniendo al paseo. El sol fue calentando, pero la temperatura seguía siendo agradable. Dio un corto paseo por los alrededores. Tras las cercas de piedras acomodadas una sobre otra sin argamasa, se veían los campos verdes y más allá las montañas del piedemonte andino. Recordó la época en que adentrándose en los potreros con sus amigos de la secundaria, recolectaba hongos, aquellos que crecían en la bosta de las vacas. Los vendían a buen precio a los turistas que buscaban la experiencia alucinógena. Hasta que ocurrió el accidente. Algún distraído confundió uno de los hongos con otro similar y lo puso en el paquete. Días más tarde, cuando vieron la noticia de la muerte de los turistas en la televisión, inmediatamente reconocieron a los clientes extranjeros del fin de semana anterior. Por suerte a ellos nunca llegaron a descubrirlos, pero el negocio del grupo quedó cancelado. Ella no había participado en la expedición al monte por esos días pues estaba en cama con parotiditis, sin embargo, el accidente la dejó con una profunda impresión y se obsesionó con saber más sobre los hongos.Se dedicó a estudiar en las enciclopedias y libros a su alcance aquellos extraños organismos que carecían de raíz, de hojas y que tomaban sus nutrientes de plantas o animales vivos o muertos, aprendió a distinguir, con ayuda de los campesinos de la región, las distintas especies y sus propiedades, a reconocer aquellos capaces de infligir daño en los órganos humanos de manera letal. Era una fascinación que aún la acompañaba.

Había caminado un largo rato y decidió regresar para unirse al grupo familiar. Sus primos reían contentos y comenzaron a hacer burla de sus piernas tan blancas por falta de sol, de su manía de usar protector solar, de su aversión al azúcar, de su negativa a comer embutidos y las papas fritas de paquete que circulaban entre los asistentes. Estaba acostumbrada a esos comentarios. Pretendía que no le importaban, aunque en realidad se le clavaban como un aguijón y la hacían sentir incomoda, rara y vulnerable. Pero trataba de comprender y aceptar a su familia tal y como era. Bastante divididos habían estado.Ahora nadie hablaba de política y eso hacia posible la convivencia pacífica en momentos como este. La mujer rubia del grupo vecino vino hasta ellos a pedir sal. Había olvidado traer suficiente, dijo con voz melosa. Tenía los pechos grandes, muy apretados en el brasier del bikini. Sin duda ella sabía utilizarlos para llamar la atención. Las mujeres del grupo la miraron con sorna. Una de ellas cruzó dos cuchillos en forma de cruz y los blandió rápidamente a espaldas de la rubia. Los primos intercambiaron miradas y alguno auxilió a la mujer, que agradeció con una sonrisa y se alejó tongoneando la estrecha cintura y las nalgas mal contenidas en un pantalón corto muy ceñido. De pronto estallaron las carcajadas masculinas. Ella no entendió el chiste. Su cuñada le guiñó un ojo. Sol propuso algunos juegos con los nietos de su hermana y los demás niños del grupo. El sancocho en el río era uno de los rituales de la familia. Mientras la olla enorme de sopa hervía, los hombres se dedicaban a jugar dominó, bebían ron o cerveza y las mujeres se ocupaban de los niños y conversaban entre sí.

A las tres y treinta de la tarde sirvieron el sancocho. Después de comer les prohibieron a los niños entrar de nuevo en el agua, había que esperar que hicieran la digestión. La tarde se fue desenvolviendo agradable, con algún accidentado que se resbaló de una de las piedras altas y tuvo raspaduras en las codos y rodillas. Colaron café y después fueron recogiendo el campamento antes de que cayera “la plaga”. Era sabido que, a eso de las cinco de la tarde, cuando comenzaba a caer el sol, los mosquitos se aproximaban en nubes oscuras y caían implacables sobre los bañistas. Ella estaba preparada con repelente para insectos y comenzó a ponérselo a los niños en las piernas y los brazos. Los vecinos recogían también sus ollas y bártulos. De pronto los gritos de varias personas advirtieron que había una niña desaparecida.

