Lilianne Lugo Herrera
Presentación
El otro como paliativo: las sobrevidas del exilio.
1. El doble y su teatro
En El teatro y su doble, Antonin Artaud considera que el teatro occidental ha dejado de lado lo puramente teatral —tan ligado a los sentidos, para darle primacía a la palabra, lo que le parece una forma decadente y muerta de la teatralidad. “La verdadera poesía es metafísica” y el lenguaje debe funcionar como un “encantamiento.” Artaud propone que el teatro vuelva a lo religioso y místico (49-52). Según su concepción, el teatro debe ser considerado un Doble, pero no de “esa realidad cotidiana y directa,” sino de un algo más allá, un eco de lo místico, una sensibilidad fuera de las manías de ciertas épocas y las neurosis que nos acompañan (55). ¿Puede aún el teatro ser eso? ¿Puede escaparse de lo chato de la realidad y de la simple imitación de la vida? ¿Pueden aún las palabras funcionar como un encantamiento, en la era de Chat GPT?
Artaud estaba fascinado con el teatro balinés y con ciertas culturas premodernas que le parecían más cercanas en su vitalidad a lo que él pretendía fuera la experiencia teatral. De muchas maneras, idealizaba realidades que no conocía del todo. Mi acercamiento a la teatralidad y el valor del texto teatral, en realidad, viene de la insatisfacción de muchos dramaturgos de mi generación —una generación escindida y hasta cierto punto truncada por el éxodo masivo de Cuba— con los límites del teatro realista y sus múltiples máscaras contemporáneas. Cuando vivíamos en la isla nos parecía que gran parte del teatro que se producía no lograba captar, por una parte, la poesía del lenguaje que sí podía tener el teatro, y por otra era demasiado literal en sus enfoques, demasiado ilustrativo. En esas búsquedas estéticas iniciamos nuestras carreras, hicimos nuestras primeras obras… y luego pasó el exilio.
La Habana a principios de los 2000, a pesar de todas las carencias materiales y políticas, permitía estar al tanto de mucho de lo que ocurría en el mundo en materia teatral: el Festival Internacional de Teatro de La Habana y Mayo Teatral mostraban el quehacer internacional y latinoamericano, pero además existían las Semanas de Teatro Alemán, Noruego y Polaco, con puestas en escena y lecturas dramatizadas. Fueron los años cuando por primera vez se publicaban en Cuba las obras de dramaturgos cubanos que vivían fuera de la isla, entre ellos María Irene Fornés, Pedro Monge, Caridad Svich, Dolores Prida, Matías Montes Huidobro, y Jorge Ignacio Cortiñas, por solo citar algunos. Llegaban visiones dramáticas que nos hacían pensar en un teatro cubano que pudiera dialogar con muchos de esos referentes, a la vez que crear un tipo de discurso que interrogara la realidad, sin retratarla.
Pero en 2014 me convertí en otra escritora cubana fuera de Cuba, intentando sobrevivir en otra lengua, otra cultura, y donde la escritura teatral difícilmente podía ser el centro de la vida. Llegó el trabajo: la máquina de producir billable hours. Aún hoy, después de un doctorado y en una posición académica, no logro conciliar mi trabajo creativo con la práctica docente. Las universidades norteamericanas están muy marcadas por divisiones disciplinarias, y en muchos casos, ideas arbitrarias y desfasadas sobre lo que se supone sea la práctica investigativa de los profesores universitarios. Zizek en el pantano explora un poco esta dicotomía. Elsa, una profesora a punto de retirarse, se cuestiona su legado: ¿para qué sirven los libros publicados?, ¿son esas palabras las que realmente quiere dejar tras de sí? Elsa se da cuenta de que ha pasado casi toda su vida enfrascada en tareas que parecían de gran importancia, pero que realmente nunca la llenaron espiritualmente. A través de ella y la relación con su hija, con Pablo y con Ismael, exploro también lo que es la ciudad de Miami y el encuentro/desencuentro de los exilios, las diásporas, así como las obsesiones y los amores que producen las ciudades y espacios que habitamos.
Así que he estado pensando en la idea del doble, en las bifurcaciones y repeticiones, no solo desde lo estético del teatro y su relación con la vida, con la realidad, o con lo místico, sino también en las muchas formas que lo doble, lo múltiple, lo fractal, aparecen en mi obra Zizek en el pantano, y en mi vida. He pensado en las cajitas/definiciones que nos creamos para ser comprendidos, o en las que nos ponen para ser socialmente legibles. He pensado en la doble vida de la escritura académica y la “creativa”. Pero he pensado, sobre todo, en la migración como una doble vida. En su poema “Definición,” Lourdes Casal escribe que vivir en el exilio implica que “no exist[a] casa alguna/ en la que hayamos sido niños”. En el exilio todas las memorias tienen un antes y un después, y ser uno mismo es siempre ser otro. Ser el que sobrevive, el que habla inglés, el que se adapta, el que cambia siempre, el que sueña con casas y calles donde ya no vive.
2. Tan Miamense
Estrenada en Miami en febrero de 2023, después de ganar el Premio As Miamense as Possible, Zizek en el pantano fue dirigida por Boris Villar, y contó con la actuación de Maribel Barrios (Elsa), Gabriela Griffith (Alicia) y Leandro Cáceres (Pablo). La música fue de Héctor Tellez Jr. Creado por Antiheroes Project y auspiciado por la Knight Foundation a través de su Knight Arts Challenge, As Miamense as Possible incluyó un premio de dramaturgia y la financiación de la puesta en escena, así como la publicidad para el espectáculo y el uso del teatro del Koubek Center para las presentaciones.
El ecosistema cultural de Miami es, en mi opinión, único en Estados Unidos, y el festival proponía privilegiar esa especificidad cultural y social de la ciudad. Según el censo de 2020, más del 50% de la población de Miami-Dade County nació fuera de los Estados Unidos, y cerca de un 70 % se identifica como hispano o latino. Un 75% reportó hablar otro idioma además del inglés en casa. No es sorprendente, entonces, la existencia de un público ávido de consumir entretenimiento en español, pero, sobre todo, de sentirse aludido por dicho contenido, de ver retratada de alguna manera su realidad. Pero, a mi juicio, las realidades más conmovedoras a veces escapan al modelo de la representación realista: con sus diálogos bien hechos, personajes con clarísimos objetivos y estructuras perfectamente aristotélicas. Desde hace años, y tal vez marcada por las influencias de mi generación, vengo experimentando con el uso del monólogo. Creo que las posibilidades expresivas del monólogo son muy efectivas, pero al mismo tiempo de las cosas más difíciles de lograr orgánicamente en escena. En el montaje de Boris Villar, por ejemplo, los monólogos de Pablo, dado que Leandro Cáceres es humorista, tenían mucho más exagerada la veta del humor y uno de ellos se hizo en clave stand-up comedy. Y esta es la riqueza del trabajo del director y los actores, lo que uno escribe no tiene que ser miméticamente representado y muchísimo menos respetado. En sus textos, Maribel Barrios experimentaba con las posibilidades expresivas de la voz, mientras Gabriela Griffith jugaba con su experiencia corporal de la práctica del yoga, y con la inmovilidad y dificultad de mover el cuerpo debido al peso del vestuario diseñado por Celia Ledón. Para la puesta en escena, y debido a dificultades de producción, Boris tuvo que adaptar el texto original y al final el cuerpo físico de Ismael no aparecía en el escenario. Además, Boris usó proyecciones de video que ayudaban al espectador a crear otros sentidos en la obra, sobre todo con respecto a las ideas de Zizek y su relación con los personajes.
Los espacios que recrea la obra son muy típicos de la vida suburbana de Miami: Home Depot, un gimnasio, los miles de parqueos en shopping centers y una venta de garaje, pero también me interesaba explorar el espacio de lo digital: llamadas, correos, mensajes de texto. Y es que la vida se ha convertido en un espacio mediado por la tecnología donde no hay un afuera. Todo está marcado por nuestra interacción con ciertos objetos o productos digitales, y tampoco hay que verlo desde una perspectiva catastrófica. Como todo, tiene sus partes buenas y malas, pero en definitiva la tecnología sí genera nuevas formas de conexión con el otro, y con uno mismo, y el teatro necesita reflejar eso—o al menos a mí me interesa mostrar esa mediación.
Desde mi investigación académica he podido observar cómo la dramaturgia escrita por mujeres desde hace muchos años explora estas condiciones mediadas de la comunicación. Por solo citar un ejemplo, en Ton beau capitaine, Simone Schwartz-Bart utilizaba un casete para que el público escuchara la voz de un personaje que nunca aparece físicamente en escena, y que de esa forma hacía evidente la distancia física y emocional entre el protagonista, Wilnor, un inmigrante haitiano en Guadalupe, y Marie-Ange, su esposa, en Haití. Asimismo, muchísimas otras autoras han explorado la capacidad discursiva de medios analógicos y digitales para crear nuevas formas de conexión con la audiencia, otros modos de entender los conflictos por los que atraviesan los personajes, a la vez que reflejan las condiciones materiales y sociales en las que se desarrolla la acción. He ahí otro doble: el doble virtual, lo que somos sin la mediación presente del cuerpo.
