Cinco poemas

Silvia Guerra

 

 

1

 

Venía obstruyendo desde atrás en demasía

adentrando ese tiempo que se agolpa

en lo blando de las articulaciones. Y así

por el camino en bicicleta entre los ceibos

así, en el empedrado y la mañana.

 

Estaba un poco más allá la fuente el

surtidor, los topacios guardados de la

fragua del viento, los anillos que quedan

de cualquier extorsión. Sin embargo hay

un hilo que la busca, un tiento debajo de

las lonjas apiladas y que la luz transmite.

 

Quedan las piras, una sobre otra, el alto

pelo para la tarde próxima. Esta mañana

la luz filtra en las hojas y la tarde modifica

sus tallos. Una granada presa en grutas toscas

muda la materia reciente en una gloria verde

atiborrada entre la clorofila.

 

Es mejor el resguardo de esa hora que confunde

en las sienes. Recogerse.

El silencio es mejor. Vale la noche, vale

reiterarse en las ventanas removidas y ser

en ese instante luz en la pared

siguiente. Contra la nuca todo lo que resta:

posibles espasmos en las hojas

el halo que desprende la emoción.

 

Asciende trabajosa entre pausas y hiatos

ahogando estridencia y mediodía poniendo

trapos a los celos y proyecta las demás cabelleras

esparcidas, atónitas pero el rumor persiste crea

un submundo crece apenas. Un espacio en que

moverse desde el pálido papel hasta el sitio en

que la carnadura de la voz va al recinto del asma

y un todavía puede insinuarse, Aún,

rozando el vaso enroscando en un humo

anfibios que caen

 

en la maraña de la noche,

liban de ahí, entre el olor y el sueño.

2

 

 

No quedaba tan claro como viene. Si es del anudamiento

o es del pasmo, Nunca sabrá el olvido lo que cubre.

Balanceándose como un vestido de verano en la azotea

insinuaba opulencia en el verde, advenimiento

de lo casto produciéndose, océano desde sí más

a la espuma. Recorría la costa alta la luz buscando

entre las rocas veletas animales del plancton partículas de

seres que la noche ilumina. Hasta ahí, el canto era otra cosa.

 

Después la oscuridad pone su marcha y en la pregunta

aplasta lo que emerge. El mar como un fondo o apego

algo que llama. Siempre a llorar por esas mismas partes

de cielo, esos recortes de la costa en las desembocaduras.

Hay un borde en el que crecen pinos oscuros que perfuman

el viento. Una superposición de mareas, una alborada saca

polvo del astro: debería el tiempo respetar esas cosas

y las líneas dibujarse en otra dimensión.

 

Cables trenzados, rayas que no cesan.

Las mujeres se agolpan. Los vestidos

se achatan, quién quiere remontar esa subida,

si son los monos famélicos que desde la cima

tiran piedras. El traje en la ventana se ventila

y guarda, entre las fibras, las temperaturas de la brisa.

 

Puede ser que la muerte se introduzca esta tarde.

 

Puede ser que se anime o que no le convenga.

Como esas rutas que atraviesan los campos, es

el mismo campo compungido que atraviesa la

estepa aunque a esa altura ya haya surtidores, agua

en baldes de lata, remansos en la sombra. Lo que

queda de ahí es viento amable que a veces trae

perfume de fruta, de hojas de limonero, de

árboles de duraznos agrupados. Así la medianera,

así el silencio de la distracción y la distancia.

 

Pasa una nueva altura sobre sandalias libres que

lleva de otro modo la minucia. Y se desprende la

blusa en la frescura del color violeta. Pasa la luz

ahora y filtra lo que el sol dejó en la fruta, más

perfume viscoso, el tiempo apremia.

Solo el alrededor que queda en los

cordófonos cuando pica la tarde entre las aves.

Arma la rama que dice solo Ahora.

 

Los vegetales se deletrean entre los dedos.

Las yemas que apaciguan al tacto del socaire.

A la textura de su crecimiento.

Y desde atrás de una ventana, sobre la faz del mundo,

se ven unos carros que giran, rebozos que salpican

con manchas la planicie, más allá, unos fardos apilados

con reflejos dorados, entre todo norias atadas con trapos

ateridos. También hay otras cosas, embarcaderos, amaneceres

rojos, aquí y allá los ojos quietos de los santos

 

Y el tornasol erróneo e imperfecto

de esa agua que pasa contra el cielo.

