La pregunta y otros poemas

Paula Jiménez España
 
 
 

La pregunta

 

Sentadas frente al mar, pensé

en la ola que en la costa del Pacífico

esta mañana arremetió contra turistas

como si fuera tan endeble esta materia

que cuesta sostener, alimentar,

encontrar su sentido.

Sentadas, digo, y vos sobre mis faldas

clavando tus pupilas en el gris

horizonte que se ondula y se convierte

en espuma dispersa, me preguntás

si también vas a morir, si falta mucho.

Es quizás, hija nuestra

la pregunta más terrible que habrás hecho

y me la hacés a mí. Miramos este mar

tan calmo y tempestuoso por momentos

nos hundimos en él

como se hunde el amor en la memoria

echando sus raíces

y sabemos que nunca olvidaremos

este preciso instante, aunque su oro

se te sepulte adentro y sea

un grano más en el reloj

vidriado del recuerdo.

Detrás, una gaviota

compite con un tero por rapiñar un pez

donde el arroyo pierde su caudal

pero se borda todavía de juncos

plateados que buscan devolver

belleza al pastizal reseco y a las tardes

opacas como esta.

Desde que vengo a este lugar —pasaron

más de cincuenta años

de aquellas primeras vacaciones— estas aguas

renacen y esta vida se hace

igual de promisoria cada enero.

No sé qué responderte. Quiero creer, y creo

en el fuego que inicia su llama y no se apaga

en la forma que encarna

reducida, ampliada

metamorfosis en quién acierta qué

apariencia, si acaso hasta invisibles

regresemos al karma de este mundo.

El día se termina de espaldas al océano

y yo te abrazo, Vicky

como aquel día de febrero en que naciste

rosa tu piel y temblorosa, parecías

pedirme que cuidara de tu sangre

como se cuida un gajo

aromático que lanzado a la tierra

tiene la fuerza de hacer de ella un jardín

exuberante siempre, mientras dura.

 
 

Las moras

 

No era solo de libros

su pulpa exuberante

pendiendo entre las hojas

esmeralda.

En las ásperas páginas

de una bibliografía, el dibujo

no mancha

los labios, no inocula

sabor

ni llama a desnudar

la rama, flexible como un látigo.

Otra vez, este año

tras haber esperado

la llegada exultante de noviembre

las vimos estallar y las tomamos

con las pinzas voraces de los dedos.

El tiempo se concreta

cuando salen.

Un reloj de estaciones

marca el paso

de Victoria creciendo.

Al esplendor

que anuncia octubre

con su verde que nace

sigue siempre el rosado

del fruto que adolece.

Su timidez no dura

y están pétreas

como todas las cosas

inmaduras.

Después nos dan el cromo

por el que son nombradas,

el anagrama

con que el desorden

del amor se expresa,

o el verbo conjugado

en tercera persona. Mora

la primavera y se demora

tantísimo el retorno

fugaz de su dulzura.

 

 

Mudanza
 

Cuando vinimos a vivir entre los árboles

apareció la muerte. No la parca

la luz mala, la figura que arrastra su guadaña

sino la enfermedad precipitada, los amigos

perdidos en la noche. Justo acá

con las hojas caídas bajo el tilo

que de la gloria estival pasaron

al dorado y al ocre que declina

hacia el marrón crujiente.

No pulsará la eléctrica descarga

la sequedad de sus nervaduras,

el luminoso corazón de enero

no volverá a ser suyo. Hojas nuevas

serán las que al vacío del invierno

cubran con su follaje,

tapen las enramadas flacas

que el cielo dejan ver

sin veladura, un despejado

hogar de los chimangos

carroñeros, inmunes al temblor.

Más que otros los mamíferos sabemos

de los desguarnecidos. En la mañana

de mayo se me da recordarlo.

Y recuerdo las gatas

en los hocicos de los perros

mostrando el poderío de su instinto, entrañas

que son medallas tiesas

como el collar de orejas de los conquistadores.

Y viene a mi memoria

el desplumado benteveo, también él

relamido por la caza felina en pleno aterrizaje.