Era la hija menor de la mujer que había venido a pedir la sal. Yuri, la niña, tenía once años. Sus hermanos mayores estaban desesperados y daban grandes voces entre los árboles llamando a la pequeña. Uno de ellos, de unos veinte años, había ido a conversar con los hombres del grupo y se tropezó con ella. Le preguntó si tenía un cigarrillo. Ella le dijo que no, que lo sentía y le dio un caramelo de menta. Los niños estaban asustados y la abuela los reunió en una de las camionetas para distraerlos. Dos de los primos se unieron a la búsqueda de la pequeña. La habían visto por última vez nadando en el pozo de la cascada, el más profundo, unos cien metros más arriba. Había mucha gente allí lanzándose desde las rocas al agua. Yuri era buena nadadora. Pero tal vez se había lanzado desde uno de los agujeros que conectaban con la cascada en una especie de trampolín natural y se había golpeado la cabeza. Yuri no era así de arriesgada, pero nunca se sabe, le dijo el hermano. Varios hombres se sumergieron repetidas veces en el pozo sin lograr ver nada. La pequeña seguía sin aparecer y todo eran conjeturas. Era posible que no estuviera en el agua, que alguien se la hubiera llevado. A ese pozo venían gentes de otros lugares, aunque Yuri era tímida y no hablaba con desconocidos; o tal vez el remolino la había arrastrado hacia abajo atrapándola en el fondo. La tarde comenzó a enfriar y la familia de Sol decidió que era mejor volver a sus casas.

La madre de la niña regentaba una posada en el pueblo ayudada por sus dos hijos mayores. La hermana le contó a Sol que la mujer había tenido que irse del pueblo en los años noventa, después de un escándalo con un hombre casado del que había tenido dos hijos, pero había regresado años más tarde, como compañera de otro hombre, el representante regional del partido revolucionario. La niña había nacido de esa unión. Ella y aquel marido tenían detractores y admiradores. El hombre había logrado expropiar en nombre de la revolución algunas fincas productoras de leche y queso en las cercanías y se las había entregado a los trabajadores, quienes intentaron manejarlas sin éxito, por falta de entrenamiento técnico y desconocimiento del quehacer comercial. Luego, comenzaron las expropiaciones en el pueblo: un abasto, un restaurante, la panadería de los portugueses, y la posada “Bella Luna”, de una pareja de ancianos españoles. De la posada se encargó la susodicha mujer del coordinador regional del partido y eventualmente le serviría de premio de consolación, pues el marido un buen día cruzó la frontera con una médica cubana, rumbo a los Estados Unidos.

Anochecía cuando se corrió la voz que en la posada estaba alojada una pareja de buzos y que se disponían a ayudar sumergiéndose en las aguas del río. El pueblo entero estaba en ascuas. Los buzos entraron esa noche en el pozo con su parafernalia, ayudados con la luz de linternas sumergibles. Después de un rato dictaminaron que era imposible continuar con la búsqueda por las condiciones precarias y el desconocimiento del terreno. Habría que esperar hasta el amanecer. El cura a regañadientes abrió las puertas de la iglesia para los que quisieran orar y numerosas mujeres y jóvenes pasaron la noche en vela pidiendo por la niña. Prontamente surgieron improvisados tenderetes de comida, café y cigarrillos a las puertas de la iglesia. Algunas personas en el pueblo, aunque conmovidas por el suceso, no salieron de sus casas, pues estaban convencidas de que esta desgracia era un merecido castigo, una lección, por los desmanes de los poderosos.

El camión de bomberos anunció su entrada en la calle principal del poblado a las cinco y treinta y siete minutos de la mañana de aquel lunes de sombras. Desde el incendio de la planta torrefactora de café en 1998, no se había visto a los bomberos por el pueblo. Era un camión rojo, viejo, algo desportillado, enviado desde la capital del estado a más o menos una hora de distancia. Detrás del camión venia aullando la ambulancia del Hospital Central. Ambos sonidos galvanizaron a los habitantes. Sol había pasado la noche en vela. Su hermano, que vivía en el piso superior de la casa con nueva esposa y dos niños, la había escuchado trastear en la cocina y bajó a acompañarla. Estaban sin electricidad por el racionamiento desde la tarde anterior, así que se alumbraron con un candil. Al oír las sirenas el hermano la invitó a ver los intentos de rescate en el río. Ella trató de negarse, pero él acicateó su curiosidad periodística y finalmente la convenció. Se puso un mono de trotar, sus zapatillas deportivas y tomó su cartera. Llegaron a orillas del río y parquearon en el mismo descampado del día anterior. Había ya una aglomeración de personas en la playa. Dos policías trataban de contener a la gente para que no avanzaran río arriba, adonde estaba llevándose a cabo el rescate. El hermano consiguió pasar con su identificación de médico y ella mostró su carné de periodista internacional.