3. El pantano
Siempre trato de incorporar en mis obras un componente teórico. En este caso, el título de la obra proviene de mis lecturas de algunos textos de Slavoj Zizek —inicialmente para una clase durante mis estudios de doctorado, pero luego me quedé pensando en ciertas ideas de Zizek, en particular acerca de la catástrofe ecológica a la que estamos abocados. Según Zizek, no podemos seguir proyectando hacia el futuro la posibilidad del desastre, sino que se impone asumir un ahora. La única forma de que los políticos verdaderamente tomen acción es asumir que el desastre ya está ocurriendo. Esta idea se convirtió en un motivo a lo largo de la obra, fundamentalmente a través del personaje de Elsa. El segundo término en el título, el pantano, alude a Miami como centro de la acción.
Me parecía que ninguna otra ciudad estaba tan al borde de un cambio existencial debido al cambio climático, y ninguna otra ignora esta posibilidad de una manera tan visceral. El ecosistema del Everglades —el río de hierba de Marjory Stoneman Douglas— se percibe desde la ciudad como la frontera siempre empujable, como un pantano infestado, cuando en realidad es la vida misma del sur de la Florida y la fuente principal de sus recursos naturales más imprescindibles, como el agua. Al comienzo de la obra, Pablo escucha a su amigo Rodrigo criticar el pantano que es Miami, para terminar diciendo: “El amor también es un pantano, huevón”. La vida como pantano, como ecosistema. En el fondo del pantano están todos esos sedimentos, la piedra caliza formada hace miles de años, con sus rocas incrustadas. Miami sobrevive en el Everglades y de espaldas a él.
La evidencia sugiere que las aguas subirán en un lugar de por sí muy bajo —la mayor parte de la ciudad apenas está a unos 6 pies por encima del nivel del mar, y al mismo tiempo, se hunde, debido a la fragilidad de la piedra caliza sobre la que está formada. Pero, cómo se le puede pedir un sentido de urgencia ante un fenómeno que aún parece lejano, a personas que luchan por sobrevivir día a día, con los traumas de los países que acaban de dejar. El exilio es siempre fresco, siempre parece que pasó ayer, y uno vuelve tan frecuentemente en sueños que cómo conciliar esos presentes continuos. Cómo enfocarse en el desastre futuro cuando solo se puede vivir en el presente.
Entrevistado acerca de su salida de Cuba, Reinaldo Arenas decía (y parafraseo) que se sentía aliviado, el alivio de quien se salva cuando su casa se está quemando. “La casa se quemó de todos modos y yo me salvé la vida, pero la casa se quemó” —insiste Arenas. Ese duelo no acaba nunca y es siempre una escisión, una herida, una marca. Ahora que ya no vivo en el pantano, ahora que la casa se quemó, habito también las nostalgias de otra vida perdida. Zizek en el pantano termina con una nota abierta, pero conciliatoria y de alguna manera puede considerarse un final feliz. Después de todo, mirarse en el otro es también un consuelo, un paliativo, una esperanza efímera, por supuesto, ¿pero qué no lo es?
Obras citadas:
Arenas, Reinaldo. “Interview with Reinaldo Arenas”. YouTube, subido por Sodascope, 28 de mayo de 2013, www.youtube.com/watch?v=KghJSV1Doo4.
Artaud, Antonin. El teatro y su doble. Traducido por Enrique Alonso y Francisco Abelenda, Edhasa, 1978.
Casal, Lourdes. Palabras juntan revolución. Casa de las Américas, 1981.
Schwarz-Bart, Simone. Ton beau capitaine. Éditions du Seuil, 1987.

Fotografías: Jorge Otiniano.
Personajes
ELSA. Profesora universitaria en edad de retiro.
ISMAEL. Tiene la edad de Elsa, pero luce mayor.
ALICIA. Hija de Elsa, alrededor de los 30.
PABLO. Alrededor de los 40.
ACTO ÚNICO
Escena [1]
(Interior de una tienda de Home Depot)
PABLO. Qué fea es Miami, huevón. Dice Rodrigo y lo repite: qué fea qué fea qué fea.
Rodrigo siempre está con la misma cantaleta. Repite la palabra huevón y la palabra fea muchas veces. Es una cosa podrida, un pantano, todas esas casitas burguesas e iguales, huevón. Eso no es una ciudad, es un horror, dice Rodrigo. No sé cómo te adaptas a ese pantano, huevón. Yo no podría con ese vapor, huevón.
Rodrigo, mi hermano, todo el mundo se queja de lo mismo, e igual termina por quedarse y por buscarle el silver lining a Miami, y a la vida, y hasta al amor, le digo.
El amor también es un pantano, huevón, dice Rodrigo y esta vez se ríe.
Sí…. un pantano lleno de mugre en el que uno sale sucio y mojado y a pesar de eso uno sigue revolcado en el mismo calor, en la misma incertidumbre de huracanes y calles sin salida. En repartos idénticos, en mercados idénticos, en idénticos shopping center con olor a aire acondicionado y desinfectante. Como si el pantano no existiera, como si se pudiera borrar el pantano lleno de bichos a golpe de hand sanitizer. Como si no estuviéramos llenos de pelos, como si todo pudiera afeitarse con cuchillas de cuatro hojas para que nada duela, para que no haya sangre, para que la realidad de la vida y de la ciudad se borre de un planazo, de un golpe de efecto, de un súbito calambre de placer. Pero no le digo eso a Rodrigo. Lo pienso después, en casa, mirando el techo. Respirando el aire acondicionado que hace retumbar las puertas cuando enciende. En ese momento solo le digo a Rodrigo: hermano, tengo que irme, me van a cerrar la tienda y tengo que pagar estas cosas. Porque Rodrigo casi nunca tiene nada que hacer, y me llama por teléfono y sigue hablando sin importarle nada. Pero hoy no tengo ganas de oírlo repetir, huevón, la misma cantaleta.
Escena [2]
(Parking de una tienda de Home Depot. Elsa habla rápido, gesticula, se nota en sus movimientos cierto desequilibrio.)
ELSA. Yo estaba en la oficina. Por eso vine. Porque me quedé sin scotch tape. Precinta. Pre-cinta. Antes de la cinta.
(Pausa corta.)
En el video, Slavoj Zizek está dando vueltas por un basurero mientras explica cómo tendemos a imaginar la vida, la naturaleza, como si fuera un mundo ordenado que el hombre ha interrumpido con su acción colonizadora, cuando en realidad lo que conocemos como historia de la humanidad es un continuo devenir de incidentes no necesariamente conectados, un desorden primigenio, una expansión sin sentido.
(Pausa corta.)
Yo dejé un salmón descongelándose en el fregadero.
En el paquete dice que fue capturado en el Atlántico, es decir que este salmón tuvo una vida… real, no una vida de estanque. Este fue un salmón que probablemente visitó ciudades; un salmón que tal vez yo misma vi saltar una vez en un canal de Seattle. Libre o de estanque, igual me comeré el pescado y todos los otros alimentos que no sé de dónde vienen. Igual voy a abrir mi teléfono y pasarme cuatro o cinco horas pegada a él, intentando comprender, organizar, estudiar, trabajar e incluso, tal vez, hacerme feliz. Igual voy a saltar de aplicación en aplicación y a preguntarle a Siri cuántas patas tiene el gato una, dos, tres o cuatro. Y Siri educadamente me responderá I don’t understand Elsa, porque Siri nunca entiende nada.
