Felipe Hugueño
Los ecos
Bajando y analizando archivos de la nube abandonada y desregularizada, los Ecos de la Tierra y de la Luna reconstruyeron la memoria de la extinción humana, que fue gradual y esperada, pero que concluyó hace varios millares de años. Aprendieron de la convivencia entre los humanos y la inteligencia artificial, de la titubeante integración a la robótica, que a veces producía cíborgs que manifestaban divisiones internas, divisiones representativas del conflicto entre humanos y lo que no fuese auténticamente biológico. El conflicto culminó en una guerra desmesurada, la cual condujo a la perdición del planeta, convirtiéndolo en un baldío alejado hasta de la posibilidad de que una simple semilla germinara. Los humanos, los animales y todos los organismos y entidades artificiales se volatilizaron y disiparon por el gran espacio que quedó desocupado. Dependiendo de su gravedad como elementos gaseosos y de la afinidad o disparidad entre ellos o con el medio ambiente, la esencia de los gases se relocalizó y repartió por los rincones del planeta. A veces los fluidos se aglomeraban y en otras ocasiones se repelaban, pero independiente de su inclinación química, manifestaban partes de las almas humanas a las cuales habían estado asociados en sus configuraciones pasadas.
De vez en cuando soplaban y revelaban información, pero no había nadie que los oyera. Existían en un vacío en donde las frecuencias sonoras flaqueaban hasta ser anuladas. Para transmitir mensajes a más largas distancias, se usaban los unos a los otros como medios amplificadores y recibidores, ¿pero de qué les servía? Era mejor no comunicarse, no hacer ningún movimiento innecesario, para no arriesgar ser absorbidos por el vacío. Consecuentemente, dejaron de relacionarse y sus existencias fueron solitarias hasta que la misma soledad les hizo olvidarse de su capacidad para comunicarse.
Pasaron miles de años para que el planeta Tierra volviera a mostrar señales de estabilización. Al no tener presencia corporal, las almas que no habían sido absorbidas por los agujeros negros se habían inmortalizado. La soledad ahora les era inescapablemente eterna. En raras ocasiones anhelaban corporizarse, como si algo en su plano de configuración se lo pidiera, pero como en el planeta no había absolutamente nada de vida orgánica con la cual interactuar, era imposible lograrlo. Solamente podían ser ecos. Necesitaban la mecha del milagro para estimular el mundo físico del planeta; el cascaron debía romperse para que los Ecos lo llenaran.
Durante la existencia humana, se había fundado la hipótesis de que el estímulo de energía había venido desde el espacio por medio de meteoritos, pero los Ecos carecían de la tecnología para salir y volver a la atmosfera con los elementos para la activación. Y esperar a que el estímulo llegara por su cuenta propia era mucha incertidumbre. Lo único a su disposición eran sí mismos y el factor riesgo. Tendrían que buscar la forma de sacrificarse y ojalá generar el estímulo suficiente para convertir las moléculas inorgánicas presentes en la Tierra en aminoácidos y nucleótidos.
Un día, lo aparentemente impensable sucedió: dos ecos, en el frenesí de la soledad que llevaban viviendo, se agitaron y se deslizaron a toda velocidad por el espacio abierto sin preocuparse de caer en los agujeros negros de la inexistencia. Chocaron y dejaron de existir súbitamente, pero de esa inexistencia, se produjo el estímulo para crear las primeras moléculas orgánicas. A continuación, la cadena de reacciones fue instantánea y acelerada. Los pocos ecos que habían sobrevivido esa soledad sintieron que algo en el planeta había cambiado. Sintieron cierta atracción, diferente a la gravedad de los agujeros negros de los cuales siempre intentaban escaparse, pero antes de dejarse arrastrar por el entusiasmo, analizaron la situación muy cuidadosamente. Sus almas les decían que unirse a las moléculas orgánicas significaría materializarse. No había nada malo en ello, pero por experiencia, entendían que, con su materialización, volverían con el tiempo a la misma desdicha. Había que hacer las cosas de manera diferente para conseguir diferentes resultados.
