Cuatro relatos

Alfredo Camejo
 
 
 

Relato 164

 

Me acerco al borde de la calzada en un último intento por cruzarla, mi pie pisa algo blando que no es la esperada dureza del asfalto. Me sorprendo porque estoy en la ciudad, en la solidez de la ciudad. Un segundo paso, el pie se hunde en la floja consistencia del lodo. Me doy cuenta de que es un sembradío inundado lo que piso, me doy cuenta de que no es la ciudad bajo mis pasos, sino más bien el campo, que no son calles sino árboles. No cruzo calles sino ríos, no cruzo el presente sino el pasado siempre bajo la misma lluvia. Siempre en el mismo sitio.

 

Relato 167

 

PM, había compartido primaria conmigo en un colegio de La Florida que hoy es una funeraria de la avenida Los Jabillos. A veces regresábamos a nuestras casas por la misma ruta hacia la avenida Las Palmas, íbamos subiendo por Las Acacias hasta llegar a Los Geranios, en esta zona todas las calles tienen nombre del árbol que sembraron en sus aceras los urbanizadores. A esa hora el sol proyectaba la sombra de esos árboles sobre el asfalto, sobre nuestras caras, que iban cambiando de silueta según la especie vegetal que atravesábamos. PM seguía luego por Los Apamates mientras yo cruzaba hacia Las Palmas en dirección a la avenida Quito, allí los nombres de calles se convertían en nombre de capitales. En la próxima esquina entraba a mi casa y PM continuaba por una calle ciega rematada por una redoma con la casa de PM al final.

 

A PM lo espero hoy en un club de Playa donde vive. Contemplo el mar calmo a mi derecha, el sol brilla, igual al del patio del colegio, pero la sombra no es de árboles frondosos sino de la techumbre erizada de paja de una churuata. PM llega con su paso tímido de siempre, lo identifico por la forma ovalada de su rostro, trato de recobrar sus facciones. Pienso en segundos. Han pasado 75 años.

 

Relato 189

 

Su cara asiática redonda proyecta una sencillez expresiva aunque estática. Llegan en pareja, se sitúan diagonal a mi visión, conversan en silencio como los orientales saben hacerlo. Sus gestos son delicados, discretos, lentos. Apenas se mueven describiendo pequeñas alteraciones en sus ojos. Veo a la mujer, la tengo enfrente, su mirada está fija, clavada en su pareja, de la que solo veo la parte posterior de la cabeza, el ángulo me oculta la frente. Siguen moviendo ligeramente los labios. De pronto los achinados ojos de la mujer se tornan en expresión dolorosa, se llenan de lágrimas, su mirada pierde consistencia se deshace e internaliza. El hombre le extiende una servilleta, ella enjuga el llanto. La cara se contrae. No sé qué palabras se dicen pero provocan que ella ahora suba el abrigo desde sus piernas. Toma el abrigo, lo acerca a su cara. No quiere que sepan que llora abiertamente. Con la emoción contenida, abandona a la pareja que ya la había abandonado antes. Buda habrá evitado un escándalo.

 

 

Relato 190

 
Le hablaría de la distancia a la que volaría el avión.
Ella vivía varios kilómetros debajo de donde pasaría el jet.
Sería de noche, le diría que pensaría mucho al atravesar el mar.
En las sombras algún bombillo alumbraría su habitación.
Desde la ventanilla del avión seguro vería esa luz brillando.
Creería que la abrazaba, soñaría con tocar sus mejillas sin decidir
una caricia definida, como si solicitara permiso para que los labios
apenas se rozaran.
Un poco más adelante el avión entraba en turbulencia.
Vibró al alcanzar la costa opuesta.
La luz en el bombillo se apagaba, la luna casi llena buscaba
colocar su disco en la ventanilla de un avión en franca pérdida.
 
 
 

Alfredo Camejo es un autor venezolano. Sus libros incluyen A Bordo la Mirada (2000) y Tan Lejos como Aquí (2005). Sus textos han sido publicados en diversos periódicos y revistas de Latinoamérica y Estados Unidos. Es arquitecto graduado de la Universidad Central de Venezuela y doctor en urbanismo por la Universidad París XII. Reside en Caracas.