Trabajando con los buzos, los bomberos lograron ubicar el cuerpo de la niña atrapado entre las algas en el lecho del río y después de un rato, usando cuerdas, lograron sacar el cadáver que pusieron directamente sobre el pasto. Sol y su hermano se acercaron y ella automáticamente, sin pensarlo, usó su teléfono, con la batería a medio cargar y tomó varias fotos. Inmediatamente se dio cuenta del despropósito de su acción y guardó el aparato. Tuvo apenas tiempo de ver a la niña antes que los paramédicos la colocaran en la camilla y la cubrieran. Tenía los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas. La piel estaba teñida de un color azuloso. Los labios morados entreabiertos. El cabello largo parecía el de una pequeña sirena, cubierto de hojas y líquenes del fondo de las aguas. Llevaba solo un traje de baño de una pieza y a ella y al hermano les impresionó ver lo delgadas que eran sus extremidades. Sus manos estaban crispadas sobre los muslos rígidos, con las palmas hacia arriba. De pronto, reparó en los tres puntos en triangulo entre la mejilla izquierda y el nacimiento de la oreja y la sacudieron las náuseas. Sol comenzó a temblar incontrolablemente. Ella había visto muchos cadáveres en su época de reportera, pero nunca el de un niño. Había algo en aquel cadáver que le parecía incongruente, extraño. Se volteó y vomitó. El hermano la tomó por el brazo y en pocas zancadas la llevó cuesta arriba. En ese momento llegaba Olga, la madre de Yuri, acompañada de sus dos hijos y del patólogo y la escena se convirtió en un caos de gritos y llanto. Sol y su hermano se alejaron en el auto. Avanzaron lentamente, pues por el camino corrían numerosas personas curiosas hacia el río.

Después de dormir cuatro horas gracias a un somnífero, Sol despertó y revisó las fotos que había tomado. Descubrió que la niña tenia los brazos, las piernas y la cara con rasguños. Reparó atenta el rostro, aquel pequeño triangulo con tres puntos oscuros, como tatuados con un cigarrillo encendido. La parte inferior del bañador estaba desgarrada, con la manga de una pierna rota. Los pezones de los pechos incipientes asomaban rígidos sobre la tela baby blue, advirtiendo que era una niña entrando en la adolescencia. La imagen le resultaba perturbadora, sin embargo, no pudo evitar mirarla numerosas veces aquella mañana, con una especie de fascinación obsesiva. Estaba convencida que la niña mostraba signos de abuso. Se preguntó si el cuerpo de la pequeña estaría en el hospital del pueblo o si la habrían llevado al Hospital Central en la capital de la provincia. Pensó en el hermano menor de la niña, el que le había pedido un cigarrillo. Él estaba entre los clavadistas de la cascada. Se había distraído y alguien se había llevado a la niña. O quizás no era tan buen hermano como pretendía hacer creer. Salió de la habitación y en la cocina consiguió a su hermana y a su cuñado quienes le proporcionaron las últimas noticias sobre el accidente de Yuri. El cuerpo había sido trasladado a la morgue del Hospital Central. Bien, pensó ella, los doctores allí dictaminarán si la chiquilla había sido víctima de violencia física o si los rasguños eran producto de las peripecias del intento de rescate. Al acaso, su hermana mencionó que el patólogo a cargo de la necropsia había estudiado con su hermano y que era el esposo de Isabel, una prima segunda de ellas. Era un tipo competente y honesto que había resultado bastante afectado por los cambios en las políticas sanitarias del estado. Él y su familia se marcharían pronto al exterior. Sol tomó nota mental del nombre y pensó que le gustaría conversar con aquel hombre. La niña merecía que le hicieran justicia. A la hora de la cena su hermano llegó de la calle con la noticia que la autopsia había arrojado como resultado que la pequeña había muerto por inmersión accidental. El gobierno del estado había expresado sus condolencias a la familia y al pueblo entero y había autorizado la cremación del cadáver al día siguiente y el consiguiente traslado de las cenizas al pueblo, donde se realizarían las exequias el viernes, con asistencia del gobernador del estado y otras autoridades. Sol manifestó su asombro e indignación. Su hermano estuvo de acuerdo que todo parecía ir con exagerada premura. Pero, inmediatamente comentó que el estado provincial estaba en campaña para elegir autoridades y aquel accidente era una distracción de la jornada política que estaba en su etapa final. Luego se volvió a Sol y le dijo que, al día siguiente, martes por la mañana muy temprano iría a la capital del estado a una reunión en el Hospital Central por si quería venir y hacer diligencias en la ciudad. Ella asintió entusiasmada.

