Genealogías

Myrna Nieves

 

 

I

 

 

Mi prima me dijo casualmente desde el guía del automóvil que se dirigía a Middletown, Connecticut:

—Tengo noticias de mi tatarabuela y sus hermanas, algo interesante pero increíble que tu abuela le contó a mi padre y a mi madre.

Desde el asiento trasero y comenzando a disfrutar una corta visita con mi madre y mi hermana a mis primas, sentí gran curiosidad y pedí que explicara. Mi madre no dijo nada, pero volvió el rostro ligeramente, esperando.

—Las hermanas de nuestra tatarabuela eran brujas allá en Islas Canarias.

Mi prima estaba siendo críptica a propósito, las oraciones se quedaban en la boca; el vacío que dejaban revelaba una excitación no exenta de cierta preocupación. Pensé que no le preocupaba tanto la información como nuestra propia reacción, especialmente de los devotos en el carro. Nadie comentó.

Decidí intervenir como mejor pude.

—He leído que en Canarias hubo una incidencia alta de brujería, especialmente en Santa Cruz de Tenerife (de donde era mi abuela), un lugar medio aislado por estar tan retirado de España, y fuera de África, en pleno océano. Cuando pequeña aprendí mucho de brujas, los cuentos abundaban con nombres y detalles sorprendentes, como los ungüentos bajo el sobaco para volar y su mierda verde como la mostaza.

Mi hermana intervino:

—Tía Carmen me contó de una bruja de Camuy que decían viajaba nocturnamente a Cuba, donde era amante de otro hombre. La hirieron en un brazo y al otro día despertó en Puerto Rico con la herida.

(Luego recordé, pero no les dije, que recientemente una de mis estudiantes jóvenes me contó de su verano visitando a los abuelos en un pueblo del centro de la isla; que se oían pasos, golpes y risas en el techo por las noches y su abuelo dijo que eran las brujas y salió a espantarlas con una escopeta. Al otro día les ayudaba a limpiar los excrementos, pero al anochecer estaba aterrorizada y deseando regresarse pronto a Brooklyn, aunque le daba pena no ver más a sus abuelos).

—También leí formalmente del mundo de las brujas, —continué así, medio didáctica— desde el punto de vista de las luchas con la Inquisición. Personalmente, pienso que la mujer siempre ha sabido de la naturaleza, de las yerbas y sus remedios y que en épocas anteriores eso se consideraba malévolo y hubo —hay— una gran persecución de su poder.

Mi prima agradeció el preámbulo:

—Sí —añadió—. También las curanderas eran muy importantes. Creo que Abuelita Minín nació con curandera y eran una especie de médicos de pueblo. ¿Naciste con curandera tú también, Sarah?

Sarah, mi madre, rectificó:

—No, yo nací en un hospital, por ser la menor; pero Irene, Carmen y Minín y nuestros hermanos nacieron con curandera, que además de parteras, sanaban empachos y recetaban.

Mi prima esperó unos segundos y luego, sorprendentemente, pues su madre y ella eran muy devotas, señaló con cierta rabia que tenía algo de rebeldía:

—Yo creo que las religiones pueden ser muy opresivas— y habló de la intolerancia con los gay y el control de la natalidad. Se suscitó una polémica sobre la represión sexual y cuentos de monasterios y fetos y abusos. Mi madre balanceó con la caridad y habló de la labor de los salesianos, entre gestos de aprobación de todos. Terminaron en el aborto, del que no dije nada por no polarizar la situación.

Silencio.

Las fincas a los lados eran hermosas, algunas vacas pastaban, los graneros despintados y enormes llamaban la atención. Las casas, muy dispersas, se ocultaban tras la vegetación. El camino angostaba y y serpenteaba de paso a la casa.

Como nadie decía nada, decidí presionar de nuevo y le pregunté a mi prima:

—Bueno, ¿y qué le dijo mi abuela a tus padres?

—Después hablamos de eso— y se concentró en guiar sin más detalles.

 

 

II

 

 

En la tarde, me acerqué a mi prima cuando estaba sola en la cocina.

—¿Qué dijo Mamá Abuela?

—No sé mucho sobre ello; mami sabe más, pero tu abuela dijo que su mamá le contó que cuando era pequeña sus hermanas se acostaban y se iban a hacer viajes nocturnos y la dejaban cuidando los cuerpos, porque si alguien venía y las viraban al revés, el espíritu no podía entrar al cuerpo y fallecerían. Ella se moría de miedo, porque era pequeña y las hermanas se iban a veces por días. Siempre andaba asustada de que la pusieran a velar los cuerpos.

—He leído sobre ese tema. A veces describen al espíritu como un abejón que entra por la boca. Es algo que nunca antes habían dicho en la familia. ¿Cómo es que Mamá Abuela se lo dijo a tus padres y no a mi madre, que es su hija?