 

 

 

3

 

Sin intención. Digamos despoblada.

Interna, adentro, exclusa, inexplicable. Sí.

Inexplicable y sigue. Sigue sigue. Siempre,

esa palabra que perdura, que le saca el tiempo

a lo demás, queda en la línea inerme de presente

que es blanca. Cielos rayados en la noche, campos

cruzados a traviesa. El dolor en pañuelitos ciegos

guardados en el cofre. Ah. Adviene, inmensa ola.

Curva la noche igual siempre apabulla, entre tanto,

el adentro prospera en el gerundio nadie sabe hacia dónde.

Porque se puede presentar cardumen y empezar a manar

sangre de golpe. Puede ser. El ruido de un gong, una figura

inmensa o aureolada. Explaya, expande. Y deja de importar,

las demás cosas, el plato con las hojas de menta la lengua

los ojos que llegaron presurosos a ver qué sucedía, si había

ayuda posible, dónde. Era. En la premura de las horas, ese

instinto secreto que guía a los mamíferos a su alimento

primordial. A las madres detrás de los camiones que reclutan

los hijos, Deméter caminando por días sin parar y sin agua

cuando la tierra se cierra detrás de los aullidos. Ah. Y los

coros con las manos unidas. No hay bendición ninguna en

ese rito, solo repetición, idolatría, solo el mando que eleva

la continuación al infinito. Entre tanto, y dentro, interno misterio,

indescifrable. Atrás silencio. Y atrás, lluvia que cae

 


 

4

 

Por ejemplo: el calor. En cualquier parte del día

Incendia la columna, llena de agua pliegues, recovecos

de los que se desconocía su existencia. Sí. Sí.

Aparecen membranas mientras va cantando el día

Y todo lo que está, florece. Olores. De las flores, orín,

olor del corazón bombeando negro apretujado ya falto

en su raíz. Sí, olor del miedo cuando joven la grupa

por el monte fulgía. Sí. Y más acá paisajes, con aviones,

los ríos dibujándose en el mapa. Todo el ras de la tierra

en polvareda. Más miedo despertado en los incidentes de

la tarde. Ah. La definición se ve impelida el tiempo

pasa sucediéndose en tramos, extremos, la música disuelve

los huesos de los hombros, los pequeños omóplatos. Esa es

la unción de los pezones incipientes un día, raya, la foto

mantiene la espalda en presente infinito frente al agua.

Ahora en la voz, ahora en el cuello que se cede, en el calor.

Traicionero. El cuadro de Brueghel desplegado en las tablas

donde pasa a la vez, todo. Simultáneo. El calor,

los montes de hace un rato desprendiendo olor a matorral,

un poco de sangre en la corteza colándose hacia abajo. No

hay resultados, todo es,

al mismo tiempo.

 

 

5

 

En la otra punta de la línea se balancea la impotencia

Pero en medio está todo. Pugnando por su forma imposible.

Acumulándose en el producimiento interminable. Se huele

se oye el ruido de fondo que acelera su pulso. Emerge

de los sueños mezclada con la niebla en jirones, crujiendo

de asombro en la penumbra. Acunada, y el diálogo

amoroso que descansa en la paz del laurel. Preferís el mes de

tierra removida como marca el recuerdo y esa voz

que se escucha en los andenes de alta velocidad repite

no te creas —no te creas—

no te creas —no te creas. Se sostiene porque la sola vida la sola

manera de estar vivo ha dictado esa cifra. Que gotea en

la especificidad del tramo. Aparece en los ojos la perdición

justo cuando la enfermedad daba la vuelta.

La proyección tira del halo más allá. Que jala. Ya nadie sabrá nada.

Solamente retumba la voz de los andenes al compás del zumbido

Y parece que dice Chajá! Chajá! Chajá!

 

 

 

Silvia Guerra. Autora uruguaya. Entre sus poemarios se encuentran: La sombra de la azucena (2000), Nada de nadie (2001), Estampas de un tapiz (2006) y Pulso (2011), así como de los textos Fuera del relato. Una biografía aproximada de Lautréamont (2007) e Historias de un pueblo que dejó de serlo (2014). En 2012 le otorgaron el Premio Morosoli en Poesía a su trayectoria.