Luisa Etxenike entrevistada por María Pilar Rodríguez

Luisa Etxenike es una escritora de gran relevancia y con una sólida trayectoria. Ha cultivado varios géneros. Ha publicado las novelas: Efectos secundarios (1996), El mal más grave (1997), Vino (2003), Los peces negros (2005), El ángulo ciego (2009) (Premio Euskadi), El detective de sonidos (2011) y Absoluta presencia (2018); varias colecciones de relatos; el poemario El arte de la pesca (2015); y obras teatrales: La entrevista (junto con el físico Gustavo Schwartz) (2015), La herencia (2016) (Premio Antonio Buero Vallejo) y Gernika es ahora (2017).

Luisa es, como nos explica en esta entrevista, ante todo una artista, una escritora con un estilo propio y reconocible en el panorama de las letras vascas y españolas; pero es una intelectual y una activista cultural, ya que su acción se extiende a una proyección en los principales medios de comunicación, y colabora habitualmente en prensa escrita y radio. Su labor se extiende igualmente a acciones culturales dentro y fuera del País Vasco. Desde hace varios años dirige un taller de escritura creativa. Es directora del espacio digital canaleuropa.eu y del festival literario Un mundo de escritoras. Ha recibido del gobierno francés la distinción de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, y en 2013 el Ayuntamiento de San Sebastián le concedió la Medalla al Mérito Ciudadano.

Quienes conocemos a Luisa desde hace tiempo, nos sentimos tremendamente privilegiados por poder mantener cualquier conversación con una persona de gran inteligencia y talento, extraordinaria cultura y rápida respuesta, que nunca elude la confrontación o el debate crítico y despliega un pensamiento lúcido en torno a los asuntos que más importan en nuestras sociedades contemporáneas.

 

María Pilar Rodríguez. Tu trayectoria profesional, intelectual y artística es poco habitual. Estudiaste Derecho; escribes artículos de prensa; eres una activista cultural en sentido amplio; organizas encuentros y jornadas de artistas e intelectuales y eres escritora. ¿Qué lugar ocupa la escritura de ficción en tu identidad? ¿Crees que ser escritora te define más que cualquier otra faceta?

 

Luisa Etxenike. Sí; la escritura es el eje en torno al que gira todo lo demás, o si lo prefieres, la viga maestra de una estructura hecha de todas esas otras actividades. Una estructura multifacética, pero en armonía. Y digo armonía porque la escritura alimenta todas las otras actividades y también se nutre de ellas, de las reflexiones que permiten. Es una estructura hecha de pasarelas de unión por las que transito constantemente. Pero sí, me defino primero como escritora.

 

MPR. Ya tienes una larga trayectoria como escritora con un estilo propio, absolutamente reconocible, que marca tu escritura, y que la crítica ha definido como la búsqueda de la palabra esencial o como la contención y la depuración lingüística para abordar el dolor en sus diversas facetas y para huir de los caminos trillados, de las formas estereotipadas y del sentimentalismo. ¿Qué importancia concedes a esa depuración literaria y qué relevancia tiene la forma al expresar el dolor?

 

LE. La lengua literaria es para mí otra lengua, una lengua extranjera, en el sentido de que entro en ella con las precauciones, los vértigos y también el entusiasmo con que entras en un territorio no del todo conocido, donde pierdes la sensación de control. Es un terreno de exploración del y con el lenguaje, de descubrimientos y también de nacimientos. Yo creo que la literatura tiene que hacer con palabras viejas o con palabras de siempre, realidades nuevas, recién nacidas, y crear para esas palabras un espacio único, una caja de resonancia propia, también recién nacida. Y en un mundo, como el actual, saturado de discursos e imágenes que muchas veces son muy poco fiables, ese espacio creado tiene que ser, para mí, de autenticidad, de sobriedad, de precisión máxima, y de sugerencia más que de presencia rotunda. Solo mediante la sugerencia se construye una libertad para el personaje y yo diría que la verdadera comunicación con el lector, que está obligado a intervenir, a buscar, que tiene que participar en devolver la presencia a lo que está presentado en esa semi-ausencia que constituye lo sugerido.