Hace dos días recogí los trabajos de mis alumnos al final de la clase. Una tarea simple, un comentario de dos páginas sobre una novela. Reviso el primer trabajo del paquete. Un par de oraciones rebuscadas, términos que no hemos dado en clase. Una complejidad que no se corresponde con esta alumna. Algo no encaja en la tarea de esta niña. Googleo un par de oraciones, y ahí estaba su ensayo, íntegro, en internet. Y yo me encabrono tanto con esta chiquita, que inmediatamente le mando un correo y le digo que tiene que venir a verme: asap: urgente. Ella respondió unas horas después, en la noche, diciendo que vendría hoy a mi oficina. Y vino, a mentirme. Y yo voy a donde está el jefe del programa y le digo que voy a suspenderla. Y él me mira con cara de susto y dice bueno, sí, claro, ¿está segura de que es plagio? Y yo me pregunto, ¿a este papanatas quién lo puso aquí, quién se cree que es? ¿Piensa que soy imbécil? Teme una demanda, se pasan la vida poniéndole el miedo a una en la garganta. La ecología del miedo dice Zizek. Y yo me canso de toda esta hipocresía, de toda la corrección y las cláusulas y los contratos y vuelvo a la oficina y me quedo mirando el cristal. Afuera hay sol, como siempre. Afuera la fuente está limpia y el patio limpio, y no hay ni una hoja porque todo tiene que estar perfecto aquí dentro, como si nada pasara afuera. Y siento que me he pasado la vida en una burbuja, como si nada fuera real, siempre saltando de una cosa a la otra a la otra…
Miro mis libros, mis fotos, mis diplomas, y me quedo así buscando dónde estoy yo, lo que he sido, lo que soy. A quién le hago falta. Tengo sesenta y nueve años: cinco libros publicados, decenas de artículos y conferencias. Y aún así. Le mandé el correo al decano. Le dije que terminaría el semestre, pero que ya, que era el último. Recogí la cartera y me fui para mi casa y me tomé una botella de vino… mirando las paredes… Ni contenta ni triste, ni sola, solo anestesiada. Sin desear y sin temer. Quise arreglar los cuadros en la pared, cambiarlos, romper el orden, la simetría. Y se me rompió el cristal…y cuando miré en mi cajita de herramientas —plástica y transparente como sugiere Marie Kondo, no tenía precinta. Scotch tape. Ni scotch ni precinta. Ni vino ni pescado. Y ahí fue donde di marcha atrás y no lo vi, oficial. No vi.
Escena [3]
ALICIA. (Alicia se mueve frenéticamente. Está arreglándose en casa y al final de la escena saldrá, cerrando la puerta de un tirón.) Me levanté con malhumor. Tenía sangre entre las piernas. Dormí mal. Otra vez soñando basuras. Leandro estaba durmiendo todavía pero con el ruido del agua y un par de veces que tiré la puerta logré despertarlo. A pesar de todo eso me sonrió y me dijo: mi reina, ¿quieres que vayamos a desayunar? Sonrío, le digo, no, perdona, tengo que irme ya. ¿Quieres jugo de naranja? Se me queda mirando, no me queda claro qué cojones me mira pero me mira. Finalmente se viste, se pone los zapatos y escribe algo en la pared. Cuando me doy cuenta de esto último ya casi está en la puerta. Yo me estoy maquillando en el baño, de frente al espejo, de espaldas al cuarto y por ende a él. Pero a través del espejo veo que él está yéndose y me digo: tienes que despedirlo, no hay por qué ser tan grosera.
Ahí te dejé mi número, para cuando estés acostada lo veas y ver si así te acuerdas de mí.
Miro el número, sonrío, por dentro explotando de rabia de que además me raye la pared, pero le deseo un buen día. Cuídate, le digo. Y entro y finalmente me puedo tragar la falsa sonrisa y sentarme en la cama y pensar por qué coño la maquinaria del universo no puede detenerse un puto minuto a ver si yo acabo de entender algo.
Leandro tiene obsesión con los números. En la pared de su cocina los tiene pegados. Calcomanías con números. Series sin ningún significado aparente. Leandro tiene muchas cosas raras en su casa. Una pecera vacía, es decir sin agua, pero adentro tiene un crucifijo y una rana de peluche y un muñeco con cara de malo que dice que es su muerto guardián. A mí me da miedo la pecera y por eso no me gusta dormir en su casa y por eso le dije que viniera esta noche y por eso sigo cometiendo todos los errores de mi vida. Por mi fucking miedo a decir las cosas como son y hacer las cosas como debo y a darme cuenta de que tengo que de una vez y por todas hacerme responsable de mis mierdas.
Me emborraché. We fucked en la parte de atrás de un restaurante. Venía borracha. Medio borracha. Habíamos ido a la playa. Él tenía una botella de sangría en el carro. Me la metió ahí, en la arena, pero venía alguien y seguimos tocándonos en el carro hasta que llegamos al parqueo. Y después nos bajamos tan tranquilos y nos tomamos un café. Y nos reímos y nos burlamos de todos aquellos viejos emperifollados tomando café, todos esos viejos hablando español y creyéndose los dueños de Miami porque habían llegado primero.
Pero cuando me levanté hoy no me pareció tan divertido. Y mucho menos cuando me di cuenta que los 40 dólares que llevaba en la cartera habían desaparecido, y cuando me puse a rebobinar toda la noche y me di cuenta de que la casa a la que fuimos, la del supuesto tío donde él iba a dejar una carta, no era casa de ningún tío ni hubo tal carta, pero sí un paquetico que Leandro dejó olvidado en mi mesita de noche y por el cual me llamó minutos después. El muy hijo de puta. Pero ya estoy en el carro, le dije. Vas a tener que recogerlo otro día.
Escena [4]
(La escena está llena de muebles y objetos de todo tipo. Elsa camina por una casa donde están haciendo un Estate Sale. Ella recoge objetos, los deja luego, insegura. Vuelve a escoger cosas, etc.)
ELSA. Mira toda esta ropa de bebé, madre mía. Sesenta años de polvo en este pañal. Un hijo contigo. Una hija contigo. En esa época me daba igual uno que dos. Y luego la academia me fue mordiendo el deseo y te dije, quedémonos con Alicia nada más. Regalé casi toda su ropa de niña. Tú no quisiste conservar nada, mejor dársela a quien la necesite, dijiste. Donarla al Goodwill. Así que lo metí todo en un saco de basura y lo que mis amigas no quisieron se fue al Goodwill. Y del Goodwill seguramente al basurero. Todo finalmente va al basurero. Como mi ropa rota. Mi ropa usada. Mis sábanas con tu olor.
Hay que tener un poco de rabia para tirar las cosas sin pensar en ellas. Esta gente no quiere tirar nada, quieren sacarle dinero a la basura de su madre. La pobre vieja guardando las ropitas de los hijos que ellos mismos no quieren. Me lo dijo la que cobra. Tres dólares, señora. Todo lo que tiene los tags verdes vale tres dólares. Sí, la señora falleció y los hijos viven en Michigan, dijo.
(Pausa. Elsa mira los discos de vinil junto a un viejo tocadiscos.)
Todos estos años, todo este peso, la interminable carga de tus ojos y tus correos llenos de preguntas y demandas y llantos y noches y noches y a mí me da lo mismo porque lo real eran tus ojos y tus ojos son otros y tu boca es otra.
(Elsa mira a otra compradora, que lleva dos bolsas grandes.)
Hasta para comprar hace falta rabia, pienso. Mira a esta mujer con su cadena de oro y su anillo de casada, que seguramente ha dejado a los niños en la escuela y ahora piensa que debe recogerlos a las tres de la tarde. Quién viene a comprar porquerías un jueves en Miami. Quién sino una vieja retirada y un par de madres amas de casa.
Ayer me soñé encima de tu cuerpo. Hoy te vi caminar con otros pies delante mío, en la biblioteca, cuando fui a devolver mis últimos libros. Ayer quería caerme. Quería flotar, quería tu cuerpo agarrándome a la tierra. No me siento los dedos. Te sueño otra vez, me repito. Yo sé de las distancias que te duelen cada domingo, de la picazón lunes y los codos rojos. Yo sé de tu miedo antes de dormir, tu complejo de Aquiles, tus piernas perfectas.
Mamá, mamá, la voz de Alicia me despierta. Mamá, mamá. Y ahora es su cara sin cuerpo en el piso del parking de Home Depot y la risa del policía. Y la cara de Alicia que sigue diciendo mamá, mamá. Doy un brinco y finalmente respiro. Tengo el pelo empapado. Me doy cuenta de que Alicia me ha llamado cuatro veces. Le devuelvo la llamada. Hija, dime, estaba dormida. Dice que su padre la ha invitado a que lo visite en Nebraska. Pero que ella no va a ir, que está ocupada, que Leandro le dijo no sé qué y el otro más cuanto. Y yo no sé quién es Leandro ni quién es el otro. Casualmente soñé con tu padre, le dije. Y contigo. En vez del perro en el shopping center era tu cabeza. Ay mamá, dice ella. Y me vuelve a hablar del padre. De ti. Qué manía.
Escena [5]
(Bar)
ISMAEL. ¿Y esa cara?
ELSA. Se me había olvidado lo que era estar feliz.
ISMAEL. Antes me restregabas tu felicidad como un jabón. Era como si me obligaras a ser tú de tanta alegría. Me daba rabia.
ELSA. Ya sé. Me decías que era demasiado intensa. Y lo era.
ISMAEL. Andabas predicando la felicidad. Como si la gente no tuviera derecho al sufrimiento.
ELSA. ¿Y lo tienen? Yo no creo que sea un derecho a respetar. Hoy menos que menos. Uno debería tener licencia para romperle la cara a la gente que sufre.
(Ismael se ríe.)
ISMAEL. ¿Ves?
ELSA. ¿Qué?
ISMAEL. Hace un rato estabas proclamando el derecho de cada quien de hacer con su vida lo que le saliera del bollo. Y estoy citando textualmente.