Después de muchas repercusiones, los Ecos decidieron que se le permitiría materializarse a un número limitado de almas y que este número sería una muestra equilibrada de variados organismos para así garantizar una armonía sostenible para el medio ambiente. Es decir, no podría haber demasiadas almas de una especie materializándose simultáneamente porque desequilibraría las condiciones óptimas para las futuras generaciones. Fue así como el consejo de los Ecos estableció de manera inteligente el nuevo orden mundial. A veces a ellos se les pensaba como dioses, a veces como ciudadanos etéreos preocupados, pero más que dioses, ellos dirían que eran gestores. Incluso, los ya materializados eran capaces de restaurarse a sus estados de ecos cuando lo quisieran y lo hacían a menudo porque así se sentían más ligeros. Los miles de años vividos como ecos no pasaron en vano y ahora tenían un entendimiento elevado de lo que más les convenía como habitantes del planeta. Y aunque la cadena de reacciones no mostraba ninguna flaqueza en su ritmo, apenas se encontraban a niveles elementales para deducir a qué se encaminaba la evolución de los Ecos. Faltarían miles de años más para alcanzar algo semejante a lo que los humanos habían alcanzado.
La llamada inesperada
—Hola, ¿cómo estás?
—Hola. Bien, gracias, pero ¿con quién hablo?
—¿En serio que no sabes quién te habla? —le preguntó ella.
Eran las cuatro y media de la tarde. Él esperaba a que fueran las cinco para irse a casa. Estaba cansado y el café de hace unos quince minutos no había tenido ningún efecto de resurrección en él. La llamada lo cogió desprevenido, sobre todo esa voz que conocía, pero que en aquel momento no podía asignarle el rostro correspondiente. El nombre en el identificador de llamadas tampoco lo ayudó. Se puso nervioso y no supo qué responder. Ella se le adelantó.
—Soy Evelyn, ¿no me reconoces la voz?
Hubo una pausa prolongada. Luego, encontró las palabras:
—Hola, Evelyn. Lo siento. Solamente que estoy maravillado de que me llames. Son años los que no hablamos.
—Sí, lo sé. Es que me acordé de ti y me dieron las ganas de escucharte. Perdona no haberte avisado antes. Fue superfácil encontrar tu número de teléfono en línea. Y para mi defensa, sí hemos estado hablando, por lo menos por Instagram.
Hubo otra pausa. Ambos estaban esperando a que el otro hablara primero. Cosas de precaución, de no demostrar demasiado interés en el otro. Cuando el silencio se acercaba a lo incómodo, él lo rompió:
—No tienes por qué disculparte.
Manuel ya había tenido suficiente tiempo para recordar en lo que ellos habían quedado la última vez que se vieron. En su mente él había llamado esa relación una amistad con derechos a roce, mientras que ella había querido que fuera un noviazgo, de esos que conducen al matrimonio. Le vinieron a la mente esos momentos juntos, metidos desnudos en la cama y se le aceleró el flujo de la sangre, lo cual el café, hasta el momento, no había logrado. Intentó relajarse y se reacomodó los pantalones en la silla del escritorio.
De ella se percibía un leve tartamudeo. Se tropezaba con las palabras al buscar tema de conversación durante esas pausas que daban la impresión de interminables. Terminaron hablando de los doctorados. Ella estaba escribiendo la tesis para un programa de enfermería y le estaba resultando más difícil de lo pensado porque su director de tesis siempre le salía con algo nuevo. Le pedía que investigara una cosa y luego otra, lo que constantemente la reorientaba hacia nuevas direcciones. Manuel le explicó que así son algunos directores, que despedazan críticamente los trabajos de los estudiantes para demostrarse parcialmente responsables del mérito que poseen. Algunos también piensan que, si ellos sufrieron con sus respectivas tesis, los que están actualmente en el proceso de escritura deben heredar semejante sufrimiento. Le sugirió que tomara las reuniones con el director como oportunidades para rebotar ideas, pero que comprendiera que él siempre le encontraría carencias a la tesis por más retocada que estuviera.