 

MPR. El dolor y la violencia adquieren diversas formulaciones y se encarnan en personajes que nos permiten asomarnos a experiencias duras, a vidas difíciles en las que percibimos abusos sexuales, violencia terrorista y traumas emocionales; como resultado de una violencia estructural, que extiende sus tentáculos desde lo político hasta lo social y lo familiar, y la oscuridad que provoca el daño causado. ¿Cómo te planteas la exploración del dolor, de la violencia y del sufrimiento?

 

LE. El sufrimiento hay que atenderlo; hay que mirar a nuestro alrededor con avidez y sin indiferencia. A mí me ha tocado vivir y escribir en un contexto y en un tiempo muy poco inofensivos. Primero la dictadura franquista, luego la que quiso imponer en Euskadi el terrorismo de ETA. Mirar aquella realidad implicaba abordar necesariamente cuestiones como la violencia y el sufrimiento que causaba. Pero hablar de esa y otras violencias, que no faltan desde luego en el mundo actual, implica para mí, en primer lugar, la responsabilidad de la forma, la responsabilidad del cómo: cómo decirla, cómo representarla en mis libros. Y lo que busco, lo que dirige mi poética literaria, es no convertir el sufrimiento en un espectáculo; es decir, no hacer del sufrimiento y del horror presentaciones obscenas, fáciles, complacientes con la brutalidad, que conviertan al lector en un mero espectador. Porque “un hombre que gime no es un oso danzante” como escribió Aimé Césaire. Es algo fundamental para mí, el principio ético/estético de mi escritura. Creo que cuanto más escandaloso es el tema: los abusos sexuales, la violencia de género, y naturalmente la violencia terrorista, menos escandalosa tiene que ser la forma. Yo he abordado todos esos temas en mis libros, buscando hacerlo de una forma sobria, considerada, pudorosa, por las razones que acabo de apuntar y también porque es obligación del artista impactar en el lector. Ser, como decía Kafka, el hacha contra el mar de hielo que hay en nuestro interior. Y yo creo que solo cuando la forma está desnuda en su sobriedad, en la pura sugerencia, puede ser esa hacha, puede impactar verdaderamente; porque solo así se obliga al lector a recrear las imágenes cada vez, a evidenciarlas, a hacerlas nacer del modo más literal ante sus ojos. Es así como se consigue el impacto, por participación; la imagen surge en la mente de quien está leyendo, como en un nuevo nacimiento, en tiempo real, cada vez. Yo creo que hablar del sufrimiento o de violencia para dejar al lector como un mero espectador pasivo sería, no solamente un fracaso literario, sino también un fracaso moral.

 

MPR. La dificultad que experimentan los personajes de tus novelas en contextos muy diferentes, marcados por la violencia externa o interna, se transforma en una oportunidad para transitar desde el miedo, la oscuridad, la vergüenza y la parálisis, hacia la libertad o la apertura a un futuro imperfecto pero vivible. Hay un optimismo esforzado que se alcanza tras un proceso duro, similar en cierto modo a la terapia que, en ocasiones, es imprescindible para superar traumas o conflictos.

 

LE. Mi posición, que a menudo califico de anti determinista, tú la describes como optimismo, pero yo no lo llamaría así. Porque optimismo es un término que no acabo de ver —pesimismo tampoco, por otro lado— por una cuestión de “destinatario”. El optimismo es un sentimiento ensimismado, desde y para uno mismo. Yo prefiero hablar de confianza, porque la confianza se dirige a uno mismo, pero también a los demás. Y yo soy una persona confiada. Y confío, entre otras cosas, en la grandeza humana. Y decirlo hoy me parece políticamente imprescindible, porque vivimos rodeados de imágenes y de representaciones empequeñecidas del ser humano. Como si fuéramos solo seres poco inteligentes, mezquinos, iracundos, siempre dispuestos a falsear, a mentir, y a conformarnos con cualquier cosa. Estamos literalmente inundados de muestras de imbecilidad y de mala fe, cada vez más difundidas por los medios y las redes, cada vez más visibles. Pero sabemos que también convivimos con lo contrario, con la grandeza humana. Y es en las situaciones más conflictivas donde mejor se ve esa grandeza, y yo quiero hablar de eso en mis libros. Claro que en mis novelas hay victimarios, pero también hay víctimas que no van a convertirse a su vez en asesinos, que no van a caer en la tentación de la venganza; porque sus convicciones morales se lo impiden. Hay víctimas, pero que no se hunden, que consiguen ser capaces de imaginar espacios de recuperación e incluso de felicidad. Claro que hay miedo, pero también hay valentía. A mí me importa que eso esté en mis libros, como está en la vida. Y si construyo a menudo situaciones extremas, es porque es ahí donde se ve lo peor, pero donde surge la oportunidad de ver también lo mejor. Confianza, pues, en lugar de optimismo. Y creo que es una responsabilidad política y cultural el no olvidar esa grandeza humana y el transmitirla a las nuevas generaciones. Y no estaría de más que en las redes y los medios de comunicación, por ejemplo, se mostrara más la calidad personal e intelectual de mucha gente.