(Elsa se ríe también. Mueve la cabeza como diciéndole que no a un pensamiento.)
ISMAEL. ¿Qué?
ELSA. Hacía mucho que no decía nada tan radical.
ISMAEL. ¿Entonces te pones radical solo cuando eres feliz?
ELSA. Claro. El que sufre lo comprende todo.
ISMAEL. El que sufre es un egoísta. Cree que nadie sufre más que él en el mundo.
ELSA. No. Bueno, a veces sí. Te concedo eso… en un cincuenta por ciento. Pero el que sufre también sabe entender cuando otro sufre y no va a sermonearlo en cómo sufrir mejor. Al menos el que lo hace honestamente.
ISMAEL. ¿Cómo sufres tú?
ELSA. Como todo el mundo. Hipócritamente. Lloraba cuando mi marido no estaba en casa. Culpándolo en ausencia porque en el fondo no tenía de qué culparlo. Sonriendo estúpidamente en todos lados. ¿No es eso lo que se supone que uno viene a hacer en el mundo? Trabajar todos los días y ser amable, enseñar los dientes sin caries, la carne sin celulitis, los ojos sin ojeras. Me acuerdo de la foto en que te obligué a sonreír, ¿te acuerdas? ISMAEL. No.
ELSA. Estábamos en un bar y yo te tiré una foto horrible. Estabas serio, como casi siempre. Y yo te agarré la cara y te forcé la sonrisa. Te reíste un poco, esta vez de verdad, cuando comparaste ambas fotos. Yo te dije que siempre que te reías quedabas mejor en las fotos, y tú me dijiste que eso era un cliché mío. Y que era una pesada. ¿De verdad no te acuerdas?
ISMAEL. No. Para nada.
ELSA. No me acuerdo exactamente dónde era, pero detrás había una rana. Me acuerdo porque miré esa foto muchas veces y siempre me daba nostalgia de la rana. De ese día. Entonces me acordaba de lo demás. Creo que había más gente con nosotros.
ISMAEL. ¿La conservas? Me gustaría verla.
ELSA. No. Hace años las borré.
(Silencio.)
ELSA. Nunca me separé de nadie queriéndolo todavía. Tenía tanta rabia. Quería entender. Quería que algo tuviese sentido. Después fue más fácil. Me resigné a que no había nada que entender. Dejé de culparme.
ISMAEL. No tuviste la culpa de nada.
ELSA. Ya sé.
(Silencio.)
ISMAEL. ¿Y él?
ELSA. ¿Él qué?
ISMAEL. ¿Cómo está?
(Elsa se ríe.)
ELSA. Bien, cómo va a estar.
ISMAEL. No te pongas a la defensiva, chica.
ELSA. No me gusta como te queda la barba.
ISMAEL. Cuando me la arreglo se ve bien, pero en estos días no he tenido tiempo.
ELSA. ¿Mucho trabajo?
(Él hace un gesto de indiferencia. )
ISMAEL. Supe que tuviste una hija.
ELSA. Sí.
ISMAEL. ¿Y ella?
ELSA. ¿Ella qué?
ISMAEL. ¿Se parece a ti?
ELSA. No sé. Físicamente no mucho. A veces dice cosas mías. A veces me odia. No sé. ¿Y tú? ¿Tienes hijos?
ISMAEL. No sé.
ELSA. ¿Cómo no vas a saber?
ISMAEL. No sé.
(Ella se ríe. )
ISMAEL. No es una broma. En serio no sé. Hace años doné esperma. Nunca supe si la usaron o no. Por mucho tiempo no pensé en eso, es decir, me acordaba, pero no me importaba. Ahora me acuerdo cada vez más seguido.
ELSA. ¿Pero no has tratado de averiguar?
ISMAEL. ¿Para qué?
ELSA. Para saber, ¿no?
ISMAEL. ¿Y qué gano con saber? Cada cual, si existe, tiene una vida en la que yo no pinto nada. Bastante jodido estoy de todas formas.
(Ella enciende un cigarro.)
ISMAEL. ¿Todavía fumas?
ELSA. Empecé de nuevo hace tres meses. ¿Quieres uno?
(Él hace un gesto con los hombros. Ella le da un cigarro.)
ISMAEL. No, mejor déjame fumar del tuyo.
(Ella se ríe. Le da el cigarro.)
ISMAEL. Tienes un montón de arrugas. Deberías hacerte la cirugía. Al menos aquí, en los párpados.
ELSA. Tú siempre tan sutil.
(Él se ríe.)
ISMAEL. Tú sabes que esa es mi especialidad.
(Le devuelve el cigarro.)
(Ella lo toma, aspira y se queda mirándolo.)
ELSA. No puedo creer que seas tú.
ISMAEL. ¿Por qué?
ELSA. Porque no quería ver a nadie y de pronto tú. Por años tuve una foto de Georgia O’Keeffe en mi escritorio, en la oficina. En la foto O’Keeffe está sentada en una cama, en una habitación sin adornos, como una casa muy pobre, probablemente uno de los lugares en Nuevo México donde ella pintaba. Al lado de ella hay un tronco seco, que ella toca como si fuera un perro, una mascota. Detrás hay una cabeza de venado con los cuernos. Pero no los cuernos solos, entiendes, sino el cráneo expuesto, sin barniz. El animal muerto, evidente. Y al fondo de la foto, una puerta abierta. Georgia mira hacia el piso de la puerta, como si algo pequeñito estuviese entrando y ella tuviese miedo y buscara la ayuda de la mascota-árbol seco. Ahora me parezco a Georgia en esa foto. Yo sabía que iba a vivir algún momento así. Siempre lo supe y por eso miraba la foto en la oficina como diciendo, esta es Georgia. Yo todavía tengo mis cosas, mi pelo pintado, mis libros, todo, ¿entiendes? Pero ahora aquí me doy cuenta de que no traje la foto. Que no queda más nada que el tronco seco.
(Ella mira el cigarro, apagado entre sus dedos.)
ISMAEL. ¿Quién es Georgia…? ¿O qué?
ELSA. Una pintora. Americana.
ISMAEL. Ya…
(Él la mira fijamente. Ella deja de mirar el cigarro y lo pone en un cenicero. Sabe que él la mira pero ella intenta buscar con la vista al camarero. )
ELSA. Tengo que irme. ¿Está bien si te dejo el dinero y pagas tú la cuenta?
ISMAEL. ¿Adónde te vas?
ELSA. Al hotel. Es tarde.
ISMAEL. ¿Te esperan?
ELSA. ¿Te importa?
(Él sonríe.)
ELSA. No te queda ni un pelo en la cabeza.
ISMAEL. Déjame acompañarte al hotel.
ELSA. No, mejor no.
ISMAEL. ¿Estoy muy feo ya para ti?
ELSA. Tengo cosas que hacer mañana.
ISMAEL. ¿Qué cosas?
ELSA. Ir a un museo, caminar por la ciudad. Ver el amanecer. Pensar.
ISMAEL. No tienes nada que hacer. Esos son planes viejos. Déjame acompañarte.
(Ella lo mira fijamente.)
ELSATú también tienes arrugas.
ISMAEL. Tú estás igualita. (Irónico) Por lo menos igual de intensa.
(Él sonríe y le toma la mano.)
ISMAEL. Tengo un porro en el bolsillo.
(Ella se ríe. La coge desprevenida.)
ISMAEL. Esta yerba hace que los palos secos parezcan perros y porros.
(Ella vuelve a reír. )
ELSA. ¿Y tú desde cuándo aprendiste a reutilizar metáforas?
ISMAEL. Yo sabía que ibas a estar aquí.
ELSA. ¿Quién te lo dijo?
ISMAEL. Una espiritista. Hace años. Me dijo que iba a encontrar a alguien de mi pasado, que había una iglesia, un parque, y que esa persona iba a estar vestida de negro. Pero como esa descripción sirve para cualquier cosa no le hice caso. Hasta que te vi hoy.
ELSA. ¿Y qué más te dijo la espiritista?
ISMAEL. Que esa mujer era peligrosa.
(Ella se ríe.)
ELSA. Bueno, ¿nos vamos?
ISMAEL. Vamos.
ELSA. Con esto está bien, ¿verdad?
ISMAEL. No dejes tanta propina, no hace falta
Fotografías: Jorge Otiniano.
Escena [6]
ALICIA. El cadáver de mi madre fue encontrado por la mujer de la limpieza. No sabían quién era él. Ni yo tampoco. Hablamos por teléfono. Me contó del encuentro. De mi madre. De esa noche. De que no sintió nada, solo la mano fría en la mañana, cerca de su mano pero sin tocarlo. Dice que mi madre fue una mujer muy hermosa, y que no podía decirme más nada en ese momento pero que podía llamarlo luego si quería. Nunca más lo llamé. Hasta que encontré la famosa foto que él me había descrito. Le pregunté si todavía quería ver la foto. Me dijo que no. Le pregunté si recordaba algo más. Que si ella le había dicho algo de mí. Me dijo que no habían hablado de eso. Le pregunté si tenía hijos. Me dijo que sí. Que tenía cuatro. Le dije que yo era única hija. Él no preguntó nada. Nos quedamos unos minutos en silencio, esperando por el otro. Hasta que me dijo que tenía cosas que hacer. Le agradecí su tiempo y colgué.