—Sabes cómo son las familias. Hablan ciertas cosas con unos y no con otros.

—¿Qué más dijo?

Incómoda (¿le preocupaba la marca ancestral en su devoción religiosa?), se secó las manos con el paño de cocina y puso las costillitas sobre el plato.

—No sé más. Después le preguntamos a mami.

 

 

III

 

 

Pero no le preguntó. Así que por la noche, cuando Sonia, que nos había recibido en la casa con mucha alegría, subía al piso principal tras despedirse y dejarnos cómodamente instalados en su apartamento en el piso inferior, la seguí por las escaleras y le pregunté sin reparos.

Se volvió levemente, sin dejar de subir y me dijo.

—Ah, sí, decía que sus hermanas levitaban.

—¿Que levitaban?

—Sí, levitaban, e hizo con la mano, indiferente, un gesto indicando la acción. Entonces añadió que la llamáramos si necesitábamos cualquier cosa y despidiéndose sin premura, cerró la puerta y me dejó perpleja.

 

 

IV

 

 

Después del desayuno, ayudo a mi prima a limpiar la cocina.

—Sonia me dijo que las hermanas de la madre de mi abuela levitaban.

Sorprendida, abrió los ojos.

—¿Eso dijo?

Asentí. Mi prima, después de unos segundos, musitó:

—No, eso no es lo que ella y papi me contaron.

Silencio.

Consideré prudente no insistir. Pensé que mi primo había sido rosacruz o masón y si estuviera vivo me diría con claridad.

 

 

V

 

 

En el almuerzo, cuando se empezó a hablar de los nombres de los viejos de la familia, pongo el tema. Repito lo que me dijo mi prima.

Mi prima, en un gesto de valentía, asiente y repite. Mi madre dijo con firmeza, y quizá con sinceridad (aunque es una experta bloqueando en su mente asuntos que no puede reconciliar):

—Mamá nunca me habló de eso.

Silencio.

Sonia vio la necesidad de defender su pertenencia a la familia. No dijo nada sobre el relato, pero señaló:

—Ya sabes cómo quería Da. Josefina a Leo (mi primo), le hablaba mucho.

Mi madre asintió, y se habló de cómo mi abuela se había sentido feliz de que Leo la fuera a visitar después de su boda. Mi prima de paso comentó que cuando su padre y su madre habían venido con Sonia desde Costa Rica (país natal de Sonia) para que Sonia conociera a la familia después de la boda, observaron lo impresionada que había quedado con la belleza de mi madre:

—Dice mami que Sarah era bella, con unos ojos enormes y muy negros, el pelo robusto y abundante, y la piel le brillaba. Ella le preguntó a papi: “¿Y esa es tu Tía?”

Mi mamá no respondió pero.escuchó con placer y entonces continuaron hablando de gente de la familia que no.conozco pero he oído y mi prima, que está haciendo un árbol genealógico, se.apresuró a buscar el álbum y a copiar los nombres que le dictaba mi madre: Filomena, Evarista, Telesforo, Emérita, Lucas, Luciano, Irene, Martín, Gregorio, Narcisa, y los que no vio mucho más, que se fueron a vivir a Lares, San Sebastián, Hatillo, hasta Cuba, Venezuela y Virginia…

 

 

VI

 

 

En la guagua de regreso, mi madre y mi hermana se sentaron juntas y yo logré sentarme sola. Pensé en mis sueños, las visiones de mi Tía, la intuición de mi madre… Sentí que algo había cambiado con lo que descubrí; en verdad se hacía más inteligible.

 

 

VII

 

 

Al fin cuando, entre edificios y calles saturadas de tráfico nos acercábamos a Penn Station, añoré el campo frondoso de mi prima, pero para consolarme recordé a mis amigos, que en algún lugar de la ciudad me esperaban. Entonces sonreí con malicia y pensé decirles, continuando una conversación sobre linajes que tuvimos hacía unos días, que si sus antepasados habían sido humanistas renacentistas, los míos eran brujas de la Ilustración.

 

 

Genealogías II: Muebles

 

 

Mi hija, mi nieta y yo regresamos a New England (Connecticut) un día helado, pero sin lluvia ni nieve. Esta vez visitamos a mi prima Raquel, que solo tenía un perrito y no un gato como su hermana, que me causó un asma casi fatal la vez pasada. Mi prima Raquel y su esposo Micky nos acogieron calurosamente con arroz, lentejas y carne. Sus niñas estaban tan grandes que ninguna de la ropa que llevaba de regalo les sirvió. Luego del almuerzo y los diálogos de rigor —qué hacían, cómo les iba, admirar la casa y escuchar el piano— mi prima me llevó a la sala principal, lejos de todos y me dijo:

—Me preguntaste antes dónde están los muebles que heredé de Tía, porque no los viste en esta sala.