“La memoria siempre le pertenece al presente”

 
 
Luisa Etxenike
 
 

MPR. Tus últimas novelas abordan el tema de la violencia terrorista en el País Vasco, con la trilogía El ángulo ciego, Absoluta presencia y tu novela de próxima publicación Aves del paraíso. Si bien las tres incluyen a personajes, que de un modo u otro han sido víctimas de la violencia terrorista, hay una evolución en la perspectiva adoptada que va desde una escritura que recoge el daño inmediato, causado por la muerte del ser querido, en El ángulo ciego; la reflexión sobre el exilio y la memoria, en Absoluta presencia; hasta la responsabilidad individual ante la violencia, en Aves del paraíso. ¿Cuál es la responsabilidad de la obra artística ante situaciones de violencia política y social que se despliegan en su entorno?

 

LE. El terrorismo no ha sido un episodio corto en nuestras vidas, ha sido toda nuestra vida, una presencia, una amenaza constante durante décadas. Y ha estado presente también, por ello, en las distintas etapas de mi creación literaria. O por decirlo de otro modo, el terrorismo estaba siempre allí mientras yo concebía y componía mis libros. El terrorismo no se movía mientras yo proseguía una carrera literaria en movimiento, que incorporaba reflexiones de fondo y de forma también, como ya he comentado; que iba de ese modo creciendo e interesándose por nuevas cuestiones. Y en cada una de las tres novelas que has citado he ido tratando distintos aspectos del impacto del horror del terrorismo en nuestras vidas, tratando de sacar las cosas “a relucir”, que esa creo que es la responsabilidad del Arte: no dejar nada escondido, silenciado; mirar detrás de las fachadas y de las cortinas; alumbrar ahí, como una linterna, con las interrogaciones adecuadas. Y en cada una de las tres novelas he querido interrogar aspectos distintos. Cada una se construye en torno a algunas palabras clave.

 

MPR. ¿Cuáles serían las de El ángulo ciego que recoge el momento inmediatamente posterior a un atentado, en la familia de la víctima?

 

LE. Me importaba precisamente el impacto en tiempo real de ese atentado, digamos el efecto “en caliente”, en vivo, en la figura del hijo adolescente del asesinado. Y lo que ese joven siente, junto con un inmenso dolor, es rabia y la tentación de la venganza. Quiere responder a lo que le han hecho a su padre. Ese es el eje del conflicto de la novela que recibe, por parte de la madre de ese chico, una rotunda respuesta moral: no; tú no harás eso, ni nada parecido; tú no borrarás la distancia definitiva, definitoria, que separa a la víctima del verdugo; tú no matarás ni ejercerás ninguna forma de violencia. El centro de la novela está ocupado también por esa transmisión de valores, que debe hacerse en el peor momento, con todas las emociones a flor de piel, con el dolor en toda su estridencia… pero se hace. Se hace con la ayuda también de ese “secreto” familiar que es el “ángulo ciego”.

 

MPR. ¿Y en Absoluta presencia, que publicas diez años después?

 

LE. Empiezo a escribir esa novela cuando ETA todavía mataba, pero la termino y la publico en la era post-ETA. La palabra clave aquí sería el exilio, considerado desde distintas perspectivas. Los protagonistas tuvieron que dejar Euskadi, veinte años antes de que empiece la novela, por la amenaza terrorista. Se fueron a vivir a París con Ada, su hija muy pequeña. Y allí construyeron una forma de “no exilio”, es decir, un exilio sin nostalgia, sin deseo de volver sobre lo que quedó atrás. Me parece interesante abordar, sobre todo ahora, la posibilidad de un exilio sin nostalgia; en el que las personas que salen expulsadas de sus países puedan ver su porvenir, en otro lugar, como una nueva vida solo hacia adelante, firme, irreversible en su promesa de un futuro mejor.