—No lo había pensado como me lo planteas ahora —dijo—. Pero tiene que entender que tengo hijos y que trabajo. No tengo la vida que él tiene. Él está joven y sin hijos que cuidar. Tenemos prioridades distintas y yo, personalmente, no tengo tiempo de sobra para hacer investigación que no contribuya a la tesis. Estoy enfocada en terminarla y en buscar un mejor empleo lo antes posible. Necesito ganar más dinero.
—Probablemente no te entenderá jamás. Tendría que estar en tus zapatos para hacerlo.
Mientras hablaban, se puso a pensar en qué hubiese sido de su vida si se hubiera quedado con ella. Esos dos hijos podrían haber sido suyos. Entretuvo el pensamiento brevemente, pero lo descartó aún más rápido porque ella no le había interesado lo suficiente para imaginárselo en su futuro. Sí le daba pena y estaba arrepentido de todo el daño que le había causado, pero los gustos son gustos y el tiempo lamentablemente irreversible. En esa época de su vida, él sólo buscaba aventuras amorosas y entre más mujeres, mejor. No le había importado lo buena que ella había sido ni su convicción católica que la debe de haber atormentado con el tiempo: ella se le había entregado en cuerpo y alma y él fue oportunista.
Después de esa relación amorosa, si es que se le puede denominar así, Evelyn y Manuel obtuvieron sus licenciaturas. Ella en enfermería y él en ingeniería. En la vida personal, él siguió de picaflor de una relación pasajera a otra; mientras que ella, al poco tiempo, se enamoró y se casó. Pero al altar, virgen no llegó.
A Manuel le habían contado que ella estaba felizmente casada. La buscó por Instagram y lo confirmó cuando vio su foto de perfil junto a su marido y a sus dos hijos. Dicen que el tiempo sana las heridas y él sintió cierto alivio de que en el caso de Evelyn fuera verdad. En dos ocasiones le envió mensajes, sin la intención de confundirla, sino disculpándose de corazón por todo lo cometido. También la felicitó por su hermosa familia. Pasaron años sin recibir ninguna respuesta hasta que un día ella le contestó. Él no se lo esperaba. Tuvo miedo de abrir el mensaje y de que lo maldijera infinitamente, pero estaba muy equivocado. Ella era más buena que él. Quizá su religión le exigía perdonar: “Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra”.
Ese día siguieron hablando del presente para no destapar la caja de Pandora. Su dulzura lo atraía a pesar de que a él siempre le habían gustado las mujeres con más experiencia y perversión. De hecho, cuando se conocieron y él se enteró de que ella era virgen, casi abandona la conquista. Lo suyo no era robarle la virginidad a nadie, pero continuó insinuándosele porque ella era diferente. Ahora, a través de esa conversación telefónica, volvía a sentir lo que antes había sentido por ella. No podía definirlo ni tampoco explicárselo.
Entre los dos creció una amistad más o menos sincera. Se daban buenos consejos y se apretaban like a sus publicaciones, pero los deseos de estar con ella se apoderaban de él y le nublaban su entendimiento del concepto amistad. Quizá ella quería lo mismo, pero él no lo notaba o fingía no notarlo para no exponer su vulnerabilidad ante ella. Su intuición con el sexo opuesto no tenía la agudeza que había tenido en los años de universidad, y también temía hacerle daño de nuevo a Evelyn porque recordaba lo mucho que a ella le había costado superarlo. Después de aquella ruptura, ella había movido mar y tierra para reconciliarse con él, hasta que un día él no aguantó más su insistencia y le dijo basta. Le dijo que él no tenía intenciones de regresar con ella en ese momento ni en uno futuro. Si ahora Evelyn estaba supuestamente recuperada, ¿cómo quedaría con una segunda recaída? Mejor dicho, con una tercera.