Mi Tía Carmen había adquirido unos hermosos muebles de caoba negra y mimbre que se producían en Puerto Rico en el primer tercio del siglo 20, obra artesanal de tallado simple pero que inmediatamente impresionaban al espectador por ser sólidos, sobrios, tropicales. Poseían una paradójica mezcla de dureza y permeabilidad.

Antes de morir, la Tía repartió la mayor parte de sus posesiones, y su sobrino Pucho (su favorito) tan solo le pidió los muebles, que se los concedió de inmediato, para el encono de varios miembros de la familia. A mi madre le tocó un crucifijo de bronce con base de mármol y a mi prima Norma, la máquina Singer que había escogido mi Tía entre todas las que tuvo en su taller de costura. Algún tiempo después, al morir Pucho, los muebles se los repartieron entre sus dos hijas (los hijos varones no se interesaron) y Mabel colocó el sofá y dos butacas merecedoras de esa herencia en la sala de la casa. Ahí los vi por varios años, un toque de antigüedad que se ajustaba bien a la casa amplia y bien cuidada de mi prima.

Al hablarme, Raquel me tocó el brazo, por lo que entendí que necesitaba mi atención y que lo que iba a decir era más bien privado, que no lo quería hablar en público, aunque su familia lo supiera (de eso no se hablaba).

—Te contaré lo que sucedió con los muebles a ti porque he leído algo de lo que escribes y sé que entiendes estas cosas; a otros no se los puedo decir porque me creerán loca… Verás, después de operarme, no podía caminar bien y mucho menos subir y bajar escaleras; y como sabes, esta casa es toda escaleras. Pedí que me colocaran la cama de posiciones en el primer piso en lo que me recuperaba. La primera noche, quizás de cansada, dormí nueve horas sólidas sin despertar y me sentí muy bien. A la noche siguiente, empecé a ver alrededor de los muebles gente que no conozco, que entraban y salían y me miraba desde arriba. Se asomaban, hablaban y o conversaban entre sí. Eran muchos. Decían:

—Vente, ven.

—Ven con nosotros.

—Tienes que venir con nosotros.

—Te vamos a llevar.

—Ya está bueno de estar en esta tierra, es tiempo de partir.

—¿Verdad que la vamos a sacar de este mundo? Sí, sí, tiene que morir.

—Te vienes con nosotros ahora.

Raquel continuó relatando lo sucedido, con ojos como platillos y pasándose la lengua por los labios, ansiosa. Continuó:

—Cuando yo oí todo eso empecé a gritar. Mi esposo me había puesto un monitor de bebé para escucharme, por si necesitaba algo.

Me oyó y bajó desesperado las escaleras, porque creía que me había caído. Casi no podía contestarle porque no podía parar de gritar.

—Raquel, ¿estabas durmiendo cuando los viste o despierta?

—No estaba durmiendo aún, estaba en ese período entre el sueño y la vigilia.

—¿Los viste o los sentiste?

—Los vi, como te veo a ti ahora; de momento no reaccioné pues me dio curiosidad de que fuera gente que nunca había visto. Eso te iba a preguntar, si eran familia o gente que no conocíamos.

—No, nada. Nadie conocido.

—¿Y los muebles?

—Solo se colocaban alrededor de los muebles que Tía Carmen le dejó a Papá, así que sospeché una conexión con ellos. Al otro día llamé para que al que le interesaran, se los llevaran.

­—¿Y crees que los seres que viste vinieron a través de los muebles?

—Elena, tan pronto salieron los muebles de aquí, cura santa: no volvió a suceder, hasta el sol de hoy.

—¿Seguiste durmiendo en la sala?

—¡No! Micky me ayudó y cómo pudimos subimos las escaleras escalón a escalón.

Después de una pausa de segundos, añadió:

—También recordé que de noche pasaba por el lado de ellos y apresuraba el paso, incómoda. Siempre los sentí raros. Me quedé con una mesita de coctel porque le pasé la mano y… bueno, yo también sabía que esa mesa no era del juego; se la hizo el Tío Lázaro a Mamá (su bisabuela, mi abuela) y no era parte de los muebles que adquirió Tía originalmente.

—Dices que le pasaste la mano… ¿qué sientes cuando le pasas la mano a los objetos?

—Micky dice que soy bruja —dijo riéndose—. No sé; le paso la mano y sé.

Haciendo un esfuerzo por precisar una respuesta que yo entendiera, continuó:

—Cuando le pasé la mano a la mesa sentía la energía tranquila.

—¿Y a los otros muebles no le sentías esa tranquilidad?

