Irina Ráfols
Tratamiento
En el colegio de Córdoba un nativo asciende. En poco tiempo, se maneja bien con el castellano y hasta con el latín. Aprende muy pronto a comportarse como le requieren, no porque le interesa ser aceptado, sino por tener acceso libre a su curiosidad de conocer. Se comporta de modo tan pacífico que pronto es invitado a la biblioteca, a los patios de esparcimiento, a los juegos al aire libre. Durante las clases, los maestros no le dan tregua. Son implacables con su estudio. Parecen exigirle y exigirle para encontrar un no puedo, no entiendo, no sé, pero él se exige mucho más.
No poder responder a una pregunta era mortal para él. Entendía bien el cambio de suelo de combate. Ahora era el intelectual. Así que vive a la defensiva. No lo podrán vencer mientras él pueda responder con algo a todo. Por eso, no se da tregua y estudia, lee, pregunta, hace anotaciones, tacha, se desespera por entender y echa al suelo en un arranque de ansiedad, la pluma, los libros, las hojas; gruñe, y enseguida lo recoge todo y comienza de nuevo.
Cuando termina el día, medita en su cama hasta altas horas de la noche; exprime su mente, sus pensamientos. Se retuerce de la angustia que le da ahora el no saber algo. Deduce qué ideas son posibles con todas las informaciones que lo avasallan, con todos los cuestionamientos que ellos le hacen para probarlo, seguramente para demostrarle que él no es capaz. No da un paso sin pedir consejo a Simón, el nativo guaraní, que lo asesora en todo momento.
Algunas veces es acompañado por el alma noble de Esteban que ya lo ha perdonado. Es el compañero que se acerca con mejores intenciones, que responde a todas sus preguntas. Pronto se comenta su buen comportamiento y sus buenas notas.
Ahora tres doctores del colegio conversan entre sí.
—Es asombroso lo rápido que aprende, su buena disposición.
—¿Quién iba a decir que estas criaturas pudieran aprender tanto?
—Aprenden como los monos. Eso no significa que sean inteligentes: solo imitan.
—Habláis como si los nativos no fueran de nuestra especie.
—Lo son, ¿quién lo niega? Pero dentro de nuestra especie hay razas más inteligentes que otras. Unas están visiblemente destinadas a gobernar, otras a obedecer. ¡Mirad la historia!
—No veo ninguna diferencia entre el nativo y nosotros —defiende el doctor Ruiz Díaz—. Y ya no le digáis nativo que se llama Eraxái.
—¿Qué clase de nombre es ese? Deberían de ponerle un nombre cristiano.
—Se rehúsa.
—No sé por qué lo defendéis como si alguien lo atacara, como si no fuera lo suficiente afortunado en estar aquí, en este lugar reservado solo para los mejores.
—Está demostrando que se lo merece.
No era nada extraño que se suscitaran resquemores, que alguno de plano lo rechazara, y que algún otro lo defendiera. Lo cierto es que Eraxái bien pronto se percató de que hablaban a sus espaldas, que le buscaban defectos constantemente, que esperaban, pérfidamente, a que se equivocara en algo.
Cuando se retira a descansar, nota que alguien desliza un sobre bajo la puerta. Era una invitación para almorzar al día siguiente, en casa del profesor de teología, el Dr. Ruiz Díaz, quien lo había defendido. ¿Una invitación para él? ¡Una invitación! Rápidamente busca al viejo Simón.
—¿Qué tengo que ponerme? ¿Qué tengo que decir para caer bien? ¿Qué modales tengo que tener? —le pregunta exaltado.
—Bueno, ninguna pregunta personal directa, deja que él te pregunte, alaba la comida, habla del buen tiempo. Recuerda todo lo que aprendiste aquí. No te olvides en ningún momento el respeto que le debes. Es un profesor que te elogia ante todos, es decir, un amigo.
Esta era su primera salida del colegio de Córdoba luego de varios meses. No conocía a nadie más. Se vistió con una blusa blanca de hermosas mangas anchas, unas botas altas, y un pantalón muy elegante, todo prestado por Esteban, y recogió en forma de cola su largo cabello oscuro. Simón tuvo la generosidad de prestarle su alazán, porque convengamos que Eraxái no tenía nada.