Escena [7]
LOS EMAILS DE ELSA: 1
(Pantalla de una computadora. Elsa escribe —idealmente la escena estará grabada previamente y será proyectada mientras Alicia llega a casa de Ismael, conversan, toman café— todo en silencio. La voz de Elsa es la que guía la escena.)
ELSA. Camino por Madrid. Una vieja con un solo diente me mira pararme frente a una iglesia y jura que allí se casó Lope de Vega. Se ríe con su boca vacía y me ofrece la lata para que le ponga dinero. El matrimonio de Lope me cuesta un euro. Camino sola por Madrid. No quedan hombres en esta ciudad. El mundo parece sordo a mis espaldas. Ayer me tomé dos cañas en un bar mientras escuchaba a la gente hablar en la mesa de al lado. Estaban haciendo el cuento de alguien que había declarado públicamente “¡mi marido es un tieso!”. Repetían la frase y se reían. Mi marido fue un tieso. Quién no ha tenido un marido tieso. Un marido que te deja una hija a las espaldas mientras trabaja fuera de la ciudad por años, hasta que finalmente decide quedarse en otra ciudad y te pide que vayas. Cuando ya es tarde. Cuando ya esa hija es grande y le da lo mismo dónde vivas tú y dónde viva su padre.
Ese hombre que fue mi marido y que es ya un extraño. Los hombres salen de la vida de una y se convierten en eso, extraños totales. Alicia tiene una foto suya en su cuarto. Yo siempre quise que Alicia conociera el mundo, que viajara, que fuera feliz, que se emborrachara, que viviera al límite… Yo quise enseñarle las cosas que me gustan en la vida… pero ella no tiene fotos mías en su cuarto y yo siempre he sido demasiado pesada para ella, you are too much, me dice Alicia, que prefiere hablarme en inglés, aunque yo le responda en español. Alicia nunca supo de la vida antes, de la vida fuera de Miami, esa vida que es ya un borrón.
No se puede reconstruir una vida a partir de un par de objetos. Eso pensé hace unos días en un garage sale de Miami. Qué quedará de mí cuando no esté. Las pocas cosas que traje de Cuba, mi archivo del exilio, quién lo va a guardar. Escribí tantos papers académicos, tantos análisis literarios. Y nunca una palabra mía, verdadera, en todos esos párrafos estilo MLA. Nunca la taza de café con el borde dorado de mi abuela. Nunca el pañuelito bordado de mis 15 años. Nunca la única carta que tú me escribiste.
En El Prado la gente se amontona frente a “Saturno devorando a sus hijos”, mientras al otro lado de la sala “Dos viejos comiendo sopa”, también de Goya, me deja sin aire. Todo el mundo ve al terrible Saturno y su boca ensangrentada. Y a los dos viejos no los mira nadie. Porque los viejos están vivos, porque los viejos comen, porque nadie quiere la boca desdentada del viejo, las palabras socatas del viejo, las arrugas asquerosas del viejo.
Cuando yo era chiquita vi a los viejos alrededor mío ir muriendo, uno a uno. Mis tías solteronas, encamadas, pudriéndose hasta que les llegara la muerte. Mi mamá con dolor de columna, la casa con olor a una muerte que no llegaba nunca. Pero mi hija nunca ha olido la muerte. Mi hija no sabe el tufo de la muerte, de la escara, de la gangrena. Mi hija no sabe de las habitaciones húmedas y con calor donde la gente espera mirando directamente el cuerpo del enfermo porque no hay monitores, ni sueros, ni enfermeras, ni una cámara que nos aleje ese dolor. A esos enfermos no se les baja el volumen y mi tía enferma gritaba mi nombre toda la noche y no hay medicamentos que espanten ese dolor, ese tufo. Porque el viejo sabe. El viejo sabe cuándo se acaba la sopa. El viejo sabe cuándo a Saturno no le queda nada que devorar. El viejo sabe cuando se cierra el museo y el bar y la calle se queda vacía. El viejo sabe cuando la gente regresa a casa y no se puede dormir. El viejo sabe que del otro lado hay alguien vivo. Lo sabe por el ruido de la cama. Lo sabe por los suspiros. Pero el teléfono no vibra. Pero es tarde, siempre es tarde en mi lado de la pared.
Yo soy la niña que le lee un poema a la tía enferma, y la toca la mano sabiendo que tal vez esta sea la última noche. Yo soy la niña que cambia de país, de marido, de carrera. Yo soy la niña que se ha quedado sola en medio de Madrid. Dice Zizek que en este mundo a punto del desastre la única solución posible sería el futuro anterior. Actuar como si el futuro fuera ahora. Como si mañana hubiese llegado, como si todo el tiempo fuera el presente absoluto. La realidad frente a su espejo. Yo sé que mi futuro es este instante, estas palabras que te escribo. Las mismas que te escribí hace tantos años. Tienes en los ojos el mismo desespero de entonces, pero yo acabo de comprender que tu desespero es incurable, que no depende de mí. Ya no temo ni quiero encontrarte porque no significa nada. No has sido feliz. Yo lo he sido a veces. No es fácil intentar controlar el mundo y quedarte sola con la cuchara en la mano. Tú no puedes dar más que este encuentro y yo no puedo dar más de lo que he dado. Yo no tengo paciencia para oler la muerte. No hay futuro, Ismael. No importan las sorpresas a largo plazo, los hijos congelados, el billete de la lotería. No hay futuro si cualquier momento es bueno para una hecatombe nuclear o un mosquito con disentería. No hay lugares equivocados. Y por suerte ya no tendrás mis palabras ni yo tu sombra. Ahora sí, Zizek, esta es la revolución. Vamos a hacer todo el mundo por un minuto como si el fin del tiempo hubiese llegado. Yo no creo en las revoluciones. Me pasé la vida escapando de ellas. Mi única revolución ahora mismo es una cuchara y un plato de sopa y este instante. Sí, Zizek, yo también me vuelvo un objeto contaminante. Sí, Ismael, ahora te toca a ti. Atrévete.
ISMAEL.Estaba en mi bandeja de entrada. Con esta foto. Le enseña la foto.
La foto es “A ten-year-old spinner,” Cotton Mill, North Carolina, 1909, Photograph by Lewis W. Hine.)
ALICIA. ¿Por qué no me dijiste nada cuando hablamos?
ISMAEL. No estaba de humor.
ALICIA. ¡Pero es que era importante! ¡Yo te pregunté!
ISMAEL. Si me lo envió a mí y no a ti fue por algo.
ALICIA. Yo estuve revisando sus cosas. Cientos de libros, de fotos. Cosas. Pero no habla de mí. No tenía un diario, no sé. Es como si me hubiese dejado en silencio. Como si yo no existiese para ella.
ISMAEL. ¿Te lo dejó todo, no?
ALICIA. Sí.
ISMAEL. ¿Qué más querías?
ALICIA. (Alicia va hablando y alejándose de Ismael. Finalmente queda sola en escena, en la pantalla aparecen fotos de Elsa, joven, en Cuba: fotos de muertos.) No sé. En realidad no sé. Siempre fue dura conmigo. Echándome en cara sus sacrificios, su pasado, sus logros. Siempre sabiéndolo todo. Me dejó hacer todo lo que quise. Me dejó dar brincos interminables en la cama, aunque una vez se le salieron unos muelles al colchón y por poco es a mí a la que le da un infarto.
Me dejó tener novio a los catorce. Me enseñó su gaveta de los condones.
Me enseñó sus tarjetas de crédito y cómo usarlas.
Me trataba como una mujer hecha y derecha.
Me llenó de libros el cuarto.
Jamás me dijo cómo vestirme, jamás me llevó a la escuela. Jamás me habló mal de mi padre.
Pero yo hablaba mal de ella con todo el mundo. Sobre todo a mis novios, que luego no la soportaban y querían robarle las botellas de vino de la cocina.
Mi primer novio se llamaba Josué. Después del primer beso me di cuenta que Josué era un nombre pintado en una cara, y su cara luego fue Miguel, y luego fue Ernesto, y fueron y fueron. Mis novios son muñecas rusas. Uno cabe dentro del siguiente y así hasta el infinito. Mi madre y yo tenemos eso en común. No nos quedamos en ningún lado. Porque lo jodido es que cuando te das cuenta de que los tipos tienen ese hueco dentro, cuando te das cuenta que empiezas a tocarles el pecho y suena a maraca, entonces sabes que dentro hay otro monstruo, otra mujer, otro sexo, y mirar adentro es en vano, porque no se ve nada en la oscuridad, nadita nadita.
