Nora Glickman
![]() Rafael Gutiérrez Girardot |
![]() Gonzalo Sobejano |
Durante catorce años el crítico español Gonzalo Sobejano (Murcia, 10 de enero 1928-Nueva York, 10 de abril, 2019) mantuvo una nutrida correspondencia con su amigo y colega colombiano Rafael Gutiérrez Girardot (Sogamoso, 5 de mayo, 1928-Bonn, 26 de mayo, 2005). La selección de fragmentos del epistolario entre estos dos prestigiosos críticos literarios hispanos cubre los catorce años más productivos de sus carreras académicas. El accidente automovilístico que sufre Gutiérrez Girardot pone fin a esta correspondencia, reemplazada luego por llamadas telefónicas y visitas mutuas. En el curso de este diálogo escrito, mayormente entre Alemania y los Estados Unidos, se afianza la amistad de dos hombres de destino y vocación similares, pero de muy distinto temperamento. Con frecuencia el carácter polémico de Gutiérrez Girardot contrasta con el tono conciliatorio de Sobejano. Al iniciar su correspondencia ellos mismos ya son conscientes de los nuevos caminos que van abriendo a futuros profesores —Sobejano, desde Nueva York, luego de diez años de enseñanza en la universidad de Colonia y Gutiérrez Girardot en la universidad de Bonn— creando puentes interdisciplinarios entre la literatura y la filosofía europea y la latinoamericana. En su mutuo reconocimiento y estima, en su pasión por el texto y su concepción de la crítica como un estilo literario, más que colegas, son amigos entrañables que intercambian ideas e impresiones en total confianza. Aunque las cartas intercambian comentarios personales en torno a sí mismos, sus familias y colegas, la presente selección se concentra en sus opiniones sobre la literatura de escritores españoles y latinoamericanos.
Selección.
Las citas que siguen corresponden a la correspondencia incluida en Gonzalo Sobejano-Rafael Gutiérrez Girardot: Epistolario de dos Prestigiosos Hispanistas (1981-1995), Edición y Prólogo de Nora Glickman. Murcia: Editum, 2022.
RGG. Bonn 11/2/84:
Yo creo que es hasta indispensable contemplar las dos literaturas (española y latinoamericana) conjuntamente, siguiendo al lúcido Borges que habla de “literaturas que emplean como instrumento la lengua castellana”. Sobre todo hoy, cuando la miopía nacionalista es escandalosa. Un chileno dijo en una conferencia sobre Neruda que este había tratado de amor en su 20 Poemas de amor por primera vez en Latinoamérica, de manera abierta. El erudito chileno no conocía sin duda a Delmira Agustini, ni a Bousoño. Le reprocha a Huidobro que considerara al poeta como un pequeño dios. ¿Y Juan Ramón?
GS. Madrid, 14/4/84:
En tu carta de febrero me hablabas sobre el curso sobre poesía que habías dado y destacabas a Guillén y a Borges. Aquel moría por esas fechas (parece increíble que Guillén haya muerto). Admiro a los dos (a Borges como poeta, mucho), pero ninguno de los dos consiguió nunca conmoverme (y eso que, desde siempre, yo prefiero la emoción modestamente refrenada a la soltada, pero creo que a ambos, en el verso les falta grandeza y les sobra perfección).
Los 20 poemas de amor de Neruda, que mencionabas, los llevan en el bolsillo y los leen, los graban en la memoria y los declaman a poco que te descuidas, lectores hispanos que van de la suegra de un diplomático salvadoreño a una chica de Alcázar de San Juan, que ha venido a limpiar este piso hace unos días: No he visto nunca un libro de “versos” más difundido que ese.
RGG. Bonn, 17/2/85:
Esta vez casi no llego al final del semestre, me pareció infinito. Hice un seminario sobre El Periquillo Sarniento de Fernández de Lizardi, otro sobre El Criticón del simétrico Baltasar, un curso sobre Borges y un seminario sobre A.M.D.G. Ya la lectura del Periquillo me puso nervioso, y más nervioso e irritado la lectura de la cantidad de cosas chauvinistas que se han escrito sobre él. Y luego, es claro, que el seminario mismo me pidió esfuerzos tremendos para que la repetición de los mismos esquemas y de los mismos consejos no resultara aburrida. Algo parecido me ocurrió con Gracián. Pero durante la preparación no me di cuenta de la monotonía y del candor del pesimista. Tan solo en el seminario se me puso de presente, pues los estudiantes tienen una mentalidad completamente incapaz para comprender siquiera algo de ese mundo, y han recibido de la literatura sobre Gracián y el Barroco una imagen completamente inflada. (…) La lectura de Rodó me irritó, pues aunque tiene muchas ideas muy precisas y de validez actual, su estilo moroso y sus parábolas las ocultan, y para llegar a una idea que se puede decir en tres líneas hay que pasar por más de cien líneas “cinceladas”. López Velarde no me irritó, antes, por el contrario, me pareció más interesante de lo que vagamente sabía. Pero la bibliografía sobre López Velarde es vacía y especulativa y no sirve de nada. Un ensayo del bendito Octavio Paz sobre el lenguaje de López Velarde que me hubiera ahorrado tiempo para destacar algunas características de su poesía y de su prosa no toca en ningún momento el tema, no da un solo ejemplo.