—Espera, toma esto…
Y lo ayuda a colocarse encima de la blusa una elegante chaqueta rojiza, abotonada, con pequeños tajos simétricos que dejaban ver el forro interior de terciopelo blanco. Era una moda española que se difundía ahora por toda Europa.
—Quiero que te veas como todo un caballero.
—Nunca voy a ser un caballero.
Simón sonríe. Sabe a qué se refiere Eraxái: ser caballero es poca cosa, comparado con el honor de ser un guerrero qom.
—¡Vamos!, ¡ya estás!
Eraxái no ha aprendido a decir gracias aún. A lo mejor todavía se resiste porque, en su fuero íntimo, sabe que le han quitado mucho más de lo que al momento le daban.
—Ahora vete. Sé gentil y respetuoso. ¡Ve con Dios! —le dice desde lejos.
Aquella fue la primera vez que Eraxái vio algo más de la ciudad. Cuando llegó, golpeó la aldaba con mucho nerviosismo. Tomó aire profundamente y exhaló. El sirviente lo miró de arriba abajo con extrañeza. Eraxái le mostró la invitación y el sirviente lo hizo pasar. Lo hizo esperar en el vestíbulo hasta que el anfitrión se presentó.
—¡Bienvenido, mi estimado muchacho!, ¡pasad! —y lo dirigió hacia la biblioteca.
Ve las paredes cubiertas de cuadros, pedestales con figuras helénicas, retratos de gente de alcurnia, estanterías llenas de libros. Flores, alfombras finas. Al poco rato, son invitados a pasar al comedor. Al llegar, lo sorprende la presencia de una mujer.
—Es doña Sofía, mi esposa. Querida, este es nuestro invitado de honor, Eraxái, el estudiante del que te hablé.
Duda unos segundos sobre cuál es el saludo apropiado, pero le viene a la mente un grabado de un libro de caballería que había visto en la biblioteca del colegio. Entonces se inclina, toma con suavidad la mano que se le tiende y la besa. La dama tuvo un ligero estremecimiento, porque Eraxái solo debió de acercar su rostro y no apoyar los labios así, tan contundentemente como lo hizo. Pero la mujer lo dejó pasar y ensayó una gentil sonrisa.
El doctor no dejaba de hablar, de hacerle preguntas, pero el sabor a perfume de aquella mano que le había quedado en los labios, lo distraía.
La mujer era como veinte años mayor que él, pero eso no quitaba que era atrayente, ya sea por su vestido exquisito, ya sea por sus rubios cabellos —pocas veces visto por Eraxái—, una tez blanquísima, unos ojos azules hermosos; o porque la mujer lo miraba con llamativa intensidad. No estaba seguro de si debía corresponder o no a esa mirada. Si sería irrespetuoso no devolvérsela de la misma manera o si era todo lo contrario, por lo que contestaba distraídamente a las preguntas del anfitrión.
—Y ahora pasemos al salón.
En el salón, un grupo de mujeres los esperan. Doña Sofía las presenta, mientras el doctor se sirve un trago. Pronto fue acosado con un sinfín de preguntas, de las más simples a las más comprometidas.
—¿Y qué carrera estudiáis?
—Filosofía.
—No sabía que educaban a gente de su clase —responde su esposa.
—Pues, no. Él tuvo mucha suerte, es una excepción. Tiene padrinos muy poderosos entre los jesuitas, ¡Ja! Por eso tiene que aprovechar esta oportunidad muy bien.
—¿Sois caníbal? —pregunta una invitada.
La pregunta crucial clava todos los ojos en el rostro de Eraxái.
—No, no, por favor, no le preguntéis esas cosas —interrumpe el doctor, riendo—. No os gustarían las respuestas, Josefa.
—La puedo contestar. No soy caníbal. Mi gente es el pueblo qom. Caníbales son los guaraníes —sin darse cuenta esta afirmación sonó a desprecio.
—¡Bueno, a ver! ¡Ya no sois un indio! Tu gente es otra. Ahora sois un estudiante, un hombre de bien, un caballero en vías de civilizarte.