Así que uno se queda tocando la maraca un tiempo, hasta que metes al tipo en la cajita de las matrioskas, y su cara sustituye al último ex. Al examante, al examigo, al ex que ya no puede ser otra cosa que un ex.
Enfrentarnos a la mortalidad. A la carne. A esperar encontrar un día algo que le dé sentido a la ansiedad insoportable de saber que uno se va a morir un día de estos. Esperar no tener miedo. No temer el olor a mierda ni los hospitales ni la gente que no llamó ni llamará nunca. Y masturbarse boca abajo contra la almohada y apagar todos los ruidos por un instante. Eso quería ella, ¿no?
Una vez, de niña, mi madre me llevó a un museo. Tomó la cinta de papel que nos habían puesto en la mano a la entrada del museo y la amarró con un nudo simple a una rama del árbol. Me quitó la mía y la amarró a la suya, formando una minicadena de papel colgando de la rama. Volví con Leandro al mismo lugar. En el árbol colgaban un montón de restos de cintas, algunas descoloridas, otras más recientes. Había llovido esa tarde, así que casi todas estaban maltratadas por la lluvia. Muchas se deshacían en el piso. Yo le quité a Leandro la cinta de su muñeca y la amarré a la rama. Él tomó la mía y la puso al lado de la suya, separadas. A una cierta distancia. Miré la rama y lo miré a él y no le conté ninguna historia. Intenté no pensar en ningún drama. Pensé que hubiera sido bonito que lloviera ahora, que lloviera tan fuerte que todas las cintas se cayeran, incluyendo estas, las nuestras, acabadas de colgar. Pero había sol. Todavía más sol en Miami. El sol de siempre, y yo estaba cansada y tenía hambre y por un momento quise irme rápido de ahí. Volar, de ser posible. Él me agarró por el cuello y me haló contra sí, y me abrazó muy fuertemente. No sé por qué lo hizo, pero es su mejor recuerdo. A veces hacía esas cosas, una falta total de sensibilidad y de pronto un destello, un ápice de empatía. Masajearme los pies, y hacerme el amor muy despacio, y abrirme la ventana para que la luz entre y mis pupilas no se coman mis ojos. Y luego volver a irse sin besos de despedida, y cogerse la cabeza con las manos cuando le hablo, sin querer oír, sin querer nada.
Escena [8]
(Ismael habla con Alicia, pero ella no tiene que estar en escena, respondiendo a Ismael. Ambos pueden mirarse de vez en cuando, pero haciendo acciones diferentes, por ejemplo: Alicia riega en el escenario objetos de la madre, e Ismael los recoge, los mueve de lugar, los guarda en una caja, etc.)
ISMAEL. Me pasé veinte años bravo. Yéndome de todas partes, ningún lugar me convenía. Miré series de televisión hasta decir basta. La descarga de adrenalina en el cerebro, una vida que te crees que estás viviendo y de pronto amaneces y es hora de ir a trabajar y no quieres, porque a nadie le da ninguna gracia irse a trabajar en una ciudad en que la gente anda aterrorizada. No sé de qué. Porque aquí no hay guerra, pero la gente tiene miedo que la grúa se lleve el carro, que el seguro suba, que se ponche una goma, que el presidente quite los seguros médicos subsidiados, que a la casa se le rompa una tubería. La gente se caga del miedo y viven con esa mierda prendida en el carro, como una lata de esas que ponen los recién casados. Y esa lata apesta y uno ve la gente apestosa por la ciudad sonriendo con su mierda enlatada y yo los veo tan desgraciados y lo peor de todo es que esa desgracia me la como, me como la mierda de esa gente que es la misma mía y andamos todos: intoxicados de ciudad en ciudad por la “gran América”. ¡Dime!
Y podemos burlarnos de las cosas. Y nos emborrachamos y nos levantamos al otro día con miedo de que el hígado de una buena vez se reviente. Pero el hígado sigue ahí. Porque si el hígado se revienta no nos queda nada, ¿entiendes? Lo único que me ata al mundo es el alcohol, lo único que me hace llegar al fin de semana es el alcohol. Entre semana yo no tomo nada, yo veo mi serie y voy al gimnasio y me siento muy jodido y muy encabronado, y de esa forma llega el viernes y puedo sentarme con un par de socios y tomarnos una botella y sentir que por ese momento uno está vivo, como si uno viviera de viernes en viernes, como si uno sintiera ese sabor del tequila o del ron o del whisky en la garganta y por primera vez la lengua dijera algo con sentido. Yo tengo un socio que dice que el alcohol es un lubricante social, y yo no sé de dónde sacó la frase pero me gusta. Me gusta porque es eso, una vaselina que hace falta para que el engranaje del mundo no se detenga.
Pinga, yo vivo de semáforo a semáforo, de notificación a notificación, yo existo en la boca de una mujer que no conozco pero que me mira de pronto en un mercado y en ese momento hay un objetivo concreto, en ese momento yo no estoy esperando un milagro ni un bill, en ese momento yo tengo un deseo concreto y ese deseo es lo único real. Y hablo con ella, le comento algo en mi pésimo inglés y ella me responde muy respingada y te das cuenta de que por ahí no cuaja la cosa. Yo, yo, yo. El yo no se apaga. A pesar de que intente apagarlo, apagarme, desaparecerme por unos días, volverme otra vez atrás, regresar, regresar, regresar a lo que fui una vez, al tipo que no tenía miedo de decir una palabra mal dicha porque no se sabía ninguna, al tipo que llegaba a la casa y ahí estaba el caldero de arroz amarillo hecho por la madre, al tipo que no tenía que obligarse a trabajar porque le gustaba su trabajo. De pronto caigo aquí veinte años después y todo ese peso se me va, no existe, toda la mierda y su peste se queda allá, pero esta casa a la que entro no tiene olor. Miro las paredes descascaradas, llenas de humedad, porque mi hermano no ha arreglado nada, veo el fogón, sin calderos, sin arroz amarillo, veo el patio donde han crecido dos gigantescas matas de aguacate, veo mi cuarto que ya no es mi cuarto porque no queda nada mío en él. Y se me hace un nudo en la garganta tan grande que me asomo a la ventana y me pongo a mirar para afuera y veo el barrio diferente, casas nuevas, rejas nuevas, par de caras en otra ventana que miran para acá porque me vieron llegar. Pero no los conozco, no sé quiénes son, qué me podrían decir de mi madre, si les preguntara. Mi hermano me pregunta si quiero almorzar, le digo que no, que más tarde, que me abra una cerveza. Y cuando me doy el primer buche… esta no es la cerveza que yo recordaba…
Me siento viejo. Miro a mi hermano. Está más viejo que yo. Está solo, igual que yo. Y me pregunto si era esto de lo que yo tenía nostalgia. Y me pregunto de qué vale la nostalgia. A estas alturas del campeonato y después de tantas cosas. Después que dejé el ejército me mandaron antidepresivos. A veces me los tomo, pero no siempre. No quiero depender de ellos. Camino por el pueblo, lleno de churre, de gente, y me doy cuenta de que no siento ningún olor, veo la mierda de los caballos en la calle y no siento peste, mi hermano me dice que alguien está cocinando sopa y yo le digo que a qué huele la sopa y él se ríe porque cree que es un chiste. Entramos al cementerio. En estos últimos años me ha tocado una racha de cementerios que no le deseo a nadie. Quiero preguntarle a mi hermano a qué huele el cementerio, a qué huelen todos los huesos de la gente que hace veinte años ni veo ni me ven y para los que yo soy otro muerto. Tengo las pastillas en el bolsillo. Hace sol. Quiero irme. Quiero que no me vean, que no me miren como un bicho raro. Quiero estar lejos y solo. Una vez quise tener un bohío al lado del mar y un patio con gallinas. Ahora solo quiero dormir y cuando me despierte poder oler algo. Tomarme una cerveza que sepa a algo que recuerde, escuchar el teléfono sonar con una notificación conocida.
Yo nunca viví aquí con tu madre. Olvidé también el olor de tu madre. La sonrisa de tu madre. Las manías de tu madre. Y por eso cuando la última vez nos encontramos fue tan difícil. Tan raro. Ver la nariz de tu madre y la forma en que la mueve cuando algo no le gusta. Le di dinero a mi hermano. Doscientos dólares. Para la pared. Se puso contento. Me dio unas fotos de mi mamá. Me dio unas fotos de sus hijas. Quiso tirarse una foto conmigo. Yo no quiero fotos. Yo quiero un bohío al lado del mar y unas gallinas.