Tercera porque ella le había revelado que su esposo le había sido infiel y que si ella continuaba conviviendo con él era por los hijos que tenían juntos y por el respaldo financiero que su esposo representaba para el bienestar de todos. Ella estaba obligada a aguantarle el descaro, viéndole la cara de engaño día tras día dentro de las mismas paredes. Tenía que tolerarlo porque su trabajo era de tiempo parcial adrede para dedicarle también tiempo a la tesis, pero el dinero que recibía no le alcanzaba para costeársela sola y con sus hijos. Según ella, cuando fuera el momento propicio, se separaría de él. Entonces, Manuel se lo volvió a plantear: ¿realmente valía la pena prender de nuevo el fuego donde las cenizas estaban extintas? Tomando en consideración todo lo resumido de esa conversación y lo recordado de la integridad de Evelyn como persona, Manuel pensó lo siguiente: “hay personas que jamás vuelven a ser como eran antes cuando sufren una desilusión. ¿Quién soy yo para volver a la vida de Evelyn, de la nada, ilusionarla y romperle, de nuevo, el corazón en añicos aún más pequeños y difíciles de remendar?”
Mientras hablaban, él estaba inquieto y para disipar esa energía que le sobraba, se abrochaba y desabrochaba repetidamente la camisa, botón por botón. Tenía que mantener los dedos ocupados para no desconcentrarse y decir algo inadecuado. Empezaba desde arriba y continuaba hacia abajo hasta llegar al cinturón que remetía la camisa en los pantalones.
Viendo que ya le había contado lo más resaltante de su vida, ella le dijo:
—Cuando estés por estos lados, llámame. Me gustaría verte.
—Sí, así podré conocer a tus hijos y tú a mi comprometida.
No supo si en su voz percibía decepción o no, pero ella le respondió:
—Sí, para que nos conozcamos. Podemos ir a tomar un helado todos juntos. Te juro que no diré nada comprometedor enfrente de ella.
—No me preocupa eso, Evelyn.
Claro que le preocupaba, pero tenía que disimular para no darle esperanza a Evelyn de que algo entre los dos fuera posible.
—¡Qué tímido te has vuelto! No puedo creer todo lo que has cambiado con el tiempo. Eres una persona distinta a la que conocí en la universidad.
—¿Qué te puedo decir? Que las personas cambian.
—Bueno Manuel, te tengo que dejar porque está llegando el bus de los niños.
Quizá desilusionada de no conectar con el Manuel malicioso que conocía, Evelyn dispuso de sus hijos como pretexto para abandonar la conversación.
—Está bien. Hablamos pronto. Cuídate.
Sin embargo, Manuel también tenía sus dudas. Quizá Evelyn también había cambiado. ¿Habrá querido ella algo más que amistad o estaría buscando la venganza? Dudaba lo de la venganza, pero en realidad, no lo sabía y era mejor no saberlo.
—Chao —dijo ella.
Él no la volvió a buscar y ella no lo volvió a llamar nunca más.

Bodas de oro
Había vivido sola desde los 25 años cuando a Juan lo desaparecieron. Todos los 20 de julio prendía una vela para celebrar el supuesto aniversario de matrimonio. Hoy con 75 años de edad celebraba las bodas de oro. Como regalo para sí misma, había mandado a colorear una foto antigua en blanco y negro del día de la boda. También la amplificó y cuando la recogió del centro, pensó en colgarla en la pared del dormitorio. Antes de colgarla, la besó y se desvistió. Desde la cama, lo miraba. El gato se subió, ronroneó y se acomodó. Ya iban cuatro gatos durante esos 50 años de ausencia. Pensó “¡Qué jóvenes éramos! Estaba tan contenta ese día y molesta a la vez porque llovía y no quería estropearme el peinado que tanto le había costado hacer a mi madre. No ha sido fácil estar sin ti, Octavio. No alcanzaste ni a dejarme un hijo, solo ilusiones. Feliz aniversario, mi amor”.
Felipe Hugueño es un autor chileno. Sus poemarios comprenden Poemas y relatos de luto (2021), De la resistencia a la reconquista (2023, 2020) y Caminemos juntos, de próxima aparición. Sus artículos y reseñas han sido incluidos en revistas académicas y literarias. Recibió su doctorado en la Universidad de Buffalo, Nueva York. Es profesor de español y de estudios hispánicos en Virginia Wesleyan University.