Todo lo dice el doctor con una sonrisa, mientras que Eraxái, que se ve equivocadamente juzgado, mantiene una difícil mirada. Sobre todo costó tragarse aquello de que decir “indio” y decir “hombre de bien” no podía equivaler a lo mismo.
—No soy de la India, así que no soy indio. Soy un nativo qom. Y siempre fui un hombre de bien —y le da un énfasis grave a esa expresión.
—¿Tenéis familia? —pregunta una invitada.
—Ya no. Cuando me capturaron, me separaron de los míos, y no los volví a ver.
—¡Qué triste! ¿Y los extrañáis?
—¡Vamos!, ¡cómo no los va a extrañar! ¡Después de todo ellos también tienen alma! —pareció defender la esposa del doctor.
—¿Sabéis qué es el alma? —quiso probar otra de las mujeres.
—Lqui’i.
—¿Qué es eso?
—Lqui’i es nuestra idea de alma, es nuestra facultad de pensar, sentir, es donde están nuestras emociones y pensamientos. Todo eso es lqui’i en nuestra lengua qom.
—¿Veis? Si tiene alma y sabe qué es —defiende la esposa.
—¿Habéis matado? —pregunta una mujer joven.
—¡Eso no le pregunten! —pide el doctor.
—Varias veces. Para sobrevivir.
—¡Padre Santo! —se persigna varias.
—Por favor, queridas señoras, hacedle preguntas menos complejas, os vais a indisponer con las respuestas —pide el doctor.
Y así lo acosaron con más preguntas.
—¿Tenéis amigos?
—¿Alguna amiga?
—No.
—¿Cómo os lleváis con vuestros compañeros?
—Bien.
—¿Extrañáis la selva?
Esta pregunta le hizo soltar un suspiro involuntario y tardó en responder, sobre todo porque empezó a darse cuenta de que ser gentil equivalía a mentir un poco, a tragarse la amargura, a soportar la mirada y el concepto de lo que otros pensaban que era. Se le había aleccionado en las aulas sobre los modos con los que se podía hablar socialmente y lo que no quedaba bien decir. No debía mostrarse desagradecido con la generosidad que le mostraban. Sin embargo, pese al natural sarcasmo que siempre tenía en la punta de la lengua, no pudo evitar responder con sinceridad.
—Extraño la libertad.
De golpe fue mirado con asombro por todos.
—¡Pero aquí tenéis toda la libertad del mundo! —le señala el doctor como si el pobre de Eraxái no se hubiera dado cuenta—. Libertad para estudiar, para amar a Dios, para cultivaros, para ser un hombre de provecho, para ser útil a la sociedad. Esa es toda la libertad del mundo. Otra cosa es el libertinaje y eso no lo queréis.
—Sí, sí —responde algo confuso, cuando debió responder no, no. Pero igual le entendieron.
—A lo mejor extraña sus costumbres —le dice una dama a la otra—. ¿Trepabais los árboles? ¿Cazabais vuestro propio alimento?
—¿Practicabais hechicerías?
Probablemente el doctor sintió la misma intriga porque no objetó esa pregunta y pareció que todos esperaron a que respondiera.
—Yo era guerrero.
—¿Veis lo afortunado que es? Porque los que se enfrentan a las autoridades terminan siendo esclavos y míralo aquí, convertido en un promisorio estudiante de filosofía, nada menos, y asediado por un grupo de mujeres insaciables —señala el doctor y suelta una carcajada.
—¿Hicisteis algún hechizo? —insiste una.
—No. Pero la naturaleza sí. La naturaleza echa encantamientos en el bosque. La naturaleza está viva. Los nativos pueden escucharla y hablar con ella.
Todas soltaron exclamaciones.
—¡Ay, Dios mío! ¿Acaso eso no es del Demonio? —se espanta una mujer, persignándose.
—En nuestros tiempos de gloria no existió el Demonio.
Pero eso fue imposible de comprender para ellos.
—En la selva todo es shiÿaxaua.
—¿Qué es eso? —pregunta doña Sofía.
Y él pensó en que no había nada de malo en tratar de explicarlo.