—No.

Sin atener a añadir nada más, me le quedé mirando. Entonces vinieron nuestras hijas a ver el álbum de fotos del reciente viaje de la familia de Raquel a Corea y Japón, y no se habló más del asunto.

Horas más tarde, en el camino de regreso, pensé en preguntarle a mi prima si por la ropa y los peinados podía identificar la época de los aparecidos o si sus gestos denotaban alguna emoción. La he llamado para preguntarle y le dejé un mensaje. Aún no me ha respondido, pero supongo que lo hará. No le he enviado un correo electrónico porque creo que en estos días no usa mucho la computadora, ocupada con su trabajo y sus niñas adolescentes.

Me quedé también algo temerosa por mi prima, no sea que después de un tiempo vuelvan por ella. Todos vamos a morir en algún momento, pero no quisiera que la halaran antes de tiempo.

Mi Tía tenía buen corazón y siempre cuidó de que a su casa solo entraran buenas personas, así que no entiendo cómo se abrió ese aparente portal.

Sí recuerdo que según mi madre, Tía tuvo una experiencia con una vecina, sentadas ambas en los muebles. Nunca se lo pregunté a mi Tía, porque al parecer, no hablaba de estas cosas con sus sobrinas. Una de las vecinas de Tía que se había mudado al área metropolitana, Ana Arcángel Caraballo, pasaba por el pueblo un día y decidió visitarla, para conversar un ratito. En esos tiempos había muchos problemas en nuestra familia. Tía era una mujer fuerte y decidida, cuyas palabras y actos eran bien balanceados y certeros, por lo que sus hermanas y sobrinos la consultaban y pedían ayuda a menudo. Sabía escuchar y aceptaba las decisiones que se tomaran después de ofrecer consejos (y a veces dinero). Ana Arcángel se sentó en los muebles esa tarde y después del café y las galletas de rigor, le conversaba a Tía y de repente, en medio de su conversación, dejó de hablar y cerró los ojos. Mi Tía, en expectativa, sin saber qué pensar, la observó unos segundos. Ana Arcángel abrió los ojos, que la miraron un momento y luego recorrieron la habitación como si no hubiesen visto la sala en mucho tiempo. Y exclamó con placer, “Ah, ¡qué fresco hace aquí!… ¿Dónde está Felita?” Mi Tía se sorprendió porque su madre (mi abuela) estaba muerta desde hacía muchos años. Entonces Ana Arcángel sonrió y le dijo, “Soy tu padre y vengo a decirte que sé que a veces deseas ponerle cuatro ruedas a esta casa e irte de todo esto. Comprendo que te sientas así, pero debo decirte que te traen los problemas a ti porque soy yo el que los inspira a ello. Eres la más sabia y capaz de resolverlos; todos te respetan. Yo te ayudaré dándote valor y claridad. No temas”. Y sin esperar respuesta, que de todas maneras mi Tía no podía atinar a darla, Ana Arcángel cerró los ojos unos segundos y cuando los abrió, mi Tía sintió que su vecina había regresado, pues continuó en el lugar exacto la oración que haba comenzado antes del “mensaje”, como si no pasara nada. Al rato dijo, “Me ha dado dolor de cabeza, qué raro”. Mi Tía le ofreció agua y continuaron hablando sobre las plantas del jardín y los nietos de su vecina. Al rato dijo que se iba y se despidieron en la escalera.

Mi Tía nunca le dijo a Ana Arcángel Caraballo lo quephabía pasado. Lavó con creso toda la casa y se sentó en el balcón a echarles maíz a las palomas y tratar de olvidar lo sucedido.

Me pregunto si pueden ser portales no solo los lugares y las personas, sino también los objetos (supuestamente) inanimados. A lo mejor era cuestión de domar la energía, pero mi prima se asustó mucho y yo también lo haría, quizás. Me parece ver los muebles; los conozco tan bien que hasta pienso que podría identificarlos entre muchos; los muebles sobrios de mi Tía, tan duros y permeables.

Después recordé que cuando mi prima llamó para que los sacaran de la casa, su hermano Guido dijo que él los recogía. Vino con un van y se los llevó para su apartamento.

 

 

 

Myrna Nieves. Autora puertorriqueña. Ha publicado, entre otros, Libreta de sueños (narraciones, 1997), Viaje a la lluvia (poemas, 2002), El Caribe: paraíso y paradojaVisiones del intelectual en Alejo Carpentier y Emilio Díaz Valcárcel (2012) y Breaking Ground / Abriendo caminos: antología de escritoras puertorriqueñas en Nueva York 1980-2012 (2012). Dirigió por 20 años la Serie Invernal de Poesía de Boricua College. Es cofundadora de And Then Press y curadora de la revista And Then.