GS. Colonia, 9/3/85:
Me hablabas de Lizardi y Gracián, Velarde y Kierkegaard. Comencé una vez la lectura de Lizardi y no pude seguir (no por disgusto; al revés, me parecía casi encantador; sino porque no tenía tiempo: como tengo el Periquillo continuaré leyendo un día en que me sea materialmente posible). Gracián es simétrico, tienes razón, y mucho más pesado que Lizardi, diría yo; pero recuerdo (casi me horroriza referirlo) que leí El Criticón hacia los 18 años, en la Austral, por propia decisión, y me subyugó simple y sencillamente; desde entonces lo quiero un poco, a pesar de ser tan jesuita o pedante. A López Velarde lo leí en Colonia y me gustó muchísimo La suave patria y sus versos pueblerinos, dominicales, prevallejianos (salvando las distancias) de modo que le guardo también una devoción longeva.
RGG. Bonn, 29/3/85:
…Mil gracias por tus separatas. Tu ensayo sobre el domingo es hermosísimo, y si le quitaras las notas a pie de página y lo reunieras con otros recientes —quitándole también las notas— podrías publicar un volumen de maravillosos ensayos literarios, cosa cada vez más rara en el panorama ensayístico literario hispánico.
GS. Colonia, 22/4/85:
He leído tu admirable “Unidad y diferencias de las letras hispánicas”, con ese poder de síntesis que es tan difícil de lograr y mantener como tú lo haces; y las “iracundias” a que aludes en tu dedicatoria lo serán solo para las nacionalistas separativos e hispanistas de congresillos, no para quien lea a distancia, acomodando la mirada a tu posición panorámica. Contiene reflexiones renovadoras y relaciones infrecuentes y lúcidas que ensanchan la visión crítica de las letras hispánicas. Y lo mismo pienso de esas impresiones que me transmites sobre el romanticismo español. Incluso el literario, a pesar de su endeblez, me atrajo siempre (más la prosa que la poesía), pero nunca pude dedicarle más tiempo ni atención, como hubiera querido.
Respecto a lo que te envié, te agradezco el juicio sobre “El domingo”, pues nadie mejor que tú, autor de Modernismo, puede opinar. Noto, por algunas respuestas, que el domingo envía su relente de soledad universal a bastantes personas, por trabajadoras que sean y adultas (parece que es la sensación triste dominical, sobre todo de adolescencia).
GS. New York, 11/3/86:
Me saca un poco de quicio esta devoción boba por los Vargas, Fuentes y demás, no ya por parte de americanos hispanos, sino por parte de españoles que creen de buen tono bajar la cabeza para que les eche la bendición desde su fábrica de novelas García Márquez. Por eso veo con esperada admiración tus embestidas contra algunos de esos fantoches (no todos, pero algunos lo son).
Las prensas universitarias y las revistas vomitan de continuo ensayos, estudios, libros y paja en honor de Cortázar, por ejemplo, autor de los que leí más temprano y con menor indiferencia, pero que —inculpables— mueren bajo estas avalanchas de ensayismo académico.
RGG. Bonn, 20/7/87:
A García Márquez y al espantoso Neruda siguen echándoles incienso y la última novela de Gabo, que es una repetición de sí mismo, es considerada generalmente como obra maestra. He descubierto el significado de una palabra colombiana, pendejo, que quiere decir más o menos subbobo. Pues la última novela del genio Gabo me parece barrocamente pendeja. Lo mismo ocurre con los “mitos” y demás de Asturias, etc.: son mitos pendejos.
RGG. Bonn 21/10/90:
Leí una vez más la carta del Padre San Sebastián que, además de ser testimonio de una alma santa, me tocó una fibra secretísima de mi vida: la de la última época de mi infancia, cuando tras la muerte de mi abuelo mi madre me matriculó en el Seminario menor conciliar de San José —así se llamaba— en el que aprendí muy bien latín y, aparte de mis travesuras de niño, yo quería llegar a ser por el estilo del Padre Sebastián. Me expulsaron diplomáticamente del Seminario, porque efectivamente no tenía vocación de clérigo, pero ese ideal forma parte de mi vida por el simple hecho de lo que asimilé en el período de socialización del individuo.
GS. New York, 24/11/90:
Ante la fácil pregunta posible (“Aspirar a santo ¿para qué, para quién?”) aún cabría responder: “Para el otro, amado (sea un tú, un vosotros o un todos”). Me hubiera gustado mucho poder llegar a ser un gran artista de las palabras, de las notas o del pincel; el llegar a ser un gran científico o un gran filósofo lo pongo en tercer lugar. En primer lugar hubiera querido estar atento, por lo menos a la bondad segura y tranquila.