—Shiÿaxaua es ser, es inteligencia y existencia a la vez. El agua que murmura cuando corre entre las piedras, es shiÿaxaua. La lluvia cayendo en las hojas, el día cuando nace y llena de colores el cielo y se va tiñendo todo de otro color, es shiÿaxaua; las copas de los árboles cuando el sol las vuelve doradas a la tarde, el viento cuando se enfurece es shiÿaxaua, la brisa suave cuando calma al bosque, a los animales y a los hombres… Todas son palabras de encantamiento, un idioma con sentido para el nativo, le dice muchas cosas; la selva tiene miles de voces y todo lo entiende el que nació en la selva, es sabiduría, porque son grandes espíritus los que nos hablan, la naturaleza siempre habla al nativo, todo esto es shiÿaxaua…
Todo esto se le va de la boca apresuradamente sin darse cuenta. ¡Cuánto tiempo hace que no lo decía, que no lo recordaba! Tampoco se da cuenta, el pobre, que lo dice con una torpe emoción.
—¿Y cómo es que cuando nosotros vamos por ahí no lo escuchamos?
—Porque la naturaleza lo susurra al oído con voz de viento… —y sin pensarlo cierra los ojos y se lleva la mano al oído como si en aquel momento volviera al bosque y pudiera escucharla.
Y, por un momento, estuvo ahí. En la verdad de Eraxái, en la melancolía —que no pudo no notarse, sobre todo porque el rostro duro se transformó—, apareció un lado humano y se dotó de una sugestiva belleza. Por un instante, doña Sofía, acostumbrada solo a la practicidad de la lengua, se encontró de pronto con una sensual poesía en aquellas descripciones tan naturales y vivas; la atrajo el cambio de aquel rostro severo, esos ojos graves de pronto dulcificados por la tristeza, esa voz que de pronto se sintió turbada. Lo mira con los ojos nublados de emoción, y no siente el más leve pudor de mirarlo así, tan de cerca, como si en ese momento… lo adorara.
Pero en realidad todos se han quedado colgados como cuadros, escuchándolo. Hay un silencio de conmoción porque los ha cautivado a todos. Les hizo experimentar algo desconocido. Ahora, que es consciente del efecto, se siente un poco aturdido, porque, además, todo el grupo de mujeres distinguidas, de clase, exaltadas y curiosas, llenas de volados y pinturas, lo cercan con unos ojos enormes, como lo cercaría un grupo de guerreros también pintados para el combate. Por un momento, Eraxái creyó estar nuevamente en el bosque y ser la presa.
—¡Bueno, basta!, ¡ya está!, ¡dejadlo en paz! ¡No aturdáis más al muchacho con vuestras curiosidades!
Y en su interior agradeció que el doctor lo salvara.
Después de aquella visita, el doctor lo invitó algunas veces más a su casa. Las mujeres pedían por él. Y corría la voz, y otras mujeres solicitaban ser invitadas para verlo, pero no, solo era el privilegio de algunas. Varias tardes se complacieron con su presencia exótica, su vulnerable fiereza, su belleza salvaje, preguntándole todo tipo de cosas, instigándolo a hablar de lo que más le dolía o añoraba, hasta que le veían una fisura en el rostro, un quiebre de cejas, un parpadear involuntario, una sombra, un brillo en la pupila, y el doctor volvía a decir bueno, basta, ya está, dejadlo en paz.
Un día la invitación vino de doña Sofía, justo cuando el doctor había salido de viaje. Se ofreció a mandarle hacer un traje nuevo, y le advirtió que no aceptaría una negativa. Ella misma insistió en sacarle las medidas. Ella misma pidió que se despojara de la camisa. Cuando la espalda quedó desnuda la contempló por unos momentos, embelesada.
—¿Qué es esto? ¿Todas estas marcas?, ¿estos dibujos?
—Signos guerreros, heridas de combate.
—¿Puedo tocarlas?
Tardó unos segundos en responder, murmuró apenas. No se entendió lo que dijo, pero la mujer no aguardó la respuesta.
