Sexo tuiteado y otros textos

Malú Huacuja del Toro

 
 
 

Sexo tuiteado

 

Mi cuerpo convertido en bytes. Mi sangre digitalizada. Mis jadeos traducidos en códigos que navegan sobre un océano de ruedas y varillas rumbo al vertedero de cualquier instante desprevenido.

El orgasmo femenino periférico y central era la eternidad de la que ninguna mujer podía ser despojada, hasta que comenzaron a colgarlo en Instagram y YouTube los mercaderes de su templo. Ahora ya no se puede sentir que se disfruta un cuerpo o se paladea un postre si no existe una fotografía de ese placer o de ese plato de pastel.

Pero tú y yo nos adoramos después de amarnos, cuando trataste de videograbar mi cara mientras explotaba porque creíste que solamente lo haría una vez.

Hasta que entendiste que aquellos gemidos de aparente satisfacción solo eran la antesala de un largo viaje por el mar de nuestras delicias.

Dejaste de grabar videos. Te concentraste en hacernos gozar; en conocer el infinito en mis cosquillas y en hacerme perder la conciencia contigo adentro de mí.

Por eso, cuando nos anunciaron lo sucedido, no creíste que pudiera tratarse de nosotros. No había modo de grabarme teniendo orgasmos, aún si alguien se había robado tus videos. No era posible que esos momentos estuvieran propagándose en la red de los gorjeos sociales; reproduciéndose en el basurero de las trivialidades una y otra vez, en dimensiones fractales que rebasan por mucho nuestros miedos iniciales a que mis padres o tus hermanos nos vieran.

Ahora estamos en todo el mundo desnudos, amándonos, porque alguien no soportó nuestra algarabía y decidió destruirnos diseminando nuestro placer.

Y entonces entiendo algo que había leído sobre los amantes de la muerte: videograbar o fotografiar todos los momentos de la vida no necesariamente equivale a preservarlos, sino a descuartizarlos. Por eso, de alguna manera, tienes razón y tampoco soy yo la que se encuentra en tu pantalla. No exactamente. Pero no importa: ya desde cualquier parte del mundo, en todos los idiomas, los multitudinarios espectadores creen que ese trasero soy toda yo haciendo el amor contigo; que no hay nada más de mí aparte de mis gritos y mis ojos cerrados cuando oprimo tu pene en mis entrañas.

Lo que no verán es el trabajo que le pusimos a este amor, la forma como estudiamos nuestros cuerpos y nos enseñamos a darnos placer mientras los otros dormían o se drogaban. Nunca verán por qué nos comíamos. Les pareció muy gracioso que habláramos tanto mientras nos explorábamos nuestros orificios. Que nos explicáramos todo de la manera más detallada, en lugar de actuar como en las películas, donde pareciera que con tan solo mirarse ya los amantes saben perfectamente lo que les va a dar placer.

Los teléfonos inteligentes no estaban preparados para mi Punto G desparramado en cinco versiones distintas por mis caderas hasta mi frente, las yemas de mis dedos y mis empeines. No logran asirme. Colmo y prolongo todo el frenesí que tus miradas pretendieron desatar desde el primer momento en que nos conocimos.

Pero alguien pensó que nuestros cuerpos no son bellos y decidió robar nuestro júbilo para difundirlo en un escupitajo titulado Gordos cogiendo.

Vivimos en un mundo de cristal. Ahí se irá mi último aliento, y me derramaré en el instante inmóvil de mi rabioso descontento. En mi suicidio tuiteado, sobre la horca de mi vergüenza, entrego a la diosa del entendimiento mi último suspiro indignado.

 

 

El jardín de la fama virtual

 

Eran ellas mismas, pero irreconocibles. Se parecían muchísimo a Simona Brandy, sin expresión en los ojos, con una cara borrada, igual a la de todas y a ninguna.

Pero más le valía callarse sus opiniones sobre la dicha figura pública, pues Simona Brandy era ahora el motivo fortuito de su propio éxito, antes impensable. Ni Rosa ni sus socias del Ramillete habrían imaginado jamás estar cerca de tener un millón de seguidores.