 

MPR. Pero esa actitud de no nostalgia tiene otras consecuencias en la novela.

 

LE. Porque ha implicado silencio, no contarle a la hija pequeña, que ahora es una mujer de más de veinte años, nada de lo sucedido. Y esa mujer ha crecido ignorando lo que les sucedió en Euskadi a sus padres, la tragedia que el terrorismo representó en sus vidas. En la novela Ada conocerá ese pasado, y fundamentará en él toda una reflexión sobre su propio proceso creativo, porque es fotógrafa.

 

MPR. Lo que nos lleva a otras de las palabras clave de la novela, como tú dices, que es la mirada, y que de algún modo provoca el título.

 

LE. Sí, la mirada es central; la preocupación por lo que, como sociedad y como individuos, vemos de lo que nos rodea o dejamos de ver, porque no queremos, porque desviamos la mirada. En un País Vasco atacado por el terrorismo faltaron muchas miradas, mucha atención sobre las víctimas, sobre los que estaban padeciendo aquel horror, y sobre las complicidades que lo permitían. También hoy faltan muchas miradas sobre el horror, la violencia, la miseria, las injusticias que nos rodean. Absoluta presencia es, como su nombre indica, una novela sobre el ver, sobre el hacer evidente, sobre los ojos que se habían alejado y ahora vuelven. Sobre los caminos para devolver la atención, que en la novela representan además una reflexión sobre el Arte, una propuesta artística. Pero hay también una segunda historia —la novela se sitúa entre París y San Sebastián— que no tiene nada que ver con el terrorismo, pero que sirve de caja de resonancia, de amplificador de las mismas temáticas, en otro tiempo y en otro lugar. Una manera de ligar el pasado al presente. De hacer de la memoria una herramienta para conocer y rectificar el presente. La memoria siempre le pertenece al presente.

 

MPR. Aves del paraíso, que cierra la trilogía de las novelas que dedicas al terrorismo, supone un cambio evidente de perspectiva.

 

LE. Sí, la perspectiva se desplaza, quiere alcanzar otro lado, otras preguntas. Y la novela se organiza entonces en torno a una única palabra: la vergüenza. La conmoción que en el protagonista provoca el descubrimiento, de pronto, de su responsabilidad en algo tremendo que ha sucedido. Y es una emoción tan inesperada y tan fuerte que le cambia la vida por completo. Y a partir de ahí tiene que iniciar otro camino. Quería explorar ese proceso, y he imaginado a ese personaje que se encuentra de pronto en la intemperie de la vergüenza. Algo que no tiene que ver con la culpa, que va, a mi juicio, más allá. Y voy a citar solo una frase del libro, porque la novela está a punto de publicarse, y no quiero estropear para los lectores/as su intriga. “La culpa es una obra colectiva y no le sirve. Solo la vergüenza puede decirle algo. Porque en la vergüenza no hay nadie más”.

 

MPR. Tu conexión con la cultura y la tradición histórica e intelectual francesa ha sido una constante a lo largo de tu vida, pero destaca igualmente tu conocimiento de otras culturas, europeas y latinoamericanas principalmente. ¿Qué nos aporta el conocimiento de otras culturas y tradiciones culturales?

 

LE. En estos tiempos que vuelven a ser, lamentablemente, de repliegue identitario me parece muy importante, políticamente relevante, desplegar, mostrar identidades dinámicas, plurales, cosmopolitas. Presentarse así, con la anchura, con las multitudes que llevamos dentro, como dijo Walt Whitman. Yo me presento así, como una composición identitaria hecha de muchas pertenencias: el País Vasco y España, donde he nacido y crecido, naturalmente que han sido el escenario de mis primeros aprendizajes y el cimiento de mi identidad. Pero también Francia que ha formado lo que llamaré mi arquitectura intelectual. Y América latina, dónde adquirí experiencias de madurez y de lucidez política y social fundamentales. Y los Estados Unidos donde recojo cada vez una energía y una confianza, malgré tout, en la que también me reconozco íntimamente. Y Europa, donde no encuentro un solo rincón donde no me sienta en mi casa de Cultura. Estamos hechos de cruces, de mestizajes, yo lo vivo como un privilegio y lo disfruto y lo alimento para ir a más en ese sentido.