Los hermanos entraron juntos al hospital para desayunar en la cafetería. Usando su identificación como periodista internacional, Sol logró llegar hasta el área de patología del Hospital Central, donde tenía su oficina su recién descubierto primo político, el doctor Suárez-Arroyo, médico forense. El hombre la recibió con una mezcla de afabilidad andina, curiosidad e incomodidad. A sus espaldas, un retrato familiar del doctor con su esposa y sus tres hijas le confirmó a Sol que estaba frente a un padre, quien además era miembro de su familia extendida. Ella le explicó al doctor cómo había visto brevemente el cadáver de la niña y la impresión que este le había causado. Le dijo que estaba escribiendo un artículo para la revista The New Yorker sobre diversos aspectos de la medicina en Venezuela y que le llamaba la atención la celeridad con la que se había realizado la necropsia del cuerpo de la niña y cómo se había procedido a cremar el cadáver de inmediato. La cara del doctor, más bien pálida, fue adquiriendo un tono rubicundo. El hombre la vio con ojos angustiados y le dijo: Yo solo cumplí órdenes, por favor no mencione mi nombre en el artículo. En dos o tres semanas estaré fuera de aquí, en los Estados Unidos con una visa especial. Sol sintió entonces que había encontrado una veta de humanidad y vulnerabilidad en aquel hombre que le abría una ventana que podía conducir a la verdad. Ella decidió intentar negociar con el individuo y le dijo que le prometía no mencionar su nombre si él le decía por qué aquella prisa. El hombre le dijo que no era un secreto que el gobernador estaba en campaña para ser reelegido. Accidentes trágicos como el de la niña no eran buenos para hacer política, a menos que se hiciera un poco de caridad con la gente, por eso había que actuar rápido. Aunque déjeme decirle, aclaró el doctor, que el cadáver de la niña no será cremado hasta el jueves o el viernes, con buena suerte, pues los hornos no tienen gas. Doctor dijo ella, pienso que la niña fue abusada y lanzada al río. El hombre inclinó la cabeza y extendió un brazo bajo la mesa que los separaba. Y cuando ella pensaba que él estaría listo para hacer una confidencia reveladora, apareció un guardia en la puerta que le pidió a Sol que lo acompañara. Antes de salir, ella le dio una tarjeta al doctor donde había escrito el número de teléfono de su hermano y le dijo el vínculo familiar que los unía. El hombre la miró como preguntándose si todo aquello sería cierto.

Esa tarde, cuando se encontró con su hermano y le relató lo sucedido durante el día, el hermano le dijo que se estaba inmiscuyendo demasiado en un caso que ya no tenía solución. Aquí la policía no trabajaba como en los Estados Unidos. Era mejor dejar las cosas así. Si el hermanastro u otra persona era el asesino ya se descubriría. De todos modos, ya la niña estaba muerta y nada cambiaría el resultado. Viajaron en silencio los siguientes cuarenta y cinco minutos, pero Sol estaba convencida de que su propósito allí era tratar de hacerle justicia a la niña abusada. Era algo personal, se dijo con lágrimas en los ojos. Ella no iba a desistir ahora.