Del otro lado, la multitud de hormigas

voladoras copulando sobre el charco

en la naciente primavera

parecieron decirme lo contrario

que todo es vida

que no hay nada más. Y aunque haya

un nadie sabe qué después del fin,

¿importa? Este día habrá que hacer la fiesta

gozar del fruto rojo, de su pulpa agridulce

por si acaso

el mundo se acabara. Todo veo tan tenso

en el arco que lanza

su flecha al corazón de la pena

y como una epifanía, a la par da en el blanco

del milagro, el chispazo

exultante, es decir, del instante imperando

su urgencia para bien o mal. Estamos

donde estamos

con la certeza de una trama

compacta como el sueño que no cree soñar.

Y de a ratos nos llegan la ausencia, la desgracia

cuando las noticias tocan la puerta

y nos encuentran

acá, donde vinimos a vivir

entre los árboles.

 
 

Mamá y sus nuevas amigas de la plaza

 

Ahora es el olvido

una desmembración de las mañanas

las tardes y las noches compartidas

como si ya no fuera uno el transcurrir

y en su lugar

deja el borrón esta felicidad que no esperabas

sin penas, sin recuerdos de muertos

ni de vivos.

Pero yo llamo y nadie atiende.

Es tu desesperada criatura quien te habla

del otro lado, donde conserva

el pensamiento todavía

formas deshechas para alzarse

sobre el efímero tiempo de las cosas

desmoronadas si nadie las recuerda.

A la orfandad

desde su hechura condenadas, las cosas

que son la utilería de una vida

incapaz de imaginarse sin su escolta: un florero

de cerámica en la mesa, adornos señoriales

sobre el bahiut que imita el roble oscuro, las cortinas

abiertas como párpados para dejar entrar

la visión del jardín donde mi infancia

pierde con tu ausencia

una carrera agitada entre las lajas.

Ahora es, mamá

la alegría instantánea de una plaza

de barrio para vos

una reunión de amigas que no tienen

pasado ni nombre ni futuro.

Como un florecimiento del espíritu

bajo el sol de la siesta

a los pies de un banquito

donde sentarte a descansar el cuerpo roto

y fijar el presente como vería una niña

sin ojos que sancionen, sensibles a la luz

que es desmedida, y que solo

la ansiedad de vivir —que no es vivir—

tapa de bruma.

 
 

Mi amigo albañil

 

El día que te fuiste, lloramos como el sauce

su pena subterránea sobre el río

del tiempo, que quisiera de su sequía renacer.

Respiraba el aire frío entre los árboles

del cementerio, cuando oí

que tu mamá decía: Fue un renegado

mi Fernando, pero ¿qué

mejor hijo podría haber tenido?

Después, mientras juntábamos

las nueces de Pecán en el camino

me recordó que también vos

levantabas de las calles de este pueblo

ese fruto con forma de cerebro

diminuto, afrodisíaco, rico como el amor.

Siempre a la pesca mi Fernando, dijo

y suspiró. Salvando de la muerte

que es dejar

detalles de la vida en el olvido

pensé yo. Amigo, me enseñaste

a atesorar esta sustancia

que se deshará un día, cruzamos juntos

esta aplastante literalidad que dan la urgencia

y el yugo para inventar metáforas, excusas

que terminaron volviéndose el sentido

de un existir común. Se queda en mí

tu latido que pulsa entre las cosas

de esta casa, amigo inolvidable que nos diste

la luz en una noche oscura

que levantaste paredes derruidas

como se alzan refugios

para seguir la vida cuando escampa

un tornado, el día después

de la devastación.

 
 
 

Paula Jiménez España es una autora argentina. Ha publicado, entre otros, los poemarios La mala vida (2007), Espacios naturales (2009), La suerte (2021) y El cielo de Tushita (2022). Obtuvo en 2008 el primer premio del Fondo nacional de las artes y en 2009 una mención del Premio nacional, entre otros reconocimientos. Es periodista cultural y dicta talleres de escritura. Reside en Buenos Aires.