El triunfo unió a Rosa, Jazmín y Rocío de manera tan superficial como la coincidencia de sus nombres. Ni siquiera eran muy amigas. Cuando empezaron a sobresalir, hicieron tácitamente el pacto de tratarse como hermanas por haber sido bautizadas como florería, pero nada más. No necesitaban dar razones. Si algo aprendieron en su gesta ciberespacial es que a las masas envalentonadas por el anonimato en redes sociales no les gusta saber de razones. Ya nada llamaba la atención si no era absurdo o repugnante o estrambótico o inexplicable o inaceptable; de preferencia, nunca visto, como el video de los trillizos albinos, o el del señor que se podía comer cien albóndigas sin vomitar.

Con su cuenta llamada Ramillete en Instagram, Rosa Jazmín y Rocío lograron sus primeros diez mil seguidores metidas en el sótano del taller de costura de Julia, la tía de Rosa, quien junto con su silencioso marido Humberto pasaba toda la tarde en la tienda despachando clientes y les permitía hacer cuanto quisieran sin molestarlas, pues no tenía hijos y no sabía cuánto había que vigilarlos a los dieciséis años.

Las chicas le decían que estaban estudiando. Cuando le pedían tela y prendas para sus «ejercicios interactivos» de la escuela, Julia creía que aquello era normal. Ya todas las tareas se hacían usando la cámara del teléfono, con escenificaciones que ella no entendía. Llegaban casi todos los días a las cuatro de la tarde a su pequeño local de la calle Venustiano Carranza en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y se iban cerca de las ocho. Limpiaban siempre todo el taller y el garaje. No hacían ruido. No tenían una banda musical. No metían hombres a la casa. No bebían ni se drogaban. Julia pensaba que no había de qué preocuparse.

Tampoco parecían incomodar a su apacible marido, quien siempre que se cruzaba con ellas a la salida, les invitaba cortésmente un café. Ellas adoraban ese gesto. En ningún otro lugar habrían podido emprender todo lo que hicieron sin ser severamente castigadas.

De todas maneras, la idea de Jazmín de desnudarse completamente, pero encapuchadas como flores en las cabezas para evitar que sus respectivos padres y hermanos las identificaran, fue una excelente precaución. Constituyó, de hecho, la clave de su éxito inicial. Los comentarios respecto a su posible fealdad o belleza debajo de la capucha no se hicieron esperar. Las participaciones a favor y en contra les dieron visibilidad.

Pero la verdadera gloria les llegó cuando a la mundialmente famosa Simona Brandy se le ocurrió difundir un video de ella con una capucha de girasol, no desnuda, sino en bikini. Para las chicas del Ramillete fue una bendición. Su público empezó a calificarlas como «las verdaderas» florecitas provocadoras. Por ese golpe de suerte, en menos de una semana alcanzaron la victoria más anhelada por todas sus compañeras de la escuela: llegaron a los quinientos mil seguidores.

Increíblemente, ahí empezaron los problemas. Comenzaron a proliferar videos de muchachitas encueradas con capuchas de todo tipo.

Tan pronto miles de jóvenes descubrieron que era la mejor manera de ganar popularidad en redes evitando ser identificadas por sus familiares o compañeros del colegio, y de jugar a las escondidas con los jóvenes con los que sí querían tener sexo, todas empezaron a hacer lo mismo en un sinfín de estilos. Muchas bailaban muy bien, cosa que las muchachas del Ramillete no sabían hacer: todo lo que hasta entonces se les había ocurrido era besarse y acariciarse con música para aeróbics, siendo que ni siquiera se gustaban entre ellas. En cambio, desde distintas partes del mundo, aparecían ahora jovencitas haciendo espectáculos formidables, desde caminar por la cuerda floja, bailar ballet, cruzar aros de fuego y hasta montar a un tigre manejado por alguien fuera de cuadro.

Las chicas del Ramillete dejaron de ser novedad tan pronto como triunfaron.

Ya no solo eran parte del montón, sino de las más mediocres, en comparación con tantas enmascaradas desnudas tan diestras, talentosas y profesionales.