El miércoles su hermano la despertó con una noticia alentadora, el doctor Suárez-Arroyo lo había llamado para corroborar que la periodista era su hermana. Quería conversar con ella. El vendría al pueblo esa tarde y quería verla en privado. Su hermano le había dicho que podrían verse en su consultorio. Las horas transcurrieron lentas para Sol hasta las cinco de la tarde. Caminó las siete cuadras que la separaban del consultorio de su hermano, ubicado en el segundo piso de un modesto edificio en el centro de la pequeña ciudad, a una cuadra de la plaza principal. La secretaria de su hermano le entregó un sobre de manila que alguien había traído hacia un rato para ella y se encerró en la oficina a leer el contenido. Era una copia de la autopsia. En una nota personal, el doctor le pedía esperar tres semanas para revelar los datos del documento. Él no quería que le impidieran salir del país. Sol leyó el reporte tratando de entender la jerga médica. La niña presentaba signos de violencia física, presumiblemente había tenido ataduras en las manos y los pies pues estas habían causado el rompimiento de pequeños vasos capilares provocando sangramiento subcutáneo. Tenía quemaduras de cigarrillo en varios lugares del cuerpo. Así mismo, se había percibido una contusión con edema e ICP que contribuían a las pupilas dilatadas y la presión en el cerebro de la jovencita. No había signos de abuso sexual, no obstante, lo más importante era el diagnostico de embarazo. La niña tenía entre ocho y diez semanas de gestación al momento de su muerte.

Sol no hallaba qué hacer. Su corazón batía con fuerza, causándole dolor en el pecho. Tenía que guardar aquel documento en un lugar seguro. Caminó hasta la plaza y tomó un taxi a la casa de sus hermanos, que era la antigua casa familiar ahora dividida para acomodar a dos familias. Al llegar se encerró en su cuarto. Recordó que de niña ella y su hermana habían creado un doble panel en una de las gavetas del closet. Tendría que recordar en cual. Estuvo un rato allí hasta que dio con el escondrijo secreto. Respiró aliviada y cuando se disponía a guardar el documento tocaron a la puerta. Era su hermana. Decidió mostrarle los resultados de la autopsia. Su hermana parecía no salir de su asombro. Y ahora ¿qué harás? Esa era la pregunta del día. ¿Y ahora qué? Se le ocurrió invitar a cenar fuera a su hermana y a su cuñado esa noche. Vamos a la Posada “Bella Luna” me han dicho que las pizzas son deliciosas, le dijo a su hermana. Pero esta sonrió como diciendo yo sé de qué va esta invitación.

En el restaurante del “Bella Luna” había pocos clientes aquel miércoles por la noche. El maestro pizzero era uno de los hijos de la dueña, el mayor de los dos hermanos, sin embargo, aquella noche él no estaba a cargo. Había otro chico. Sol pareció desanimada. Pidieron una botella de vino y una pizza. Al rato el maestro pizzero se apareció en la sala y vino a saludarlos, agradeciéndoles su presencia. Era el restaurante más exitoso del pueblo en esos días. Hasta el gobernador y su familia nos han honrado con su presencia, le dijo el maestro con orgullo, señalándole una foto en la pared. Dice que nuestra pizza de hongos bien vale el viaje hasta acá. Sol alabó la calidad de las pizzas le dijo que le gustaría volver otro día y conocer la posada, pues le parecía un lugar muy acogedor. El hombre la invitó a venir cuando quisiera y le dio el nombre de su esposa, quien estaba encargada de la atención al cliente. Ella le preguntó por su hermano menor y por su madre y el hombre le dijo que estaban bien en medio de todo.