Pronto los dedos suaves, la mano perfumada y cálida repasa lentamente cada dibujo, cada signo, cada cicatriz. Empieza por un brazo, sigue por el torso. Doña Sofía lo imagina luchando y venciendo… A sus espaldas Eraxái no puede ver la expresión de placer. Pero es hombre. No tiene dudas del deseo en el roce de esos dedos. Entonces se da vuelta y aprisiona la mano, toma en un arrebato los dedos y se los lleva a la boca para besarlos. La señora, por un segundo, se queda extática, pero pronto es ella quien lo atrae hacia sí y se lleva la mano de él hacia la boca, en el mismo momento en que una doncella entra y, rápidamente, la señora lo abofetea.
—¡Bestia salvaje! —exclama indignada.
Estupefacto, piensa en reclamar, pero se da cuenta de que no puede.
—¡Fuera de esta casa! ¡Fuera! ¡Salid de aquí! —toma su camisa con la punta de los dedos para que se la lleve, como si le diera asco.
Sin decir una palabra, y con la furia subiéndosele a la garganta, hace un movimiento brusco, arranca la camisa de sus manos, y abandona la sala.
Más tarde con cierta congoja se lo cuenta a Simón.
—No debiste hacerle nada, no debiste tocarla.
—¡Fue ella!
—Escucha, no comprendes todavía la forma en que se comporta la gente de sociedad; son así, y si se le antoja contarle al marido, tendrás problemas.
—¡Yo no quise nada!, ¿por qué me hizo esto?
—La vieron y debió guardar su papel de esposa.
—Me dijo “bestia salvaje”… ¡A mí!
—Y sí, en ese momento te volviste indio de nuevo. Para ellos nosotros somos bestias. Así juegan las clases sociales. Ahora ya lo sabes.
—¿Así que me desprecia?
—¡Ah, mi buen amigo! Te desprecia y te desea.
—¡Estos rocshe no saben nada del prestigio que es ser un nativo de mi raza!, ¡no saben nada del gran pueblo qom!, ¡porque una vez fuimos grandes y libres, y tuvimos dominio sobre la tierra y sobre los otros, y…! —de golpe se interrumpe porque en el fragor de la vieja queja volvió a ver aquello que conoció y que ya estaba tan lejos, ¡tan lejos!, y lo invade el pesar, y se le hace un nudo en la garganta y se le nubla la vista, porque el recuerdo arde.
—No saben ni quieren. Lo mejor es que vayas acostumbrándote a estos cambios de tratamiento porque no va a ser la última vez que te lo hagan ver. Te subirán y te bajarán de un golpe, es lo que harán cuando necesites que te recuerden tu lugar. Así que no te confíes mucho cuando te alaben. No creas que porque te visten como ellos, te verán como a uno de ellos.
—¡Ah! ¡Qué simple y clara era mi vida de antes!

Los motivos del lobo
Comenzada la semana retoma las clases. Con cierta expectación, ha tenido en sus manos las leyes indianas en las que sabe que ha trabajado Hernandarias. Son las leyes de Alfaro… que se reitera la supresión del trabajo servil de los indios, que no pueden ser trasladados a más de una legua de distancia de su residencia habitual, que se declara nula la compraventa de indios, que el indio tendrá libertad de elegir patrón, pero no puede comprometerse a servir al mismo más de un año, que se establece el pago de una tasa anual…
Eraxái repasa todo esto a solas en su habitación.
—No van a alcanzar las leyes, tendrán que crear miles de leyes y todas juntas no van a darle al nativo mejor vida que antes. ¿Por qué, mejor, no dejan al nativo libre y solo, le devuelven lo suyo, se van, y no se preocupan más por llenar todo esto de leyes? —y pronuncia esa última palabra con total desprecio.
Así combate con todo en su cabeza. A veces tanta filosofía, tanto alcance al que llegaba con las palabras le servía para abrir la mente y proyectarse al mundo; a veces le servía para envenenarse.
Mientras atraviesa el corredor, escucha la conversación de unos compañeros.
—No sé qué quieren con esto, alguien tiene que trabajar duro y deberían ser ellos.
—Un día van a querer gobernar si se les deja.
—Ese Alfaro y ese Hernandarias los sobreprotegen. No se merecen tantos miramientos estas gentes.
—¿Gentes? ¡Indios, querréis decir!, y el indio no es gente, no aprende como nosotros. Es una bestia y seguirá siendo una bestia por más leyes que impongan.
Pasa al lado y decide no mirarlos.