 

MPR. También como escritora cruzas las fronteras de los géneros. Has escrito novela, cuento, teatro y también poesía, como El arte de la pesca.

 

LE. Sí, soy una persona transfronteriza y mi literatura también lo es. Cada género me permite explorar dimensiones distintas y trabajar el lenguaje de un modo diferente. En el teatro todo es presencia, se necesita luz. La novela te permite orientarte en la oscuridad del mundo interior. La poesía es la pura vida del lenguaje, su respiración esencial… En cualquier caso, como escritores convivimos en una intimidad absoluta con las lenguas, y nadie que se acerque a una lengua puede dejar de ver que contiene muchas otras en su interior, que se ha formado y se sigue formando con aportaciones múltiples. Cuando escucho a determinados políticos pronunciar discursos antimigración, al Presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, hablar en inglés contra le llegada de inmigrantes, siempre pienso que alguien debería recordarle todas las migraciones que contiene el inglés, que esa misma lengua que está utilizando es un formidable país de acogida de aportaciones del griego, el latín, el francés, el alemán, el español, el árabe… que esa lengua se ha hecho tan grande y tan bella precisamente por todos esos cruces, esas migraciones. Las lenguas nos dan esa lección constante de cosmopolitismo, que me parece fundamental subrayar hoy, como terreno de exploración artística, pero también como actitud política.

 

MPR. Tu vida y tu obra están marcadas por una clara conciencia feminista. En estos últimos años estamos asistiendo a una serie de acontecimientos en los que, a la par de los avances que se van produciendo a nivel social en todo el planeta, se perciben igualmente una serie de resistencias fuertes y de intentos claros de socavar tales esfuerzos. ¿Cómo ves el panorama actual y hacia dónde crees que vamos?

 

LE. Te voy a contestar de un modo muy crudo. Creo que ya está bien de contar en gramos, quiero decir, de esa contabilidad mezquina que consiste en medir la situación de las mujeres en “pequeños” avances. Estamos un poquito mejor por aquí, un poquito igual por allá, tal vez algo peor por algún lado… Creo que ya basta de hacer —aquí y en muchas otras partes— como que no sabemos lo que sabemos, como que no vemos lo que es evidente. El desigual reparto de la carga familiar y la brecha salarial siguen ahí; las agresiones sexuales y la violencia de género no disminuyen y se reproducen transgeneracionalmente; la pornografía alcanza a los niños en edad escolar; el imaginario social se sigue nutriendo de imágenes degradadas de las mujeres; los espacios de verdadero poder siguen ocupados por hombres… Y el machismo cotidiano se expresa cada vez más ufanamente, más sin complejo, en ese territorio salvaje en que se están convirtiendo las redes sociales. Falta mucho, falta enormemente, para alcanzar la igualdad real de las mujeres y la posibilidad de que vivamos en libertad y seguridad. Y por eso hay que llevar todas esas cuestiones al centro del debate político, a la definición misma de democracia. Entiendo que el feminismo no es una opción personal sino una obligación social, porque es uno de los sinónimos de democracia. O por decirlo de otra manera, quien no es feminista, quien no está por la igualdad de las mujeres y por la abolición de las violencias que las afectan, no es demócrata. Creo que hay que plantear de una vez que la calidad democrática es directamente proporcional a la calidad de la situación de las mujeres. Y que mientras no se abandone esa contabilidad mezquina de la que hablaba antes, y no se adopten las grandes medidas de rectificación definitiva de las injusticias y brutalidades que afectan a las mujeres, seguiremos viviendo en un espejismo democrático; o en democracias más que imperfectas, indignas de ese nombre.

 

 

 

María Pilar Rodríguez es una investigadora y docente española. Entre sus libros se encuentran: Extranjeras. Migraciones, globalización, multiculturalismo (2006), Cultura audiovisual: el cine europeo como espacio para la reflexión social (2010) y Cine vasco: una historia política y cultural (2015). Fue profesora de literatura y cine en Columbia University. Actualmente es profesora titular en el Departamento de Comunicación de la Universidad de Deusto.