Al día siguiente Sol almorzó en la posada con una de sus tías. La pizzería no estaba abierta para el almuerzo, pero un pequeño comedor dentro de la casa servía un menú de precio fijo que variaba de acuerdo con el día de la semana. Era jueves y el menú era sopa de lentejas y pollo a la cazadora con arroz, ensalada y plátano frito. La señora parecía tan interesada como Sol en saber qué estaba pasando en aquel lugar. La tía sabía de las andanzas de la dueña del lugar y de sus hijos. Eran partidarios del gobierno revolucionario. Por eso les iba bien en los negocios. Olga, la madre de la niña ahogada y dueña de la posada andaba con un hombre que era diputado del estado y mano derecha del gobernador. Siempre había sido así, casquivana y aprovechadora susurró la tía. De pronto, el cerebro de Sol se iluminó. Recordó lo que su hermano le había dicho sobre quienes conseguían ambulancia y servicio de los bomberos, la gente conectada. ¿Quién era aquel sujeto? ¿A quién estaba protegiendo? La tía mencionó un nombre y ella solo captó el apellido Zamora. Hablaron trivialidades hasta terminar la cena. Sol tenía dos tías más, a cuál más interesada en la vida del prójimo y ellas sin duda tendrían información sobre el sujeto en cuestión. Era unaintuición, pero ella pensaba que por allí podría abrirse una brecha hacia la verdad. Tal vez aquel hombre estaba protegiendo al hijo de su pareja o a alguien más.

El viernes por la tarde fue a visitar a su tía Ana Caraballo, la más vivaz e interesante de sus tres tías maternas. Era también la más enterada de los acontecimientos diarios, tanto públicos como privados del pueblo, en parte gracias a su oficio de modista y vendedora de telas. Legendaria era su mirada inquisitiva y su método de adquirir información: comenzaba con preguntas sutiles que escalaban gradualmente a las directas y descaradas. Conocedora de la psiquis humana había perfeccionado con los años y la asidua práctica, el arte de manipular a sus informantes, masajeándoles el ego a algunos, alimentando la egolatría de otros, hincando sus garras en las inseguridades, los reconcomios, los odios de clase de unos cuantos, o volcándose solícita sobre el desafecto de muchos, para que dejaran salir sus confidencias. José Manuel Zamora-Gómez, era efectivamente un hombre importante en la política regional. Ambicioso, resentido social, inteligente y socarrón había cambiado su militancia de uno de los partidos tradicionales y se había declarado revolucionario cuando la toma del poder era aún una quimera. Al llegar los buenos tiempos, él comenzó a cosechar los frutos de su fidelidad y confianza y se fue haciendo notar. Era todavía una figura en segundo plano, pero el hombre tenía pretensiones de líder y sin duda llegaría lejos. La tía comentó entonces que este personaje, siendo un mocetón de unos veinte años, había sido empleado en la tienda de abarrotes del padre de Sol. En esa época no llevaba todavía el Zamora, era Manolo Gómez, “peso pluma” lo llamaban por lo flaco y alto. La mención de aquel nombre golpeó inesperadamente a Sol quien se dobló hacia adelante. La tía la miró con extrañeza. Sol le pidió permiso para usar el baño. Aquello no podía ser. Manolo Gómez había sido su némesis durante los dos primeros años de la escuela secundaria. Aquel empleadillo sin gracia se había convertido en su confidente y amigo por varios meses y luego había abusado de ella en repetidas ocasiones en la trastienda del local comercial, amenazándola con violar a sus hermanas menores si ella no accedía a sus requerimientos. Hasta que un día desapareció. Ella se había ido de vacaciones con sus primas a la playa y cuando regresó diez días más tarde, él no estaba. Se había peleado con su padre y se había marchado. Pero por años su presencia la persiguió como una enfermedad recurrente, su aliento desagradable, sus manos frías y sudadas escurriéndose por su espalda, su cara llena de granos, sus palabras soeces murmuradas al oído, la cuerda que le ponía al cuello hasta asfixiarla, las quemaduras de cigarrillo en la ingle y los senos, sus constantes amenazas de muerte. Aunque sabía que se había marchado, ella creía verlo en la calle, en las aglomeraciones de gente en la temporada de ferias, cuando regresaban al pueblo muchos de sus hijos ausentes. Ella temía esas fechas de reuniones multitudinarias pues sabía que él podía estar acechándola en cualquier esquina. Supo por su tía que con la revolución él había tomado el nombre Zamora y lo había agregado al suyo, como si el líder agrario fuera su padre. Venía al pueblo con frecuencia desde que tenía una relación con Olga, la dueña de la posada “Bella Luna”. ¿Y se queda allí? Preguntó Sol con la voz temblona. Sí, claro, esa mujer no tiene vergüenza. Ni siquiera por sus hijos guarda las apariencias. ¡Lo que habrá visto la pobre difuntita! Anda tú a saber. Sol salió de la casa de su tía sintiéndose débil y desorientada. Por casualidad su hermana la vio cruzando la calle y la llevó en su auto hasta la casa. ¿Qué te pasa? Parece que viste a Drácula, hermana. Sí, más o menos así es. Decidió llamar al Dr. Suárez-Arroyo. Quería preguntarle si era Zamora-Gómez quien le había dicho que procediera a cremar el cadáver de Yuri inmediatamente. El doctor guardó silencio y entonces ella le contó todo lo que había descubierto de aquel hombre, inclusive la violencia física y psicológica que él le había infligido a ella, siendo aún una niña. El doctor la escuchó en silencio y finalmente le dijo que el cuerpo de la niña no había sido cremado aún. Tardarían unos cuantos días más en hacerlo. Entonces ella le preguntó si era posible hacerle una prueba de ADN al feto. El doctor rio con una risa entre triste y socarrona y le dijo que no, definitivamente no. Los laboratorios carecían de reactivos para este tipo de exámenes. Tendrían que enviarlo a un hospital en la capital y los resultados podían demorar meses. ¿Pero podría usted al menos obtener una muestra? El hombre asintió, al menos dijo que lo intentaría, pero no podía asegurarle nada.