—Algunos se creen muy sabios, pero no se dan cuenta que se les ve como a monos.
—Se dan el lujo de estudiar cuando deberían ir a cosechar.
Se detiene unos segundos, pero no se da vuelta. ¿Qué les puede decir? Lo que se merecen es que los estrangule, y eso, mejor no hacerlo. Es una pena, ¡lo podría hacer tan fácilmente! Opta por continuar el camino.
Pronto la incomodidad se hace diaria. Sus notas, asombrosamente, son unas de las mejores. Ha generado celos, envidia, rivalidades, desde luego que sí. Y una admiración velada. Es responsable, estudioso, mantiene distancia y respeto, pero nunca es suficiente. Ha tenido que asistir a misa. Ha llegado último y se ha sentado en la última fila. Ha escuchado impasiblemente el sermón en el que no cree. Se ha abstenido de la santa seña y de la confirmación. Es el único que en la misa no se come a Dios. Los observa fijamente cuando van por la hostia, los mira atónito cuando se la comen… ¡se lo comen!, porque, claro, cree, sí, en todas las manifestaciones divinas y, en su fuero religioso, no puede dejar de ver en este comerse a Cristo un acto de barbarie, más que un acto de fe.
Como ha desoído los reclamos, lo encaran.
—¿Por qué no comulgáis? ¿No creéis en Dios? —le interroga un padre.
Permanece en silencio.
—Si no os adaptáis a nuestras costumbres no podréis seguir estudiando. Perderéis todos los privilegios e inmediatamente las leyes indianas os serán aplicadas. Iréis a cosechar yerba. Y no os será permitido volver o arrepentiros. Id a pensarlo bien.
Otra vez Simón lo aconseja.
—¿Qué es lo que quieres? ¡Renuncia a todo si no aguantas!, y si no, finge. Finge como todo el mundo finge algo porque le conviene. Tú no piensas en tu conveniencia.
—¿Cómo pueden soportar esta vida?
—Se aprende.
Pero algo sucedió, poco después, que lo libró de soportar aquello, y que giraría el sentido de todas las cosas para él.
Tres compañeros de clase que solían mirarlo con inquina, lo invitaron a salir el fin de semana. No se negó porque se le ocurrió que podrían fastidiarlo más si se negaba. Sabía que tenía que desconfiar, ya que nunca antes le habían dado una prueba mínima de simpatía; por lo contrario, eran de los que solían burlarse a sus espaldas.
Lo llevaron a una pulpería en las afueras de la ciudad. Fingió tomar más de la cuenta cuando ellos tomaron hasta el desborde. Fingió llevarles el apunte y reírse cuando se les soltó la lengua y lo fueron tratando de bruto, de salvaje; fingió festejar cuando empezaron a hacer chistes sobre su piel cobriza, sobre sus modales torpes, cuando imitaron sus gestos y se burlaron de su gente a cara descubierta. Contaron sus gracias como si fuera un mono y, poco a poco, se empezó a unir a la alegre jarana el resto de los presentes. Hasta que alguien decidió como chiste, volcarle en la cabeza un tacho lleno de orín.
¿Qué hizo él? Suavemente se levantó de la mesa. Sonreía, y le sonrieron también. Sin apuros, se sacó la camisa empapada y la echó al suelo. Se quedó solo con el pantalón. Le gritaron enardecidos como en un espectáculo de circo cuando lo vieron lleno de tatuajes y cicatrices. Lo aplaudieron como si hubiera hecho una gracia más, y él les sonrió agradecido. Del morral que llevaba, extrajo un itaizá, un hacha de piedra. Sonrió cínicamente, y con la agilidad salvaje de un puma, tajeó a todo el que no pudo salir corriendo despavorido.
Llegado a este punto entendió que lo había perdido todo.
Irina Ráfols es una autora uruguaya. Su obra comprende entre otros, las colecciones de cuentos Cuadros parlantes (2015), Cuentos para vivirlos (2022) y Encuentros cercanos (2024); así como las novelas El Hombre Víbora (2013) y Hernandarias (parte I, 2025). Es licenciada en letras. Dirige talleres de escritura creativa, y fue Coordinadora de la Academia literaria de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, ciudad donde reside.