Después de eso, tal como habían aprendido en sus cursos en línea sobre publicidad, “cambiaron el tema” y el “gancho comercial”, sustituyendo el sexo por el miedo y el morbo. Intentaron unos supuestos rituales de brujería impactantes, con asquerosas imágenes de animales muertos y sangre en sus cuerpos, pero su cifra de espectadores se detuvo a los ochocientos cincuenta mil, tan pronto como el resto del mundo descubrió que con eso se ganaban visitantes.

Una vez más, cualquiera sabía hacer lo mismo, y hasta mejor.

Temerosas de perder más público, entendieron que había llegado el momento de escenificar la despedida que habían acordado tiempo atrás para llegar en un solo día al millón y vender su perfil inmediatamente, cuando estuvieran en la cumbre de su cotización. Se repartirían todo el dinero por partes iguales. Ya varios youtuberos metidos en política les habían hecho ofrecimientos de compra. Su Día del Juicio Final consistiría en anunciar una fecha en la que se quitarían, por fin, las capuchas. Mostrarían sus caras y sus cuerpos desnudas frente al Hemiciclo a Juárez. Seguramente con eso rebasarían la meta de espectadores y podrían capitalizar su logro.

Ninguna de las tres contemplaba su vida a largo plazo: que siempre quedaría esa imagen flotando en el ciberespacio inoportunamente, para avergonzarlas en cuestiones de amor y perjudicarlas en lo profesional. Lo único que podían calcular eran los conflictos familiares potenciales, una vez convertidas en la vergüenza inocultable.

Pero tampoco sucedió lo que anticiparon. Efectivamente, se desnudaron en la calle y posaron antes de que alguien llamara la atención de la policía. Vendieron la cuenta sin problemas, recibieron cada una su jugoso pago en efectivo, y esperaron calmadamente la tormenta familiar.

Misma que nunca llegó.

Es lo único que no calculaban que ocurriría: nada.

Sus familiares y conocidos no parecían haberse enterado de lo que habían hecho, y no porque estuvieran simulando indiferencia, sino porque las jóvenes que se habían quitado la capucha tenían otro rostro.

Eran ellas mismas, pero irreconocibles. Se parecían muchísimo a Simona Brandy, sin expresión en los ojos, con una cara borrada, igual a la de todas y a ninguna.

 
 

No quería que se muriera

 

“Yo no quería que se muriera. Quería que me respetara”, apuntó asombrosamente Ramón en el mensaje junto con los diez dólares para la colecta del funeral.

Ramón está aprendiendo a leer y escribir. Su hijo le está enseñando. No pudo ir a la escuela en su natal estado de Michoacán, México. Es repartidor de una tintorería en la multicultural Nueva York, donde hasta hace poco su aspecto físico y su nacionalidad no representaban motivo de enojo para los consumidores.

Pocos resintieron tan rápido como él cuando los supremacistas blancos colocaron en la presidencia a un diestro agitador verbal. De un día para otro, se normalizó el discurso racista. Las entregas de ropa planchada se convirtieron en travesías de terrenos minados, donde muchos clientes, envalentonados por las diatribas de su mandatario, le gritaban majaderías, tronándole los dedos, exigiéndole que se lavara las manos.

Ramón intuyó que gozaban más humillándolo que viviendo.

Por eso, después, cuando la ciudad se convirtió en el epicentro de la pandemia, no le sorprendió ver a uno de ellos en un video protestando sin cubrebocas, exigiendo fin al confinamiento, como si el virus fuera uno de los mexicanos a los que tanto odiaba.

Y después, al igual que muchos, el zalamero murió infectado.

Lo inverosímil es que ahora sus familiares estén haciendo una colecta en línea dinero para el entierro, después de haberse burlado de todos los que, según ellos, fingían estar enfermos.

Ramón ha decidido responder al llamado de tanta equivocación con ese mensaje explicativo, junto con su aportación económica: él no quería la muerte de nadie; quería respeto.

 
 
 

Malú Huacuja del Toro. Novelista, dramaturga y guionista mexicana. Entre sus obras recientes se encuentran las novelas policíacas Al final del patriarcado (2021) y Todo es personal (2021); así como el guion de Rencor tatuado (2018) y la obra Madme Quixota’s Last Words, seleccionada en 2023 por Transformation Theatre para su temporada de lecturas dramatizadas virtuales. Reside en Nueva York.