Sol decidió volver a la posada el sábado. Vio al hermano menor de Yuri sentado en su motocicleta al otro lado del local y se le acercó. Se saludaron. Ella le recordó que se habían conocido el domingo en el río. Mientras conversaban ella observo con atención las manos y los brazos del muchacho buscando posibles rasguños o heridas, pero la piel parecía limpia. ¿Y cómo van las cosas, cuándo les entregan a la niña? No se sabe señorita, no sabemos nada. Lo siento, le dijo. Cruzó la calle y decidió tomar algo en la posada. Desde su mesa frente a la ventana que daba al patio interior, vio a Olga sentada en una poltrona en una salita. La reconoció por la cabellera platinada, pero se veía distinta con su falda negra amplia y la blusa de medio luto que le cubría los brazos y el pecho. Tenía el rostro inflamado y sin maquillaje. Una mujer le acicalaba el cabello. Ella se acercó y la saludó. La mujer le preguntó quién era. Entonces Sol se presentó y le dijo que estaba escribiendo un artículo sobre Venezuela para una revista internacional. La mujer no pareció impresionarse. Quiero escribir sobre lo que ha pasado con Yuri. Con Yuri no pasó nada, solo la imprudencia, señorita. Fue un momento de descuido. Y ahora no quieren entregarme el cuerpo de mi niña. Yo la quiero aquí. No quiero que la usen para hacer campaña. La quiero aquí, hacerle su velorio y enterrarla junto a mi mamá y mi hermano. Que descanse mi muchachita. Lo dijo sin llorar, con la voz cansada. He luchado toda la vida por mis hijos, por mi familia. Comencé a trabajar a los diez años en la torrefactora. Me pagaban la mitad que a los adultos, pero yo hacía la misma jornada. A los catorce tuve a mi primer hijo y a los diecisiete el segundo y seguí trabajando para echarlos adelante, para hacerle una casa a mi mamá, para darle su tratamiento cuando se enfermó. Pero cuando le pedí al padre de mis hijos, al dueño de la tostadora de café la pensión que los niños merecían me acusó de estafadora, de chantajista y me amenazaron con quitarme a mis muchachos. Eran otros tiempos. Pero las cosas no han cambiado mucho, no crea usted. Cambian los nombres, pero las intenciones y las manipulaciones son las mismas, porque aquí, dijo tocándose la cabeza y aquí, poniéndose la mano en el pecho, la gente sigue siendo la misma. Eso no hay revolución que lo cambie, señorita, créame.