Nadie entiende qué cosa es la Revolución porque la Revolución es una hecatombe. Una tromba, como decía mi padre. Una tromba es una tormenta, un tornado, vaya. Así de inesperado. Un cataclismo. Alguna gente en el pueblo me mira con envidia. El color de piel, esta blancura, les parece envidiable. Les parece envidiable la cerveza que tengo en la mano y la sonrisa plástica que mi hermano tiene pegada en la cara. La gente pregunta cosas estúpidas. La gente se ríe. Y a mí me da una envidia la risa de esa gente, las mujeres así tranquilas con sus barrigas al aire. A que las viste, ¿no? Y las licras… ¡claro que viste las licras! Te ríes… Seguro que de estas cosas tu madre no te habló. Yo tengo miedo hasta de reírme, no vaya a ser que me pongan un sue. Yo tengo en la piel la marca de estos veinte años, de la distancia, de todo lo que perdí, del ego de creer que había escapado, del dolor de comprender que uno no se escapa de ninguna parte, de ver y reencontrar y volver a perder, y la noche y el día, y la serie y el correo, y la pastilla y la noche, y la casa, y el mar, el mar y las gallinas que no tengo.
Escena [9]
(Este monólogo y el anterior pueden intercalarse en la puesta en escena. De modo que pequeños fragmentos de lo que Alicia dice interrumpa el monólogo de Ismael.)
ALICIA. Estoy dormida. Me pongo la ropa y preparo el café. Se acabó el azúcar y escribo azúcar en la pizarra pegada al refrigerador con un imán. Me tomo el café mientras actualizo el feed de Facebook, mis dos correos personales y el del trabajo. Leo algunas noticias. Escribo un par de comentarios, me encabrono con una cadena de correos en la cual no debía estar pero estoy. En el sueño me siento angustiada. Miro el reloj. Voy al baño, sigo leyendo correos y noticias y mirando memes ridículos. Borro varios mensajes. Necesitaría borrar varias personas, pero lo pospongo para un día que esté más despierta.
Logro cerrar la puerta, montarme en el carro, pasar semáforos y adelantar una cierta cantidad de calles. Hago radio zapping: una serie de voces se disputan mi minuto de silencio. Tengo frío, bajo el aire acondicionado. Parqueo, me bajo del carro. Entro a trabajar. Duermo por ocho horas.
A las cinco de la tarde en medio del tráfico nuestro de cada día, abro un ojo y miro la llamada en mi teléfono. Contesto. Qué quieres comer hoy, dice Leandro. Le digo que haré un pollo descuartizado. Le parece una idea excelente. Recojo el mail. En la radio anuncian otra orden ejecutiva del presidente. Otro movimiento de varita mágica que tiene el poder de hacerme sentir profundamente herida en mi sueño, atravesada, escrutinada… pero dormida, atrapada en las costras de mi sueño, de mi vigilia, de mi miedo a despertar. El dolor de despertar se acerca, una punzada profunda, el recuerdo borroso de alguna risa, de tus ojos, el recuerdo de mi bicicleta recostada al balcón de una casa donde no he vivido nunca.
Preparo el pollo. Comemos. Miramos la televisión. Contamos los episodios y las noticias. Nos miramos con los ojos cerrados, en medio de la noche. Y hay un rayo que atraviesa la cama, pero no nos despierta.
Mentalmente hablo con Elsa. ¿Esto es la vida? ¿Las próximas elecciones? ¿La mujer que me mira cuando hablo en español en el mercado? Me despierto de un salto. Busco su laptop. Abro el browser. Su correo. Mamá, a quién se le ocurre dejar la contraseña guardada en el browser…
Escena [10]
LOS EMAILS DE ELSA: 2
ELSA. Comenten el siguiente fragmento, a partir de sus lecturas de Zizek, les digo a mis alumnos. Se quedan mirando la pantalla con el ceño fruncido, como si fuera tan difícil comentar un simple párrafo que, aunque no se hayan leído el artículo, se explica solo:
Disbelief in an ecological catastrophe cannot be attributed simply to our brain-washing by scientific ideology that leads us to dismiss our gut sense that tells us something is fundamentally wrong with the scientific-technological attitude. The problem is much deeper; it lies in the unreliability of our common sense itself, which, habituated as it is to our ordinary life-world, finds it difficult really to accept that the flow of everyday reality can be perturbed. (Zizek, Slavoj. “Nature and its Discontents” 58 SubStance, Issue 117 (Volume 37, Number 3), 2008, pp. 37-72.
Es como el cuento del lobo. Les digo. Ahí viene el lobo. Ahí viene el lobo. Nadie cree las desgracias hasta que las tienes en la puerta. Y como el mundo se está acabando desde que empezó, nadie cree ahora en el peligro real. Uno de mis alumnos dice: bueno, pero es su generación la que no hace nada, nosotros protestamos todo el tiempo y siempre nos desacreditan. Siempre dicen que los jóvenes pueden cambiar el mundo, pero en realidad todo el poder lo tienen los viejos y no hacen nada bueno con él. Me quedé muda. Este niño no solo me ha dicho vieja en la cara sino que además me echa la culpa de toda mi generación. Qué piensan los demás, pregunté. Silencio absoluto. Tienes razón, le dije a mi alumno. Mi generación creció creyendo que cada oportunidad que el mundo nos daba era muestra de nuestro valor, y que debíamos estar agradecidos por eso. Especialmente la mía, una generación de inmigrantes. Pero lo que dice Zizek no tiene que ver con eso. Sino con nuestros propios sentidos. Otro alumno susurra algo para sí. ¿Dijiste algo? —le pregunto.
¿Qué importa que otros sufran si yo sufro ahora? Y viceversa, profesora. “Unless we feel and see actual pain in our bodies, disbelief is easier. And worse than disbelief, indifference”. Y después de esa respuesta di por terminada la clase. Mi última clase.
Escena [11]
PABLO. Mi amigo Rodrigo repite: que pare el que tenga frenos. Mi amigo Rodrigo dice: esto es una locura, el otro día la Mari me agarró con un mensaje de otra chica, pero no puedo parar. La quiero a la Mari pero no puedo parar. Que pare el que tenga frenos, hermano.
Y yo, que no conozco a la Mari, y que tengo los frenos clavados en el piso, atascados en el piso, fundidos con el piso, lo único que hago es reírme.
Rodrigo siempre habla de las mismas cosas, las mujeres, los tragos, el fútbol, los amigos que hace tiempo no veo. La mayoría tiene niños, menos él y yo. Y a veces nos reímos de eso, de nuestra falta de mujer estable, de nuestra falta de hijos.
Nos miramos a través de la pantalla y nos reímos. Nos reímos más que nada porque no tenemos casi nada que contar y así pasa el tiempo. Sin preguntas incómodas. Mi amigo ya no me hace preguntas incómodas pero aun así yo las espero y ensayo las respuestas. Del tipo, ¿y cuándo vas a venir? ¿No te han llegado los papeles? ¿Por fin te casas con alguna americana?
Pero después del cuento de la última americana no ha habido más preguntas. Después del anillo encima del refrigerador, mirándome culpable. Después de los zapatos debajo de la cama que nunca se llevó. Después que yo creyera que el amor después del amor se parece a un rayo de sol.
Mi amigo dice que la Mari no le contesta las llamadas y que no puede vivir sin ella porque él ama mucho a esa chica. ¡La Mari es linda, huevón! Y yo, que he visto a Mari en las fotos, le digo, y sí, linda es, pero bueno, hermano, si no es ella vendrá otra.
Y no sé por qué ese día me dio por contarle lo que me había pasado. Tal vez porque me sentía demasiado reclavado al piso, y la historia de Elsa me parecía medio rara para ser verdad. Le dije que la había conocido en su casa, arreglándole la lavadora, y que ella había sido bastante pesada, pero que me había dado buena propina y que me ofreció una cerveza. Y ese día casualmente me la encuentro en un parking lot, discutiendo con un policía, y la vieja que no tiene por qué saber que yo no quiero líos con la policía y que mientras más lejos mejor, me llama, me grita en el medio del parking lot, oye tú, y se acuerda de mi nombre y me dice, Pablo, the laundry man, hey! Y ahí me quiero morir, pero voy para allá y el policía me pregunta que si la conozco y que si me puedo hacer responsable… me llama aparte y me dice, la señora está borracha pero es una vieja. Llévatela a casa y dejemos esto aquí. Y yo sonrío y le digo a la vieja, señora, tranquila, venga, caminemos un poquito. Y un rato más tarde está ella en su casa y me ofrece otra vez la cerveza que no había querido, y ella se toma una, así a pico de botella. Y hablamos, y le digo que yo conocí a García Márquez allá en Lima, cuando era camarero del hotel. Y ella fascinada me pregunta cómo era, y qué tomó, y que si me dio propina. Y termino contándole el cuento de mi vida a la vieja.
¿Pero huevón? Me pregunta mi amigo. ¿Te tiraste a la vieja?