Acercándose al rostro de la mujer mientras le tomaba una mano Sol le susurró al oído: Yo pienso que no fue un accidente. Pasaron muchas cosas antes de la muerte de Yuri. La mujer se quedó mirándola con extrañeza. Sol se alejó y fue a sentarse en una mesa del pequeño restaurante de la posada. Al rato, Olga vino a sentarse con ella. Explícame eso que me soltaste hace un rato, le dijo tuteándola y con actitud desafiante. A la niña la torturaron y golpearon y luego la tiraron al agua. La mujer se quedó lívida. ¿Quién te dijo eso? La autopsia. La verdadera autopsia. Quiero verla. Yo te la mostraré mañana, pero tienes que prometerme que no le dirás nada a nadie. Te lo prometo, solo a mi hijo pequeño que es como una tumba. Ok.

Se encontraron al día siguiente en la sacristía de la iglesia. El cura, gran amigo de sus tías, había accedido a mediar en el encuentro. Sol llevó el documento y se lo mostró a la madre y al hijo menor que la acompañaba. La niña estaba embarazada. El muchacho era el más sorprendido. Sol observaba cada uno de sus gestos. Pero no es posible. Ella no salía de casa. La cuidábamos mucho. Tenía problemitas de aprendizaje. Muchas dificultades en la escuela. Ya sabe. La madre comenzó a llorar con un llanto contenido.

Alguien la golpeó y la tiró al rio inconsciente, para que se ahogara y no se revelara el secreto, dijo Sol. Olga estalló en un llanto escandaloso. El hijo dio un par de golpes sobre la mesa de madera y se mordió los puños. De pronto, la madre se levantó y dijo: Yo sé quién le hizo esto a mi chinita. ¿Quién ma? ¿Quién? Yo mato al que hizo esto, dijo el hijo. El muchacho luego salió en su motocicleta. Sol acompañó a Gloria hasta su coche. Hablaron por largo rato, luego se despidieron con un abrazo.

Una semana después en la prensa la noticia decía, “el diputado Zamora-Gómez fue llevado de emergencia al Hospital Central anoche con síntomas de envenenamiento alimenticio, lo cual ha provocado severo fallo en sus riñones. El distinguido político había participado el día anterior en las exequias de la niña Yuri Márquez, quien murió accidentalmente ahogada hace tres semanas en las caudalosas aguas del rio Lobaterita. El diputado, acompañó al gobernador a la sencilla cena en una pizzería local que le brindaron esa noche las autoridades del poblado. Sin embargo, la única persona con signos de intoxicación ha sido el licenciado Zamora-Gómez. Las autoridades han abierto una investigación”.

Sol había temido siempre volver a verlo. Quizás por eso se había ido a vivir tan lejos, en otro país, para poder respirar sin miedo a ahogarse, para olvidar la maldad de su rostro. En el pabellón de cuidados intensivos, había dos guardias uniformados en la puerta que la dejaron pasar después de catearla y ver su carnet de periodista internacional. Ahora él estaba ahí, en posición supina, agonizante, conectado a una máquina que hacia la función de sus riñones y su hígado. Ella se acercó y lo saludó. Él la vio entre la bruma, intentando mantener los parpados verdosos abiertos, buscando reconocerla. Iba elegantemente vestida, sosteniendo un ramo de lirios blancos en las manos que depositó sobre la mesa, al lado de la cama. Abajo la esperaba el taxi con sus maletas para llevarla al aeropuerto. Él quiso preguntarle su nombre, pero las palabras ya no le obedecían. Ella se acercó y le murmuró al oído: Amanita phalloides es tu ángel de la muerte. Amanita phalloides que se nutre de tus despojos, Manolo Gómez, violador, asesino. El hombre emitió un quejido y ella se dio media vuelta y se marchó.

 
 
 

Nancy Noguera es una autora venezolana. Ganó el concurso de cuentos del diario El Nacional en 1985. Ha sido por 28 años profesora de literatura latinoamericana y español en Drew University de donde acaba de jubilarse. Ha publicado cuentos en diversas revistas y antologías. Actualmente reside en Nueva York donde continúa escribiendo.