Y yo me río y no le contesto. Me río y le digo, te termino el cuento otro día, tengo que irme. Cierro la sesión de Skype y me tiro en la cama, abrazo a mi perro y pienso en Elsa. Y en qué ropa me pongo para ir a ver a Elsa. Porque Elsa siempre se fija en la ropa que me pongo. Porque Elsa pregunta. Y dice que ella conoce abogados, y que tal vez aparte del matrimonio hay otras formas de obtener los papeles. Y me dice que ella ha ido a Lima y que le hubiera gustado regresar a Lima conmigo. Y yo pienso que no quiero decirle nada a Rodrigo ni a mis viejos. No hasta que sea verdad.
Escena [12]
(Alicia termina de organizar las cosas de Elsa para el Estate Sale. Se ven los precios con stickers y flechas indicando Estate Sale hacia el escenario.)
(Pablo entra, mira las cosas regadas por el suelo, los percheros con ropa encima de los muebles, la cocina con los gabinetes abiertos.)
ALICIA.Good morning! Buenos días.
PABLO. Buenos días.
ALICIA. Si ve algo que le interesa, por favor avíseme. El precio es negociable.
PABLO. Gracias, le dejo saber. (Pablo sigue mirando las cosas por unos segundos, hasta que finalmente se acerca a Alicia.) Perdone, la verdad no quiero comprar nada. Yo vine a ver a Elsa, la señora que vive aquí, pero afuera me dijeron que murió y entré no sé ni por qué.
ALICIA ¿La conocía?
PABLO. Pues sí.
ALICIA. ¿Cómo es su nombre?
PABLO. Pablo. Jiménez.
ALICIA. No me suena… Soy Alicia, la hija de Elsa.
PABLO. Me lo imaginé, lo siento mucho.
ALICIA. ¿Y cómo conocía a mi madre?
PABLO. Yo le arreglaba la lavadora.
ALICIA. (Incrédula.) ¿Y se rompía tanto la lavadora?
PABLO. (Se ríe.) No. Así la conocí, luego nos hicimos amigos.
ALICIA. Ya… Ok. Bueno, pues sí, como ve mamá murió. Yo no puedo quedarme con todo esto. La verdad llévese lo que quiera. It’s nice of you to come.
PABLO. Bueno pero es que yo no vine a darle el pésame. Me enteré afuera… Vine porque…
(Alicia hace un gesto de desesperación e incredulidad, como queriendo que Pablo termine de una vez de hablar.) Vine porque recibí este sobre ayer, y la verdad no entendía…
ALICIA. ¿Puedo ver?
(Pablo vacila por un momento, pero le entrega el sobre a Alicia. Alicia lo abre. Saca un cheque y una carta. Alicia lee la carta.)
ALICIA. ¿En serio, mamá? (Alicia le devuelve los documentos a Pablo y se sienta en un mueble, encima de la ropa de Elsa. Se pone las manos en la cara.) Mother of God. Mamá, what da…
PABLO. Mire, yo en realidad no quiero nada. Así que quédese con esto y así estamos.
ALICIA. No, no, yo no quiero esos 10.000 dólares tampoco. Quédese con ellos. Simplemente me parece una falta de respeto de mi madre que me proponga en una carta que me case con usted por 10.000 dólares.
PABLO. Yo creo que tal vez ha sido un chiste o algo… No se preocupe. Ya me voy. Le dejo esto aquí.
ALICIA. No, por favor. Llévese su carta y su cheque y cóbrelo. Y cásese. Y obtenga sus papeles o lo que quiera obtener…. Es ridículo.
PABLO. Lo siento, Alicia.
ALICIA. Llévese también más cosas.
(Alicia empieza a darle, más bien tirarle cosas a Pablo. Discos, libros, ropa. Pablo va dejando las cosas en la misma medida que Alicia se las da. Después de un rato Alicia se calma.)
ALICIA. Perdone.
PABLO. No hay ningún problema.
ALICIA. Siéntese. Tal vez mejor hablamos un poco. Vayamos afuera. Al patio.
PABLO. Gracias. ¿Puedo buscar algo que tengo en el carro y regreso?
ALICIA. Por supuesto.
(Pablo sale, regresa unos segundos después con una botella de vino.)
PABLO. Se la traía a Elsa. Antes de saber…
ALICIA. Pues brindemos a su humor… En el infierno le vendrá bien la copita…
(Pablo hace un sonidito raro, no sabe si reírse o no de lo que ha dicho Alicia.)
PABLO. Este en particular le gustaba.
ALICIA. Todos los vinos le gustaban. En eso picky no era.
(Los dos sonríen. Entra un comprador a la casa.)
ALICIA. (Al comprador.) Good morning. If there’s something you like, feel free to take it and we will be happy to negotiate the price. The lady outside will help you! (A Pablo.) Vamos, afuera en el bar todavía está el abridor de Elsa y sus copas. Esas no las quise vender.
(Salen)
Escena [13]
(Gimnasio, de noche. Pablo habla con el público, consigo mismo, y de vez en cuando con Rodrigo.)
PABLO. Los televisores están apagados. Las máquinas, brillosas de grasa y sudor. Hay pedazos de chicle pegados a la alfombra. Y por fin nadie en el parking, ahora que también el manager se fue. Aquí, de noche en el gimnasio, es el mejor momento para hablar con Rodrigo. Me llama cuando se está acabando el turno, que es la hora en que ya él está perdiendo su videojuego y hace como que me presta atención. Entre el ruido del mapo y los cubos de basura, y los disparos que él tira a su pantalla nos hacemos los que nos entendemos.
Rodrigo me dice: tírate en la piscina, huevón. Pero a esta hora yo lo que quiero es acabar de pasar el trapo e irme —no meterme en la piscina fría. Además, aquí hay cámaras, mi hermano. Y antes de que Rodrigo me haga sus preguntas habituales le digo del patio y de Alicia, y de que le hizo mil muecas al vino que yo llevé: según ella no le gusta tanto el vino, yo creo que es que el mío es barato.
Y le digo, Rodrigo, hermano, la gente hurgaba en las cosas de Elsa, comprando adornos y el televisor y un sofá, y Alicia hablaba conmigo y miraba la puerta por donde entraba y salía la gente, y me pedía mil disculpas y se paraba a negociar precios y terminó casi regalándolo todo. Y no, huevón, no me llevé nada. En algún punto apareció un tal Ismael —Alicia le dio una copa de vino y el tipo se la tomó de golpe, se llevó unas fotos y una caja de herramientas y una sombrilla negra. Y cuando se fue Alicia me dijo: el pobre, no huele nada. Y se tiró en el sofá otra vez a mirar por la puerta.
Pero como yo aprendí a hacer los mejores tragos en Lima le dije a Alicia que le iba a hacer el trago de García Márquez (aparte, al público): Mentira, ya les dije que nada más le serví un café. En realidad hice un Moscow mule de toda la vida. Así que mientras arrastraban el sofá y la mesa del comedor y la casa se fue quedando vacía, Alicia se fue tirando más y más encima del sofá hasta que se quedó dormida.
Y yo por no despertarla le tiré una colchita arriba y me fui.
¿Una colchita? —dice Rodrigo. Qué flojo te has puesto, mi hermano.
Alicia cuando duerme mete tremendos brincos. Parece que está despierta y habla y todo. Y después por la mañana dice que yo ronqué muchísimo y que no la dejé dormir, después que ella habló como un perico toda la noche. Alicia y yo hemos dormido juntos 8 veces, y lo cuento porque cada vez que salgo de su casa me parece mentira.
Esta mañana me preguntó que si la podía acompañar a Home Depot a comprar pintura. Dice que este fin de semana vamos a pintar el cuarto, a quitar unos rayones que tiene en la pared y a ponerlo todo blanco.
Y Rodrigo se burla de mí porque dice que me paso la vida entre los estantes de Home Depot.
Mientras hablo con Rodrigo y termino un baño y voy al siguiente miro el teléfono con tremendo salto en el estómago cada vez que suena una notificación que no es Alicia.
Mira que recorrí millas para llegar aquí.
Después de atravesar siete fronteras la verdad que sí me parece que el amor después del amor se parece a un rayito de sol.
Así que miro la hora y lo pienso dos veces, pero le mando un texto. Hey, Alicia, ¿nos vemos esta noche?
Se encienden las flechitas azules. Alicia está escribiendo… dice mi pantalla. Su texto: Sure, y su emoji con corazoncitos en los ojos me hace sonreír, apagar el televisor y colgarle a Rodrigo, cerrar la puerta del gimnasio, y esta vez sí, darle durísimo a los pedales.
Lilianne Lugo. Dramaturga cubana. Licenciada en dramaturgia por la Universidad de las Artes, ISA, en La Habana y doctora en estudios literarios, culturales y lingüísticos por la Universidad de Miami. Obtuvo el Premio As Miamense as Possible 2022 por Zizek en el pantano, el de Dramaturgia Virgilio Piñera 2010 por Museo, y una mención honorable en el V Premio de Teatro Latinoamericano George Woodyard por No hagas milagros por mí. Es profesora en Muhlenberg College.


